Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

León XIV y el amor a fuego lento


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Debo confesar que la partida del papa Francisco me golpeó fuerte. Su personalidad, su humor, su coraje, su sencillez, su radicalidad evangélica y su profunda humanidad fueron dones que aprendí a querer y admirar. Quizás me había malacostumbrado a tener un Papa con el que me identificaba casi por completo.



Desde aquel primer saludo en el balcón del Vaticano en que bajó la cabeza y pidió que oraran por él, me interpeló su modo directo, cercano y, en muchos aspectos, contracultural y un tanto revolucionario.

Experiencia junto a los más vulnerables del Perú

Cuando fue elegido León XIV, me tranquilizó su trayectoria y su experiencia junto a los más vulnerables del Perú. Sin embargo, no me conquistó de inmediato. Necesité tiempo para observarlo, escucharlo y descubrir el carisma propio con el que deseaba servir a la Iglesia.

Poco a poco, su rostro sereno, su mirada sensible y su manera atenta de observar antes de actuar comenzaron a llamar mi atención.

Su espontaneidad para encontrarse con las personas, las prioridades de sus primeros gestos públicos y viajes, su libertad para responder a la luz del Evangelio y su forma de dialogar con claridad y valentía, pero sin agresividad ni confrontación innecesaria, despertaron en mí una creciente confianza.

Auténtico, alegre y profundamente humano

Es un hombre manso, observador y cariñoso. Es auténtico, alegre y profundamente humano. Pero lo que terminó por conquistarme fue su capacidad para hablar con libertad, aun cuando ello pueda tener costes.

Su defensa de la paz, de los migrantes, de los más vulnerables y de la solidaridad me han hecho percibir en su ministerio la acción del Espíritu Santo y reconocer en él a un pastor que busca conducir a la Iglesia con fidelidad al Evangelio.

Quizás Francisco fue más desafiante, más disruptivo, más provocador y controversial para algunos. Un autor español lo llamó alguna vez “el loco de Dios”. Su mezcla de heridas y dones le permitió impulsar procesos de renovación que la Iglesia necesitaba.

Solo ruge cuando es necesario

Bergoglio supo luchar hasta el último suspiro para ordenar lo que se había torcido y retomar el espíritu del evangelio. León, en cambio, parece hacer honor a su nombre. Cuida a sus fieles con paciencia y dedicación, y solo ruge cuando es necesario.

Uno de esos rugidos ha sido la publicación de la encíclica ‘Magnifica humanitas’, donde hace un llamado a discernir con seriedad los desafíos éticos que plantean las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial. Su voz nos recuerda que toda creación humana puede ponerse al servicio del bien o del daño.

León XIV, en la misa en el Puerto de Santa Cruz

León XIV, en la misa en el Puerto de Santa Cruz. Foto: EFE

La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero requiere sabiduría, responsabilidad y límites que protejan la dignidad de la persona humana. En tiempos fascinados por la innovación, resulta valioso escuchar a alguien que nos invita a preguntarnos no solo qué podemos hacer, sino también qué debemos hacer.

En su visita a España

En su visita a España, contra toda expectativa y con competencia en contra, su aparición pública ha despertado algo muy bonito y profundo en las personas. Miles de fieles se han acercado buscando una palabra, una bendición o simplemente una mirada sin importar su edad o condición.

Esa adhesión creciente revela que seguimos siendo un pueblo hambriento de verdad, de sentido, de esperanza y de una caridad capaz de iluminar las incertidumbres de nuestro tiempo.

León XIV parece comprender muy bien esa necesidad. Su liderazgo transmite cercanía y ternura, pero también firmeza cuando corresponde. Tiene la serenidad de quien escucha antes de hablar y la valentía de quien está dispuesto a señalar caminos cuando otros prefieren callar y acomodarse a la mayoría.

La mansedumbre no es debilidad

Su estilo recuerda que la mansedumbre no es debilidad y que la bondad puede convivir perfectamente con la fortaleza.

Demos gracias a Dios por los pastores que nos ha regalado a lo largo de la historia. Cada uno llega con los dones necesarios para el tiempo que le toca vivir. Algunos nos impactan desde el primer momento. Otros necesitan tiempo para desplegar su riqueza.

Francisco me conquistó de inmediato. León XIV lo ha hecho lentamente, como se cocinan los mejores alimentos: a fuego lento. Y, quizás por eso mismo, cada día descubro nuevos motivos para agradecer al pastor que hoy guía a la Iglesia.