En la era de los algoritmos y las métricas, cada vez sospechamos más del valor de los datos, aunque –a tenor de lo visto, oído y vivido en España del 6 al 12 de junio– algunos se antojan incontestables: cerca de 19 millones de españoles (casi el 40% de la población) siguieron por televisión el viaje apostólico de León XIV a nuestro país. Una cobertura especial (240 horas de retransmisiones ofrecidas por una treintena de cadenas) que acumuló una excepcional audiencia entre la que me cuento, y que me ha permitido examinar –no desde el calor del “vivo y directo” como en ocasiones precedentes, sino desde la fría distancia del monitor– los posibles motivos de este enorme impacto mediático.
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¿Por qué la visita de tan ilustre peregrino despertó esa extraña mezcla de expectación, interés y hasta admiración entre gentes de todo tipo y condición? Datos facilitados por Barlovento Comunicación a ‘Europa Press’ apuntan que quienes acompañaron su paso por Madrid, Barcelona y Canarias a través de las pantallas eran más mujeres (59,7%) que hombres (40,3%) y mayores de 45 años que jóvenes, lo cual podría sugerir que la Iglesia es una institución envejecida y con un incuestionable protagonismo femenino. Una impresión generalizada y abierta a debate, pero que escapa al propósito de estas líneas.
Dos razones del tirón
La primera razón –y probablemente la más evidente– que explicaría la respuesta del pueblo español es que habían transcurrido casi 15 años desde la última visita papal, cuando Benedicto XVI acudió a la capital, en agosto de 2011, coincidiendo con la Jornada Mundial de la Juventud. No en vano, uno de los reproches que regularmente le trasladaban en vida al añorado Francisco –paradójicamente por parte de quienes más recelaban de sus reformas– era que no hubiera incluido todavía a nuestro país en su agenda viajera. Cuestión de prioridades.
Hay otra explicación más relevante al tirón del Papa agustino, y que iríamos descubriendo con el paso de los días. A lo largo de este año de pontificado, sus colaboradores más cercanos habían aprovechado cualquier circunstancia para destacar la proverbial capacidad de escucha de Robert Prevost. Durante su estancia en España, todos hemos sido testigos, sin embargo, de una contundencia y calado en sus mensajes que han concitado los elogios de propios y extraños: no solo de contrastados vaticanistas, especialistas en información religiosa y periodistas con muchas horas de vuelo a sus espaldas, sino también del conjunto de la ciudadanía.
Profunda huella… o no
En este punto, cabe destacar que las palabras de León XIV parecen haber dejado una profunda huella –el tiempo dirá si de impronta duradera o fruto de la emotividad del momento– entre sus fieles, incluso entre la clase política –por más que el unánime y prolongado aplauso en el Congreso no se corresponda con la voluntad real de unos y otros de dejarse interpelar por su histórico discurso–, pero muy especialmente entre quienes miran de reojo a la Iglesia o hacen caso omiso a cuanto sucede en su entorno.
Valga un ejemplo cercano para certificar esta percepción. Un amigo, cuyo ateísmo y anticlericalismo están fuera de toda duda, me confesaba que, si bien la presencia del Papa no le iba a devolver al redil católico, sí le había convertido para su sorpresa en “papista”. Como tantos otros compatriotas, reconocía en él la figura de un líder necesario para que el mundo no se extravíe definitivamente en esa espiral de odio y de violencia que nos engulle.
Y pensé: “¡Cuánta razón tiene!”, mientras lamentaba con un pellizco de nostalgia no haber contemplado ‘in situ’ la inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, el templo que durante años vi crecer y que, el 10 de junio, atrajo la atención de 5.200.000 espectadores. La emisión más vista de un viaje inolvidable.
