Tribuna

Cómo rezaba María

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¿Cómo rezaba María? Evidentemente no rezaba el rosario ni el Vía Crucis. No iba a misa todos los días, ni practicaba la adoración eucarística. No conocía novenas ni devociones como las nuestras. Sin embargo, la falta de este tipo de oraciones no impidió que María cultivara su vida interior en un continuo intercambio con el Dios vivo. La oración de María no es principalmente un conjunto de prácticas, sino una forma de estar con Dios. Es una postura interior que impregna la vida cotidiana. No está separada de los días, los habita. Es una actitud que implica escuchar, mirar y caminar, el corazón y las manos.



La oración de María comienza con una escucha que no es pasiva. Es una escucha que se convierte en diálogo, un silencio que es cuna de las palabras más verdaderas. Incluso de las incómodas a veces. En la Anunciación, después de escuchar atentamente, no permanece en silencio, sino que pregunta: “¿Cómo sucederá esto?”. Y su deseo de comprender es el espacio que se abre para que Dios se revele. María entra en una relación, acoge la Palabra y, al mismo tiempo, la cuestiona.

En este intercambio, su fe toma forma. Su “hágase en mí según tu palabra” nace de esto, de un verdadero diálogo. María no se limita a recibir un mensaje, sino que se implica. Para ella, la oración es ese encuentro en el que Dios se revela y el ser humano se expone.

Mirada atenta y paciente

De este diálogo nace una nueva perspectiva. El Evangelio dice que María “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Su mirada no es distraída, sino atenta y paciente. No descarta lo que no comprende, no fuerza los acontecimientos. Guarda y espera. Así, la realidad se convierte para ella en un lugar para interpretar. Esta forma de mirar también marca el crecimiento de Jesús. En sus parábolas, encontramos una mirada capaz de interpretar la vida: una semilla, un campo o un rostro del camino.

Ver a las personas en su singularidad y en su necesidad es ya oración. Es reconocer que cada encuentro puede convertirse en revelación. La oración de María es también un camino. Los Evangelios la muestran en movimiento: hacia la montaña para llegar a Isabel, hacia Belén, hacia Egipto, hasta Jerusalén. Sus pasos hablan de una fe concreta. No se queda quieta cuando la vida cambia de rumbo. Se alza y camina.

María rezando

‘La Sagrada Familia’, de Henry Ossawa Tanner

La profecía de Simeón, que habla de una espada que traspasará su corazón, es como un rayo de luz que nos guía hacia su vida interior. En las Escrituras, la espada simboliza la Palabra de Dios que penetra e ilumina hasta la médula. María, sin duda, conocía las Escrituras de memoria: los salmos, los profetas, los proverbios y las historias de su pueblo.

Como su Hijo haría más tarde con los discípulos de Emaús, la Madre comparaba cada acontecimiento presente con esa Palabra. La espada, por lo tanto, representa el discernimiento: la necesidad de aprender a reconocer, paso a paso y no sin esfuerzo, lo que Dios está obrando en su vida y en la de aquellos a quienes les ha confiado.

Orar con las manos

Su camino es un encuentro constante con el misterio del Hijo. Comprender y no comprender, aferrarse y soltar. En este movimiento interior, María aprende a conocerse a sí misma y la misión de Jesús. Su oración sincera es una búsqueda fiel y una disposición a transformarse. Finalmente, María ora con las manos. Las manos que envolvieron a un recién nacido en pañales en Belén, un gesto sencillo pero necesario.

Dios se encomendó a esas manos para la vida y para la muerte y esas manos protegen y sostienen. En la vida oculta de Nazaret, son manos que amasan el pan, remiendan, sacan agua, acarician, consuelan, que se dedican al cuidado del huerto o de unas pocas cabras. Esto también es oración, como una herida vendada, una lágrima enjugada sin pedir explicaciones.

Gestos cotidianos

En estos gestos cotidianos, la vida florece. El cuidado se convierte en lenguaje. La materia –pan, agua, lana– se transforma en signo de presencia. La oración de María no está separada de la concreción de la existencia. Está presente en lo que hace cada día. Y en el tramo más largo del camino, de Caná al Calvario: escucha, dialoga, camino, cuidado. Los gestos de toda una vida, ahora se mezclan con las vidas de otros discípulos como ella; amigos del Hijo y la Madre con quienes comparte alegría y asombro, dolor y temor.

Podemos imaginarla reunida en el cálido ambiente primaveral del Cenáculo, esperando Pentecostés, contando cosas de Él, de su infancia y adolescencia a aquellas mujeres y hombres en quienes la esperanza comenzaba a florecer de nuevo. Y luego saliendo a proclamar hasta los confines de la tierra: “Derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes”. Todo esto es su oración. Un diálogo que abre el camino a una visión de un futuro de justicia y paz, una mirada que nutre sus brotes, un paso que confía en el sendero, un corazón que discierne y unas manos que cuidan. No un conjunto de prácticas, sino una vida entera vivida ante Dios.


*Artículo original publicado en el número de mayo de 2026 de Donne Chiesa Mondo. Traducción de Vida Nueva

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