Rixio Portillo
Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey

La cruz en recuerdo de la visita de León XIV


Si hay algún símbolo en el cristianismo que rompe con la lógica del poder es la cruz. No solo por lo que representa, sino por lo que Jesús hizo de ella: el sacrificio, la entrega, la anonadación, el mayor don humano y divino que abrió paso al triunfo definitivo: la victoria sobre la muerte.



Por eso, la cruz no puede ser un estandarte de imposición, de superioridad, de soberbia, de derrota frente a los demás o de desprecio a los otros; sería contradictorio y la antítesis del sentido mismo de Jesús. Por eso, la cruz no ofende.

Ya pasada la efervescencia de la visita de León XIV a España, el momento es de los análisis del mensaje, de la profundidad y el peso de las palabras, y del significado de cada gesto y mirada. Por ello, vale preguntarse: ¿cuál fue el secreto de Prevost?, ¿qué hizo para tener un impacto así?, ¿cómo fue que lo hizo?

La respuesta precisamente está en la cruz, pero no en la que se erigió en el palco de la Plaza de Lima, y que se anunció que se mantendrá en una zona de la capital española, sino en la cruz de cada persona que se encontró con León XIV.

Es que no hubo un plan, no hubo una táctica propagandística, no hubo una estrategia comunicativa preconfigurada. León XIV tocó la cruz de personas concretas, con historias específicas, con testimonios valientes; solo los confirmó en la fe que los ha salvado.

La cruz siempre estuvo presente

Que el primer y el último encuentro haya sido en centros de migrantes demostró que León XIV fue a España a contemplar la cruz y a tocar la carne sufriente de Cristo.

La cruz en una familia de peruanos que dejaron su tierra, o en la joven pareja que emprende el camino del matrimonio. Testimonios reales de renuncias. También en el signo de la cruz, en la bendición de cada niño cargado en los recorridos.

La cruz de menores y personas vulnerables abusadas por miembros del clero, en la omisión o falta de celeridad en las denuncias, en la responsabilidad concreta de la jerarquía encerrada en formalismos.

La cruz en esa deportista paralímpica que no vio en su discapacidad un obstáculo, sino una oportunidad. ¿Cuánto no tiene que luchar un atleta paraolímpico? Con el perdón de los demás, seguro que debe hacerlo mucho más.

La cruz en la vida truncada del no nacido, en la política desde el cálculo del interés y la mayoría. En la democracia como excusa para descartar a la minoría.

Cruz Bernabeu

La cruz en la joven con depresión, con el valiente testimonio de la pérdida del sentido de la vida, y su intento de suicidio. En un mundo de filtros en el que todos debemos parecer felices y contentos. En Getsemaní se jugó un partido más importante: la aceptación libre y voluntaria del mayor sufrimiento humano, el abandono.

El sufrimiento de la chica que no podía perdonar a su padre, con una herida profunda por la adicción de su madre, con una carga en la vida que la supera. Crucificada en la historia, caminando hacia la resurrección.

La cruz en las preguntas del pequeñito que le consultó sobre la soledad de los abuelos o que su papá tenía muchos trabajos y su mamá estaba preocupada. Temas que, en la efervescencia, parecieron quedar en el tintero, pero que evocaron el célebre título de Martín Descalzo: “Siempre es Viernes Santo”.

La cruz en la cárcel de Brians, en la que dos privadas de libertad, que cargaban con el peso de sus actos, hablaron de libertad tras las rejas. En un mundo de libertinaje, solo en la cruz se conoce la auténtica libertad, la verdadera liberación, al único garante de la libertad.

La cruz en los migrantes de Canarias, que gritaron y gritan al mundo que no quieren privilegios ni beneficios, solo oportunidades, solo la posibilidad que su país de origen, por tanta indiferencia, les negó.

La cruz, aunque suene anecdótico, también alcanzó a León XIV, quien no pudo regresar al Vaticano en el avión que tenía previsto. Después de jornadas extensas y maratónicas, que se viese a los tripulantes bajando de imprevisto de la aeronave fue un signo de que el descanso solo viene de Dios.

Los brazos alargados de la cruz

Sí, en España brilló la cruz, no solo la de Madrid o la del impresionante espectáculo de Barcelona. Brilló la cruz en la huella humana de cada historia, en los cuatro puntos cardinales que evocaba el símbolo diseñado por Gaudí en la Sagrada Familia, pues si logra verse desde todos los lados, es que todos están allí, en la cruz de cada día.

Alcen la mirada… Porque cuando el Hijo de Dios sea levantado sobre la tierra, atraerá a todos hacia sí (Jn 12, 32).


Por Rixio G Portillo R. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey.