La historia de la Iglesia y de los pueblos a menudo se escribe en los márgenes, en aquellos territorios donde la geografía parece imponerse a la voluntad humana. Allí es donde la figura de nuestro protagonista de hoy, José Gabriel del Rosario Brochero emerge como un testimonio vivo de la universalidad del Evangelio y de los medios, a veces rudos y siempre sencillos, con los que se puede alcanzar la santidad.
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El Cura Brochero, un sacerdote diocesano argentino que vivió entre los siglos XIX y XX, nos ofrece la frescura siempre viva del sacerdocio cristiano, una vocación que no se rinde ante las dificultades, por más que estas puedan ser, en ocasiones, abrumadoras. Su vida fue una línea constante de crecimiento en la fidelidad y en un amor desmedido por las almas, una trayectoria que comenzó formalmente un 16 de marzo de 1840 en Villa de Santa Rosa, a orillas del río Primero, en el norte de la provincia de Córdoba.
Hijo de don Ignacio Brochero y doña Petrona Dávila, José Gabriel fue el cuarto de diez hermanos que crecieron en un ambiente de profunda piedad popular y esfuerzo rural. Su infancia estuvo marcada por el trabajo en las tierras de su padre, lo que le otorgó una gran resistencia física y una conexión con la naturaleza que serían fundamentales en su futuro ministerio pastoral.
Poco agraciado
Un detalle que él mismo solía relatar con humor para romper el hielo en sus charlas era el origen de sus rasgos faciales poco agraciados; contaba que, al ser llevado a bautizar al día siguiente de su nacimiento sobre una yegua negra, el animal resbaló en el barro debido a una lluvia torrencial. El susto fue tal para el recién nacido que, según decía, se le contrajo la cara y le quedó así para siempre. Esta sencillez y capacidad de reírse de sí mismo preludian la vida de un hombre que nunca se tomó demasiado en serio a sí mismo, pero sí muy en serio su misión.
A los 16 años, el 5 de marzo de 1856, ingresó en el Seminario diocesano Nuestra Señora de Loreto. Eran tiempos de transformación para Argentina, y en las aulas de la Universidad de Trejo y Sanabria, donde asistía para su formación, conoció a jóvenes que más tarde serían figuras clave de la política nacional, como Miguel Juárez Celman y Ramón J. Cárcano. A pesar de estas conexiones ilustres, el corazón de Brochero siempre latió en sintonía con los humildes.
Durante sus años de seminarista en Córdoba, José Gabriel conoció la Casa de Ejercicios que dirigían los Padres de la compañía de Jesús. Experimentó personalmente la eficacia de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y colaboró eficazmente con los sacerdotes que los dirigen. Así muy pronto, con la autorización de sus superiores y muy de su agrado fue “doctrinero” y “lector” durante los Ejercicios, es decir, el brazo derecho del sacerdote responsable de los mismos, labor que realizó, según lo que dijeron los que le conocieron entonces, con habilidad y dedicación.
Recibió la tonsura clerical en 1862 y, tras un proceso de discernimiento marcado por una profunda crisis vocacional que superó gracias a los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, fue ordenado presbítero el 4 de noviembre de 1866. Su bautismo de fuego pastoral ocurrió casi de inmediato, cuando en 1867 la ciudad de Córdoba fue azotada por una devastadora epidemia de cólera que segó más de 4.000 vidas. Mientras otros huían por temor al contagio, el joven Brochero se quedaba a cuidar a los enfermos, administrar sacramentos y enterrar a los muertos con sus propias manos.
Un testigo de aquellos momentos lo explicó después: “Brochero abandonó el hogar para dedicarse al servicio de la humanidad doliente y en la población y en la campaña se le veía correr de enfermo en enfermo, ofreciendo al moribundo el religioso consuelo, recogiendo su última palabra y cubriendo la miseria de los deudos. Este ha sido uno de los períodos más ejemplares, más peligrosos, más fatigantes y heroicos de su vida”. Fue en este escenario de dolor donde forjó su lema: “La fe sin obras es como el mate sin yerba: puro ruido y nada de sabor”.
A lomos de “Malacara”
Su verdadera epopeya comenzó en noviembre de 1869, cuando fue nombrado vicario del departamento de San Alberto. Al llegar a San Pedro tras tres días de viaje a lomo de mula por las Sierras Grandes, se encontró con una parroquia de más de 4.300 kilómetros cuadrados, sin caminos, sin escuelas y con una población dispersa y olvidada por el Estado. No se amilanó. Con su inseparable mula “Malacara”, comenzó a recorrer leguas para conocer a su gente.
Pronto había recorrido en mula toda su parroquia, y empezaba a conocer a sus feligreses, muchos de ellos primera vez en su vida veían un hombre de sotana. Los visitaba para saber sus necesidades y los invitaba a ir los domingos a la misa, donde él les platicaba con lenguaje pintoresco y transparente.
Muchos accedían y consentían en cubrir la distancia de ocho, diez, quince leguas, que los separaba de San Pedro. El joven cura iba ganándolos, y no tardó en ver que su capilla era muy pequeña para la concurrencia de los domingos; y se puso a la obra de construir una verdadera iglesia, cosa que hizo con la sola ayuda de la gente.
Festín de despedida
Su obra más amada fue sin duda la Casa de Ejercicios Espirituales en Villa del Tránsito, iniciada en 1875 e inaugurada en 1877. Para Brochero, el encuentro con Dios en el silencio era el motor de cualquier cambio social. Llevaba caravanas de hasta quinientas personas a través de las altas cumbres, bajo tormentas de nieve, para que hicieran los Ejercicios. Por esa casa pasaron más de 40.000 personas.
Al finalizar las tandas de oración, el cura los despedía con un festín de carne con cuero y una advertencia directa: “Ya el cura ha hecho lo que estaba de su parte para que se salven; si alguno se empeña en condenarse, que se lo lleven mil diablos”. Su lenguaje era transparente, rudo a veces, pero siempre cargado de una caridad que él mismo definía como esencial: “Si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego”.
Progreso material
Formando un conjunto con la Casa de Ejercicios edificó otra casa para colegio de niñas, y trajo de Córdoba a las religiosas Esclavas del Corazón de Jesús, a quienes encomendó el cuidado de ambas. La fama del Colegio y de la Casa de Ejercicios se difundió por toda la región y acudieron colegiales y ejercitantes de los más remotos lugares de la provincia de Córdoba y aún de la de San Luis y de La Rioja.
Pero el Cura Brochero entendió claramente que la evangelización debía ir acompañada del progreso material. Aunque es muy limitado el recordar a un sacerdote por las obras externas que hizo, pues la intensidad del amor y la fecundidad apostólica no siempre están en lo que se puede ver y medir, en el caso de este santo sacerdote no podemos olvidar otras muchas obras que hizo en bien de la Iglesia y de los pobres en sus 30 años de párroco en las sierras, como acequias, puentes, tomas de agua para regadío, diques, etc.
Solicitó ante las autoridades y obtuvo mensajerías, oficinas de correo y estafetas telegráficas; proyectó el ramal ferroviario que atravesaría el Valle de Traslasierra uniendo Villa Dolores y Soto para sacar a sus queridos serranos de la pobreza en que se encontraban. Con sus feligreses construyó más de 200 kilómetros de caminos y varias iglesias, fundó pueblos y se preocupó por la educación de todos.
Tras un breve periodo como canónigo en la Catedral de Córdoba a partir de 1898 –cargo que aceptó con pocas ganas y al que renunció porque extrañaba el aire de sus sierras–, regresó a su curato en 1902. Pero el tramo final de su vida fue su sacrificio más grande. Su cercanía con los leprosos, a quienes visitaba y abrazaba, terminó contagiándolo.
La enfermedad lo dejó ciego y sordo hacia 1908, pero su espíritu permaneció intacto. Con una resignación que conmovía a quienes lo visitaban, decía que Dios le había hecho un favor al desocuparlo de la vida activa para dejarle la ocupación de orar por los hombres de todos los tiempos. El buen párroco falleció el 26 de enero de 1914 en Villa del Tránsito, localidad que hoy lleva su nombre.
En su vida entregada hasta el final podemos ver realizado de modo patente lo que San Pablo explica a los cristianos del Corinto sobre los ministros del Evangelio, palabras que parecen escritas para describir su incansable trajinar:
“En todo nos presentamos como ministros de Dios, con mucha firmeza en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en las palizas, en las cárceles, en los tumultos, en las fatigas, en las vigilias, en los ayunos; con pureza, sabiduría, paciencia, benevolencia, espíritu de santidad, amor sincero; con palabras de verdad, con la potencia de Dios; con las armas de la justicia a derecha e izquierda; en la gloria y en el deshonor, en la mala y en la buena fama. Somos tenidos por impostores, y sin embargo somos veraces; desconocidos, y sin embargo somos muy conocidos; moribundos, y ved que vivimos; castigados, pero no muertos; afligidos, pero siempre alegres; pobres, pero enriquecemos a muchos; gente que no tiene nada y, en cambio, ¡lo poseemos todo!”.
“Perseverans atque victor”
Sus restos descansan en la capilla de la Casa de Ejercicios, bajo una inscripción que resume su paso por el mundo: “Perseverans atque victor”. En su proceso de Canonización alguno quiso ver como dificultad que era bastante mal hablado y que fumaba mucho. Pero hay que recordar que era hijo de su tierra y con su modo de hablar directo y rudo llegaba a todos y se hacía entender por todos.
Un testigo de su proceso de canonización declaró: “Su palabra era directa y sencilla. Todos lo entendían y gustaban de ella, era Brochero un paisano mas entre los paisanos, sombrero negro de anchas alas, cigarrito entre los labios, infatigable caballero en mula, recorría de día y de noche su curato. Todos lo conocían como él conocía a todos, y aunque el tiempo le era breve para ‘desgranar rosarios’ –como gustaba decir– siempre encontraba el necesario para hacer un alto en el camino”.
Sus cualidades eran las del criollo: trabajador, austero e ingenioso, y como buen criollo, también tenía sus defectos: pícaro, que no es lo mismo que avivado y mal hablado. En una oportunidad, predicando en la ciudad de Córdoba ante un público distinguido dijo con su modo más típico: “Ustedes están acostumbrados a los ricos dulces –se refería a los sermones de los otros sacerdotes–, pero yo les voy a dar ahora puchero a la criolla, que, aunque es un plato poco delicado, es más sustancioso”.
Sotana, barro y eternidad, tres palabras que resumen su vida. El Cura Brochero fue canonizado en 2016 por el Papa Francisco y sigue siendo un modelo universal de pastor, concretamente en su caso el que ensilló el alma para que nadie se quedara atrás en el camino hacia Dios.