Tribuna

¡Somos “Hijos amados”… somos santos!

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Entre mayo y junio, en muchos países se celebran el día de la madre y el día del padre… es una oportunidad para revivir y recordar como la Trinidad ha participado la paternidad/maternidad en tanta vida que nos rodea…



1.     Trinidad Graciosa: Padre y Madre

Los que estamos aquí tenemos los mismos sentimientos; somos objeto de un amor sin fin de parte de Dios. Sabemos que tiene los ojos fijos en nosotros siempre, también cuando nos parece que es de noche. Dios es Padre, más aún, es Madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame. Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad o fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor (Juan Pablo I – Angelus 10/9, 1978)

Nuestro venerado y admirado Juan Pablo I, el Papa de la Sonrisa en 1978 expresó públicamente en un Ángelus, una verdad de fe que hasta ese momento no era afirmado públicamente: Dios es padre y madre. Y esta experiencia, se funda en palabras bíblicas que son asociadas al concepto misericordia. En el primer testamento la vivencia del pueblo de Israel atribuye a Dios estos rasgos paternales y maternales en su compasión y amor (Sal. 25/24, 6), porque él es justo, bondadoso y compasivo (Sal. 116/114-115, 5). El profeta Isaías pone en labios de Yahweh que así “como un hombre es consolado por su madre, así los consolaré a ustedes” (Is. 66, 13).

La propuesta de Jesús sobre Dios es que él es esencialmente Abba, aunque a veces lo presenta con rasgos de Imma, y que por ser así está enredado con la historia de los seres humanos. La Trinidad graciosa es Padre y Madre porque es “misericordia que se interesa por la miseria (hen), fidelidad generosa a los suyos (hesed), solidez inquebrantable en sus compromisos (emet), adhesión de corazón y de todo el ser a los que ama (rahamim), justicia inagotable (sedeq), capaz de garantizar a todas sus criaturas la plenitud de sus derechos y de colmar todas sus aspiraciones” (Dufour, León, 2005, pág. 323).

El mismo Catecismo de la Iglesia expresa que las expresiones lingüísticas de Padre y Madre son aspectos que se aplican a Dios. Cada uno busca a expresar el origen en Dios, su bondad y deferencia hacia la humanidad, manifiesta la relación inquebrantable entre la Trinidad y la humanidad: su paternidad y maternidad exterioriza nuestra filiación y fraternidad (CEC 239).

Somos Hijos II

2.     Trinidad comunicadora

Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia.

Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz. (Núm. 6, 25 – 26)

Los cristianos creemos, celebramos y anunciamos que ella (La Trinidad) quiso comunicarse. Desde el mismo origen la palabra revelación indica que algo o alguien oculto se hace visible, que estaba tapado por un velo y se hace ver. Por lo general, se piensa que alguien externo busca conocer el interior o lo que figura como arcano o inaccesible. Esta acción es interpretada de muchas maneras.

Una de las primeras concepciones es considerada como extra – mundo porque se realiza cuando alguien manifiesta su ser por medio de palabras orales y escritas, con signos visibles y profecías, con experiencias y acontecimientos, etc., Así entendida, quien está fuera y oculto se hace palpable a personas y comunidades. Por tal motivo “lo divino aparece siempre para la genuina experiencia religiosa (…) como lo originario y trascendente, como lo que desde sí mismo llega al ser humano y se le abre. Por esto, éste no se siente nunca como creador de esa experiencia, sino su receptor” (Torres Queiruga, Andrés, 2008, pág. 27).

Desde una experiencia más actual, especialmente con la llamada Escuela de Tubinga y la Nouvelle Theologie, la revelación es sinodal porque acontece entre ella (La Trinidad= toma la iniciativa y siempre presente), los seres humanos (que buscamos o nos percatamos de esa presencia) y la historia en la que se realiza (Torres Queiruga, Andrés, 2008, pág. 101). Estas tres dimensiones se entrelazan equilibradamente: lo divino – lo subjetivo – lo histórico. Es decir, este misterio está y sigue haciéndolo junto a y con las personas en sus realidades, experiencias y momentos históricos, porque “la historia del mundo es la base de la historia de la revelación, y en la historia de la revelación la historia del mundo revela su misterio” (Torres Queiruga, Andrés, 2008, pág. 105). La Revelación es considerada una comunicación, diálogo vivo, personal, y comunitario entre la iniciativa divina, como afirma la Constitución Dogmática Dei Verbum (Concilio Vaticano II – DV, 1965), y las personas que construyen ese plan salvífico en la vida concreta. Por esto, afirma el teólogo de origen belga: “la revelación tiene que ver, por su propia naturaleza, con la experiencia humana. La revelación es una experiencia expresada con palabras; es acción salvífica de Dios en cuanto experimentada y expresada por el hombre” (Schillebeeckx, Edward, pág. 38).

Comprendida así, más que algo externo y lejano, es alguien cercano que, por amor, ama y quiere ser amado junto a las personas y sus realidades. Es alguien que busca la felicidad de quien ama para que construya el sentido de la existencia autorrealizándose y si es juntos más feliz se pone. La revelación, más que una palabra que cae del cielo es una voz que hace eco junto a la historia y en las vidas de las personas. Es la presencia siempre salvífica del Dios Uno y Trino que ama hasta la locura, la locura del Misterio Pascual. Junto con nuestro hermano y teólogo español la experimentamos, desde Jesús, como una mayéutica (partera), porque “quiere indicar que, en última instancia, también ella es auto afirmativa. Porque la palabra bíblica informa e ilumina, pero no remite a sí misma ni a quien la pronuncia, sino que hace de partera para que el oyente perciba por sí mismo la realidad que ella pone al descubierto” (Torres Queiruga, Andrés, 2008, pág. 117). Vivencia que el evangelista Juan y su comunidad han manifestado en el encuentro de Jesús con la Samaritana: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo” (Jn. 4, 42)

La Trinidad que nos hace sonreír, da la cara invitándonos a su vida y propuesta, haciéndonos parte de su misterio para danzar de alegría en su presencia. Dios uno y trino, nos acompaña junto a nuestra historia, haciendo de ella una manifestación de Salvación, redimiendo y favoreciendo la vida desde la Pascua, para ser coprotagonistas de la acción salvífica. Nos revela su rosto, recapitula y desborda el cosmos y la historia con las señales de su presencia, cercanía y acompañamiento salvífico y redentor.

La experiencia de revelación nos hace partícipes de su propio misterio y podemos expresar que “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hchs. 17, 28).

Creemos, celebramos y anunciamos que Dios es Uno y Trino, que es Padre y Madre, que al hacernos gozar de su paternidad y maternidad, nos transforma en hijos amados… ¡sin importarle dónde o como estemos!, porque ama como es, nos ama como somos… y ¡quiere nuestro bien!

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Trabajos citados

Concilio Vaticano II – Dei Verbum (18 de Noviembre de 1965). Obtenido de https://www.vatican.va
Dufour, León. (2005). Vocabulario de teología bíblico. Barcelona: Herder.
Juan Pablo I – Angelus 10/9. (1978). Obtenido de https://www.vatican.va
Schillebeeckx, Edward. (1982). Cristo y los cristianos. Madrid: Cristiandad.
Torres Queiruga, Andrés. (2008). Repensar la revelación. La revelación divina en la realización humana. Madrid: Trotta.