Guillermo Jesús Kowalski
Licenciado en Teología por la Universidad Católica de Argentina (UCA)

Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios, la revelación que nace en la frontera


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Introducción: la confesión que rompe todos los esquemas

En el momento más oscuro de la historia cristiana —un condenado a muerte, humillado, ejecutado como criminal— surge una de las confesiones más luminosas del Evangelio:
“Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

No la pronuncia un discípulo.
No la formula un sacerdote.
No surge del interior de la institución religiosa.

La dice un centurión romano: un extranjero, un pagano, un extranjero formado en la lógica del abuso del poder.



Esta escena encierra una de las claves más profundas de la teología fundamental: la revelación de Jesús desborda los sistemas religiosos que los hombres edificamos “para Dios”. Allí, en la frontera entre la fe y la incredulidad, entre la religión instituida y la vida real, emerge una comprensión nueva: Dios se revela en un hombre crucificado injustamente… a instancias del poder religioso que dice “representar” a Dios.

Esta confesión nos obliga a repensar no solo quién es Dios, sino también desde dónde se cree, qué es lo que queremos creer, lo que nuestros sistemas nos “permiten” creer para seguir teniendo el carnet de admisión y si el problema real es la lucha entre “creyentes” y “no creyentes”.

“Todo es religión”: la pregunta por Dios atraviesa toda la existencia

El drama de la vida humana siempre será en su raíz, un drama religioso. No en el sentido restringido de pertenecer a una institución o practicar ritos, sino en el sentido más radical: toda existencia humana se juega en su relación —explícita o implícita— con el absoluto, con el sentido último. El ser humano es “capax Dei” (capaz de Dios), donde el drama no es el rito, sino la búsqueda de sentido ante el límite (muerte, sufrimiento) que apunta a lo infinito.

Hay quienes viven esta relación dentro de una tradición religiosa explícita. Pero esa pertenencia no garantiza autenticidad. Jesús mismo advierte:
“No todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos” (Mt 7,21).

La religión puede transformarse en cultura, en identidad, en nacionalismo xenófobo, en soporte de ideologías, en sistema de poder. Puede ser utilizada para legitimar intereses, para sostener estructuras, incluso para encubrir injusticias. Aquí, lejos de transparentar a Dios, lo manipula idolátricamente.

Por otro lado, existen quienes se declaran ateos o agnósticos o poco “practicantes”, pero cuya vida está marcada por la compasión, la justicia, la entrega a los demás. En ellos se manifiesta —aunque no lo nombren— algo profundamente evangélico. Como si, sin saberlo, estuvieran viviendo desde el corazón del mensaje de Jesús…” cristianos anónimos” los llamaba Karl Rahner, para escándalo del establishment eclesiástico. “San Sócrates” ora pro nobis, decía san Justino en el s. II, ampliando el patio católico.

Desde esta perspectiva, podemos afirmar provocativamente:
“todo es religión”, porque toda vida humana está orientada hacia un sentido último. Pero no toda religión libera y humaniza. La cuestión decisiva no es si alguien se dice creyente o no, sino cómo vive su relación con el otro, con el mundo y con el misterio. Son de los “nuestros” dice Jesús (Marcos 9, 40; Lucas 9,50) y el Vaticano II rescata el diálogo con las demás religiones y ateísmos.

El centurión representa precisamente ese punto de quiebre: alguien que no pertenece al sistema religioso, pero que reconoce al Dios encarnado donde otros no lo ven.

Simbólica religiosa.

La crisis de la religión: cuando Dios queda atrapado en el sistema

La escena de la cruz revela también una paradoja inquietante: quienes condenan a Jesús lo hacen en nombre de Dios. Las autoridades religiosas, legitimándose en sus tradiciones ideologizadas, terminan rechazando al mismo Dios que dicen representar.

Aquí se manifiesta una crisis permanente de la religión: su capacidad de institucionalizar a Dios hasta el punto de pretender “domesticarlo” con tradiciones, disciplinas, ritos, moralinas, etc. y hacernos creer que aceptar esos constructos humanos…es tener “fe”.

Cuando la religión se vuelve autorreferencial, cuando se identifica con una cultura cerrada o con intereses de grupo —sean políticos, sociales o clericales— pierde su capacidad de mediación, “se la cree”. Dios deja de ser misterio vivo para convertirse en arma de dominación.

En este contexto, la cruz aparece como una denuncia radical. Jesús muere no solo por el poder político, sino también por una religión de sacrificios sin misericordia. (Oseas 6,6; Mateo 9,13)

El centurión, en cambio, no está atrapado en ese sistema. No tiene que defender una estructura ni sostener una identidad religiosa. Por eso puede ver lo que otros no ven. Quienes están fuera de nuestros círculos “piadosos” tienen mucho para enseñarnos.

Su confesión nace de la experiencia:
ha visto cómo Jesús muere injustamente, cómo perdona, cómo se entrega sin violencia.

Y en esa pobre humanidad hecha pedazos, descubre lo divino y lo expresa insuperablemente.

Esto plantea una cuestión central para la teología fundamental:
¿dónde se hace creíble Dios hoy?

No en la autosuficiencia de las instituciones, sino en los crucificados y quienes los bajan de la cruz y encarnan la compasión, la justicia y el amor. Esa es la Verdad para la cual Jesús vino al mundo (Jn 18,37). Todo lo demás es entretenimiento y fantasía.

El Dios que se revela en la carne herida: fe desde las periferias

La confesión del centurión no es solo reconocimiento intelectual. Es experiencia teológica nacida en la frontera. Y esa frontera tiene un lugar concreto: la carne herida de Dios.

El Dios de Jesús no se revela en el poder, ni en el éxito, ni en la perfección ritual. Se revela en la vulnerabilidad, en la entrega, en el perdón.

Por eso Jesús dirá: “Tuve hambre… estuve enfermo… fui extranjero…” (Mt 25).

No es una metáfora. Es una afirmación teológica radical: Dios ha elegido hacerse presente en los heridos.

Esto transforma completamente la comprensión de la salvación y de la fe. Creer es anterior a adherir a las doctrinas, practicar ritos o cumplir normas. Es reconocer y responder a la presencia de Dios en la historia concreta, especialmente en los excluidos…como Él.

Aquí se juega la teología de fronteras. Muchos de los que hoy se consideran “dentro” pueden estar lejos del corazón del Evangelio si viven una fe sin compasión. Y muchos de los que están “fuera” pueden estar más cerca de Dios de lo que imaginan si su vida está marcada por este amor.

El centurión es figura de todos aquellos que, sin pertenecer explícitamente, descubren a Dios en lo humano más profundo.

Y es también una llamada para la Iglesia: a no absolutizar sus formas, a no confundir mediación con posesión, a dejarse interpelar por la realidad y por “los otros”.

Conclusión: creer desde la cruz, reconocer a Dios en lo humano

La confesión del centurión es incitante:
Dios se hace reconocible donde la humanidad es más verdadera: en la frontera.

No en la apariencia religiosa, no en la seguridad de los sistemas, sino en la entrega, en el perdón, en la compasión.

Creer, entonces, no es refugiarse en certezas, sino aprender a ver. Ver como vio el centurión: más allá de las etiquetas, más allá de las estructuras, más allá de las apariencias. Ver a Dios:

en un hombre que muere perdonando.
en los pobres que siguen esperando justicia.
en quienes, aun sin nombrarlo, viven el amor.

En un mundo marcado por la indiferencia, la exclusión y la violencia, esta mirada es urgente.

Porque cada vez que reconocemos a Cristo en el herido,
cada vez que nos dejamos afectar por el sufrimiento del otro,
cada vez que elegimos la misericordia sobre el poder,

la confesión del centurión se actualiza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Y entonces, la fe se convierte en una forma de habitar el mundo.

Cruz

Cruz. Foto: Unsplash