Probablemente, son pocas las veces en que la vida nos regala un adelanto vívido de lo que puede ser participar del Reino de Dios. Un espacio de absoluto presente, donde se respira alegría, paz y, sobre todo, amor. Un verdadero banquete en el que la abundancia y la exquisitez no están solo en el placer de la comida, sino también en la compañía, en la música, en la belleza y en el encuentro con el Señor.
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Tal como Él nos enseñó, el cielo es un estado donde no hay temor, ni oscuridad, ni tensión; todo fluye en una danza permanente de dar y recibir, de gracias que habitan el corazón.
La boda de mi hijo
Algo de esto me sucedió el sábado recién pasado, en el matrimonio del primero de mis hijos en casarse. Todos los preparativos y las esperas dieron paso a un despliegue de postales que parecían sacadas del cielo, y que vale la pena compartir y contemplar.
En primer lugar, recibir bendiciones y cariños de tantos no es algo evidente. Es justo y necesario detenerse a agradecer esa energía que nos envuelve. Hay momentos en la vida en que percibimos con fuerza que somos queridos y cuidados, pero muchas veces eso ocurre en medio del dolor o de la prueba. Ahí se hace visible el tejido humano que nos sostiene, la profundidad de la comunidad.
Sin embargo, en momentos de alegría, ese mismo entramado —visible e invisible— nos eleva hacia el gozo y nos hace brillar. El amor que circula entre todos se vuelve casi tangible. Es un manto que envuelve, que sostiene, que invita a la gratitud y a un gozo difícil de explicar con palabras.
La conexión con quienes ya partieron
Y, en ese mismo clima, también se hace presente algo aún más hondo: la conexión con aquellos que amamos y que ya partieron. De algún modo misterioso, se suman a la fiesta y celebran con nosotros. Se oyen sus risas, se intuyen sus abrazos, se perciben lágrimas de emoción que no son solo nuestras. Es como si, con una delicadeza infinita, utilizaran todo lo que tienen a mano para hacernos notar su cercanía, su presencia viva, su permanente cuidado.
Otro rasgo es la autenticidad. En ese espacio no hay nada que aparentar. Cada uno es quien es y ocupa su lugar según la generosidad de su corazón. Los que han aprendido a amar más intensamente parecen situarse con naturalidad en los primeros puestos; y quienes han tenido más dificultad, también están invitados, acogidos, aunque desde otro lugar. Hay una cierta coherencia profunda entre lo sembrado y lo que se recoge.
Como padre, uno sabe que se equivocó, que faltó, que hizo lo mejor que pudo desde su propia fragilidad y sus heridas. Y, sin embargo, en momentos así, aparece una certeza serena: Dios ha ido llenando los vacíos, completando lo que faltaba, sosteniendo lo que no alcanzamos a dar.
Sentirse parte de un plan mayor
Entonces se regala una experiencia difícil de describir: la de sentirse, de algún modo, parte de un plan mayor. Como si, por un instante, todo encajara. Como si la vida —con sus luces y sombras— encontrara un sentido más hondo. No porque no haya dolor o pruebas, sino porque todo parece estar contenido en una historia que también es redimida.
Quizás por eso, estos momentos que la vida nos concede como destellos —casi como anticipos— nos permiten intuir algo de lo que vendrá. Lo que aquí aparece de manera fugaz, allá será permanente. Ese amor que apenas alcanzamos a rozar, esa comunión que por instantes se hace visible, esa alegría que no se agota… Todo eso, después de la muerte, dejará de ser excepción para convertirse en estado.
Y, al pensarlo, brota una gratitud profunda, casi sin palabras, por tanto bien recibido y por la promesa de una plenitud que, de alguna manera, ya hemos comenzado a gustar.
