La consagración episcopal de cuatro presbíteros de la Fraternidad San Pío X en Écône, Suiza, trae nuevamente el tema de la unidad en la Iglesia y el nubarrón de un posible cisma.
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Las razones para los desacuerdos son conocidas, no vale la pena detallar cada uno de los argumentos que se exponen, porque en el fondo no es un tema de tener la razón sino de ser cristianos según la recta conciencia.
La unidad no es un accesorio adicional, ni un capricho institucional, tampoco es fruto de una imposición ni del simple deseo mundano de homogeneizar y uniformar todo, pues el mismo San Pablo refiere que en la comunidad cristiana hay diversidad de dones y de carismas.
El mandato apostólico como vínculo con Pedro
La exigencia del mandato apostólico para la consagración episcopal no es nueva, ni fue una prerrogativa del Concilio Vaticano II, hay evidencias históricas que demuestran que en el siglo XIII ya era necesario para la consagración de obispos el placet de Roma, práctica que por las circunstancias fue afianzándose.
Como norma canónica aparece por primera vez en el Código de Derecho en 1917, y fue incluido en las reformas sucesivas, por lo que también hay una traición jurídica en materia de validez de la consagración, contando que la legitimidad está asegurada cuando es un obispo con sucesión apostólica válida quien confiere la consagración.
La profesión de fe y el mandato apostólico no son accesorios en el rito, uno no sustituye al otro, al contrario, una es expresión del otro, pues uno solo es el Sucesor de Pedro, llamado a confirmar a todos en una única fe.
Que Roma se puede equivocar, nadie lo duda ni lo niega. La historia también ha demostrado que infalible solo es el papa — en materia de fe —, no el Vaticano, ni menos la Curia Romana, pero el tema no es que haya algún error sino en cómo se asegura la unidad de la Iglesia, por encima de los pecados y errores de sus miembros.
Por eso el tema de la unidad en el ministerio ordenado está unido a la obediencia, que posibilita que sea, al menos en el ideal, la práctica de la humildad. Sobran ejemplos al respecto en la vida de los santos.
Padre Pío podría haberse cuestionado la exigencia de Ottaviani; o Juana de Arco la decisión del tribunal eclesiástico que la condenó a muerte; o Teresa de Calcuta el retraso en el permiso para su fundación. En estos y en muchos casos más, la Iglesia puede retrasar procesos y equivocarse pero no puede, ni podrá, detener un don que viene del Espíritu Santo, que se somete a la misma institución. Hay que resaltar esto: someterse a la institución.
Promissio oboedientiae
El tema de la unidad pasa por la obediencia y si la consagración de un obispo rompe con la unidad, ¿cómo podrá exigir obediencia a los presbíteros que ordenará en sucesivo?, acá el asunto no es solo de validez sacramental sino de testimonio moral frente al futuro.
Las necesidades pastorales y sacramentales que haya que atender pueden ser resueltas con algún cardenal y obispo autorizado para conferir el orden del diaconado y el presbiterado, en comunión con Roma, si esa fuese la excusa. Que el mismo papa Francisco, en el Jubileo de la misericordia, hiciera válidas las confesiones de todos los presbíteros de la Fraternidad era porque ponía a la misericordia por encima de cualquier prerrogativa formal.
Por eso, más que señalar quién está en la razón o no, lo mejor es rezar por la prudencia en las decisiones, por la conversión a la que todos están llamados en la Iglesia, por la unidad que prevalece sobre el conflicto, y porque es un deseo que brotó del mismo corazón de Jesús en las puertas de la pasión.
Que todos sean uno, que todos sean uno, que todos sean uno, para que el mundo crea.
Por Rixio G Portillo R. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey
Foto: Infovaticana
