Tribuna

Alzar la mirada con León XIV hacia el diálogo con el mundo

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La cadencia de la historia se ha acelerado y la transición entre épocas o períodos sociales y culturales se ha comprimido radicalmente, pasando de tener una duración de siglos a apenas unas décadas, si acaso. La tecnología, la globalización, la hiperconectividad y el volumen de información que se produce o el acceso inmediato a ella permiten que la innovación se retroalimente y escale a una velocidad muy superior a épocas anteriores.



La Iglesia, sin embargo, no se ha dejado contagiar de estos vertiginosos ritmos y ha venido priorizando siempre la estabilidad y la preservación de su doctrina por encima de la inmediatez, analizando profundamente el impacto de cualquier cambio antes de implementarlo.

León XIV con el Board Vatican Observatory Foundation.

León XIV con el Board Vatican Observatory Foundation. Foto: Vatican Media

Ello no significa que sea ajena a los cambios que imprimen los signos de los tiempos, como se ha advertido, en los últimos años, con una postura más compasiva hacia colectivos tradicionalmente marginados; con las reformas para frenar la corrupción; con su posición ante los abusos sexuales; con el fomento de un modelo menos vertical y más participativo denominado sinodalidad; o a la hora de abordar temáticas de vigente preocupación como el cambio climático o, recientemente, la inteligencia artificial sobre la que León XIV, con su encíclica ‘Magnifica humanitas’, ha querido reeditar la carta fundacional de la Doctrina Social de la Iglesia que fijó ‘Rerum novarum’ en plena Revolución Industrial.

Dialéctica constructiva

Pero donde quizás la Iglesia puede seguir contribuyendo de una manera muy especial es ante uno de los elementos decisivos de la realidad de tensiones y polarización que estamos viviendo y de la que, en ocasiones, incluso también la Iglesia participa.

Nos encontramos en un mundo en el que, quizás por los nuevos formatos y modos de información y por la propia vulgarización del mensaje, nos hemos instalado en un escenario de intransigencia, donde la dialéctica constructiva se ha diluido en favor del desprecio o de la animadversión hacia quien opina de modo diferente amparado en una exaltación constante de una mal entendida libertad de expresión.

Huir del reproche y la confrontación

En este contexto y, por este motivo, tanto en la Iglesia como desde la Iglesia debemos alzar la mirada, huir del reproche y la confrontación y apostar por el diálogo, el respeto y la colaboración entre diferentes. Esto es fundamental para moldear un futuro positivo y avanzar con responsabilidad en la búsqueda del bien común. En la Iglesia tienen cabida muy diversas ideologías y ello no significa renunciar a los principios y valores del Evangelio.

Encuentros de la Fundación Pablo VI

La predisposición de las sociedades ante las religiones y, en particular en España hacia la Iglesia católica, está en permanente evolución por diversas causas y ello exige también ahora una actitud más proactiva de la Iglesia en clave actual y sabiendo interpretar la realidad social del tiempo en que vivimos. En la regeneración moral y política que estamos sumidos, la Iglesia puede contribuir de modo significativo a revitalizar esos principios y valores del humanismo cristiano que han sido uno de los ejes vertebradores del Estado de Derecho en los países occidentales.

Servicio al ser humano

Es cierto que hay personas que quieren excluir cualquier dimensión religiosa de la sociedad, pero no me parece que esta circunstancia deba legitimar un combate o un movimiento pendular hacia el extremo contrario. La Iglesia y la política deben colaborar en el servicio al ser humano, en la búsqueda del bien común. Y ello me lleva a recordar las palabras que León XIV esgrime en ‘Magnifica humanitas’ de que no pensemos que nuestras decisiones no cambian nada; todos podemos contribuir a la construcción de una civilización más humana prestando atención a nuestras palabras: “La paz comienza por cada uno de nosotros”.