Tribuna

Tesoros en vasijas de barro

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“Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Cor 4, 7). Las vasijas de barro eran objetos comunes, baratos y frágiles. Normalmente eran usadas para tareas domésticas cotidianas. Sin embargo, también eran empleadas para esconder objetos valiosos porque nadie sospecharía que un recipiente tan humilde guardara algo de valor. Quizás por ello, la Iglesia ve en esta imagen, por un lado, la fragilidad y pobreza humana.



Ahora, san Pablo nos habla de un tesoro guardado en estas vasijas. ¿A qué se puede referir? Sin duda, se refiere al Evangelio, el conocimiento de la gloria de Dios y la presencia de Cristo en el creyente. Es la luz de la verdad que transforma la vida.

La Iglesia nos ha enseñado desde siempre el hecho de que Dios elige lo débil del mundo para confundir a lo fuerte. Si el portador del mensaje fuera perfecto, poderoso o sobrehumano, la gente creería que el éxito viene del hombre. Al emplear vasijas de barro, el Apóstol deja claro que los milagros y la conversión son obra de Dios. Por ello, orar por los sacerdotes en crisis que nos propone el papa León XIV no es, por tanto, un acto de piedad opcional, sino una necesidad teológica y eclesial de primer orden.

El combate en las tinieblas

En la tradición mística encontramos razones profundas y, si se quiere, estratégicas para la oración por los sacerdotes en crisis. Por otro lado, los místicos comprendían la intercesión como una participación real en la cruz de Cristo, donde uno toma sobre sí el peso espiritual del hermano. En ‘Camino de Perfección’, por ejemplo, santa Teresa de Jesús solicita a sus compañeras orar sin cesar, con lágrimas y deseos ardientes, por quienes predican, confiesan y gobiernan, absolutamente convencida de que el progreso de la Iglesia depende en gran medida de la santidad de los sacerdotes. Por su parte, santa Teresita de Lisieux dice que los sacerdotes son blancos predilectos de la tentación.

Santa Catalina de Siena se refería a los sacerdotes como sus Cristos. En sus ‘Diálogos’ presenta una revelación de Dios sobre el respeto y la intercesión por ellos: “No quiero que disminuya la reverencia que se les debe… porque la reverencia no se hace a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que les he dado a administrar”. La oración por el sacerdote en crisis (de fe, moral, afectiva o pastoral) es una forma de reparación. El sacerdote en crisis vive un desierto que a menudo es una noche oscura permitida para su purificación. La oración de los fieles opera como un soporte invisible que impide que esa oscuridad se transforme en desesperación. Significa entrar con Cristo en su combate.

Sacerdote

El sacerdote no es inmune

En 1992, san Juan Pablo II nos recordaba unas palabras de Jeremías en las cuales no solo debemos meditar, sino que, al mismo tiempo, comprometen al católico: “Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3, 15). Palabras que sirven de marco para su exhortación apostólica ‘Pastores Dabo Vobis’, en la cual reconoce que los sacerdotes no son inmunes a las crisis culturales y psicológicas de su tiempo. De alguna manera, sigue de cerca lo que san Juan Crisóstomo ya reconoció en su tratado ‘Sobre el Sacerdocio’: el alma del sacerdote está expuesta a tormentas mucho más violentas que las que sacuden a los laicos, debido a la magnitud de su responsabilidad.

Por ello, en las llamadas ‘Cartas del Jueves Santo’, san Juan Pablo II pedía orar para que el sacerdote no pierda el asombro por su vocación. Ese asombro maravilloso que le recuerda al sacerdote quién es frente al Sagrario. Benedicto XVI afirmó que un sacerdote nunca está solo cuando su comunidad ora por él. Francisco, que siempre pidió que oraran por él, lo solicitaba, entre otras cosas, porque comprendió que el sacerdote está sometido a un tren de vida que lo sometía a un cansancio muy grande. Un cansancio que puede abrir las puertas a la tentación. Por ello, para él la oración del pueblo es “aceite que sana las heridas” del pastor. Por ello, ha de ser el primero en recibir la medicina de la oración de sus hermanos para que su corazón no se le endurezca y se vuelva un “coleccionista de antigüedades”. Atendamos con la alegría del Evangelio a esta invitación del papa León XIV. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris