León XIV culminó su viaje a España con dos intensas jornadas en las islas de Gran Canaria y Tenerife. El Papa visitó el archipiélago, el 11 y 12 de junio, después de su paso por Madrid y Barcelona, culminando así una peregrinación apostólica que él mismo ha calificado de “maravillosa”.
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Su presencia en las Islas Canarias respondía a un deseo de Francisco, que no pudo cumplir por su fallecimiento el pasado año. Si el primer viaje del pontificado del Papa argentino arrancó en Lampedusa, de la misma manera quería visibilizar cómo el Atlántico se había convertido en la ruta marítima más letal de cuantos huyen de la guerra, del hambre y de cualquier tipo de pobreza en el continente africano.
En su primer viaje a un país europeo, León XIV no solo ha asumido la ‘deuda’ de Bergoglio, sino que ha hecho propio el compromiso de convertirse en altavoz de denuncia del drama migratorio. Durante dos jornadas, ha recorrido todo el periplo que afronta cada una de las personas migradas que da el salto, lo mismo desde Senegal que desde Mauritania.
En Arguineguín, rezó por los que han perdido la vida a bordo de los cayucos y abrazó los miedos de quienes ponen un pie en el muelle sin saber qué les espera. En el centro ‘Las Raíces’, visibilizó cómo se lleva a cabo la primera acogida y, en cada uno de los encuentros que mantuvo en las islas, reconoció el proceso de integración que llevan a cabo las Administraciones, las organizaciones del tercer sector y, por supuesto, la Iglesia, en un trabajo en red que pone la dignidad de las personas en el centro.
León XIV recibe en Arguineguín, un centro de flores para lanzar al mar en memoria de los migrantes fallecidos. Foto: EFE
El Papa no solo ha salido en defensa de la dignidad de los que vienen de fuera, sino que se ha convertido en un abanderado de sus derechos en una coyuntura especialmente compleja. Desde Canarias, León XIV ha criticado el cinismo de una Europa que “no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas”.
Unas palabras que emergen justo cuando entra en vigor el Pacto de Migración y Asilo en la Unión Europea, que certifica un blindaje fronterizo, más medidas de disuasión y de aceleración de expulsiones. Su grito se volvió más enérgico si cabe cuando se dirigió a las mafias que trafican con personas en estas latitudes. “¡Deténganse! ¡Conviértanse!”, exclamó, a la vez que abrazaba tanto a niños como a mayores que buscaban en sus caricias el consuelo de un pastor, de la familia que han dejado atrás.
Rendir cuentas
El día después del viaje de León XIV es el que toca plantearse qué quedará de este viaje a corto, medio y largo plazo. No toca pedirle cuentas al Papa sobre los frutos, sino, más bien, a todo aquel que ha sido testigo de cada uno de sus gestos y sus palabras. Desde el político que le escuchó en la bancada del Congreso de los Diputados al obispo que le miraba con atención en la sede de la Conferencia Episcopal, desde el joven que se supo cuestionado en cualquiera de las vigilias y misas al no creyente que se vio interpelado por la sensatez del discurso papal.
Quien espere que en seis meses se dupliquen los fieles en la misa de 12, quien mida el éxito ‘al peso’ por el tirón de los retiros de impacto o confíe que en septiembre se redoblen los ingresos en los seminarios, se equivoca. La capacidad de convocatoria del Papa y la apertura de la sociedad española a los mensajes que ha compartido no han sido un espejismo. Pero sí requiere de un minucioso trabajo posterior por parte de toda la Iglesia española para que la experiencia de Tabor de estos días no se quede en mero emotivismo pasajero.
León XIV ha presentado líneas pastorales más que clarificadoras, que hablan de una Iglesia que no ha de encerrarse en una burbuja ni levantar muros, sino ejercer de agente transformador, capaz de tejer redes para conformar una ‘magnífica humanidad’. Con la Doctrina Social como bandera, esta visita papal exige una conversión personal, pastoral y de estructuras para anunciar la Buena Noticia del Evangelio al estilo de Robert Prevost, que no es otro que el de Jesús. Porque alzar la mirada a Cristo es, hoy más que nunca, alzar la dignidad del empobrecido.
