El pasado día 17 de mayo celebrábamos la solemnidad de la Ascensión. En la segunda lectura, de la carta a los Efesios, teníamos la ocasión de leer: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos” (1,17-22).
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Dejando al margen una interpretación puramente “topográfica” de la Ascensión, lo cierto es que un organismo con el cuerpo ‒la Iglesia‒ en la tierra y la cabeza ‒Cristo‒ en el cielo recuerda una traición judía que presenta a Adán con un tamaño descomunal. Esto se dice en ‘Los capítulos de Rabí Eliezer (o ‘Pirqé de Rabí Eliezer’ [PRE]):
“Su estatura [de Adán] llegaba desde el uno al otro confín del mundo, como está dicho: ‘Me estrechas por detrás y por delante’ [Sal 139,5]: ‘por detrás’ es el occidente, ‘por delante’ es el oriente […] Cuando se ponía en pie, aparecía como semejante a Dios. Las criaturas, al verlo, quedaban atemorizadas, como imaginando que era su creador, y venían todas a adorarle” (PRE 11,2).
Obviamente, como decíamos, no se trata de hacer una interpretación literal y “topográfica” de la Ascensión; de lo contrario, se entendería mal lo que se dice más adelante en la carta a los Efesios: “El que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo” (4,10): ¡subir para llenarlo todo!
El mismo pan
Pero sí resulta interesante comparar a ese Adán de la tradición judía, cuya estatura es absolutamente desmesurada, con un nuevo Adán ‒Cristo‒ que, ahora sí, consigue la “estatura” del ser humano al principio. Y, además, con un cuerpo del que forma parte la Iglesia, siguiendo la feliz intuición de san Pablo en 1 Corintios: “El pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan” (11,16-17).

