Trinidad Ried
Presidenta de la Fundación Vínculo

Las células de Dios


Si imaginamos a Dios como un cuerpo precioso, eterno, ilimitado y en constante crecimiento para expresar su amor, no es difícil pensar que cada uno de nosotros nació de Él con una singularidad y una misión irrepetible.



Siguiendo con la metáfora corporal, existirían distintos tipos de “células humanas” creadas para la salud y armonía de esta inmensa unidad viva que llamamos creación.

Distintos dones

La lógica sería más o menos la siguiente: quien “brotó” del corazón de Dios como una pequeña célula cardíaca, tendría la misión de palpitar con fuerza para hacer circular la sangre y sostener la vida. Quien salió del cerebro de Dios tendría la misión de conectarse con otras neuronas para fraguar ideas, creatividad y soluciones nuevas para la humanidad.

Quien posee el don de proteger y defender a los demás, probablemente nació de la médula del Creador. Y así, toda la inmensa diversidad humana tendría un carisma propio que ejercer y una responsabilidad que asumir.

Igual que en un cuerpo, todas las células son necesarias y parte del mismo todo. No podemos descartar ninguna sin enfermarnos. Si faltan las células hepáticas, las del intestino o incluso las de las uñas, el organismo comienza lentamente a deteriorarse.

Por lo mismo, la felicidad y la plenitud radican en que cada uno de nosotros sea lo más fiel posible a esa “impronta original” y aporte a la totalidad sin creerse más ni menos importante que los demás.

Un sistema vivo e interdependiente

Todos somos parte de un sistema vivo e interdependiente, aunque el individualismo actual intente convencernos de lo contrario. Una célula del páncreas necesita de los glóbulos rojos y estos, a su vez, requieren de las células nerviosas para cumplir su función. Nada vive verdaderamente aislado. Todo existe vinculado.

El problema es si olvidamos para qué existimos. Esto sucede cuando una célula olvida para qué fue creada y empieza a expandirse, avasallando al resto. Ahí aparece el cáncer. No hablo aquí del cáncer biológico como culpa personal ni como castigo espiritual, sino como una metáfora sobre culturas, sistemas y formas de vida que pierden el sentido del cuidado mutuo y de los límites necesarios para convivir.

Familia

Tal vez por eso, la imagen resulta tan inquietante en nuestro tiempo. Vivimos en sociedades que muchas veces premian la acumulación desmedida, el rendimiento sin descanso, el narcisismo, la competencia permanente y la ilusión de autosuficiencia.

El deterioro del organismo humano

Personas, instituciones y modelos económicos enteros parecen olvidar que forman parte de un cuerpo mucho mayor. Entonces, comienzan a crecer sin medida, consumiendo recursos, vínculos y humanidad, como si el resto de las células existieran únicamente para alimentar sus propios intereses.

La clave, quizás, consiste primero en despertar frente a esta realidad antes de que el deterioro se vuelva irreversible. Basta mirar el estado emocional de tantas personas, el agotamiento colectivo, la violencia cotidiana, la destrucción ambiental y la soledad creciente para percibir que algo profundo se ha desordenado dentro del organismo humano.

Si cada uno reconociera la bondad de su origen y actuara con mayor fidelidad a su razón de existir, con humildad, amor y espíritu de servicio, recuperaríamos parte importante de nuestra salud colectiva.

La soberbia forma tumores

Sin embargo, la soberbia sigue formando tumores difíciles de remitir. Es como si una célula del oído se creyera la única imprescindible, con derecho a eliminar a las células de la piel, de los huesos o de la sangre. Finalmente, termina dañando al resto, pero también destruyéndose a sí misma.

La soberbia, probablemente, sea una de las enfermedades espirituales más profundas del ser humano. Amar y servir siguen siendo el mejor antídoto, aunque cuesta encontrarlos en una cultura que corre todo el tiempo, que ha perdido la capacidad de contemplar la interdependencia y que presume autosuficiencia cuando, en realidad, depende de todo y de todos.

Todos y todo lo conocido somos apenas un órgano dentro de la inmensidad creadora de Dios. Respiramos gracias a una red infinita de vínculos visibles e invisibles que sostienen la vida.

Sin embargo, algunos todavía se afanan en creerse el núcleo absoluto, olvidando que ninguna célula puede sobrevivir mucho tiempo cuando deja de amar al cuerpo del cual forma parte.