Casi dos años después de que las monjas de Belorado rompieran con la Iglesia católica, el ‘culebrón’ ha llegado (parece) a su fin. Hay quien piensa, sin embargo, que la imagen de la vida contemplativa ha sido dañada por las monjas cismáticas. Así lo creen algunas religiosas de clausura fieles a Roma que, intramuros, han vivido con sufrimiento lo acontecido.
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Sor María Dolores Pérez Mesuro es presidenta de la Federación de Santo Domingo de monjas dominicas. Desde el Monasterio de Sancti Spiritus de Toro (Zamora), habla sin tapujos. “Para nosotras, ha sido una sorpresa –confiesa–. Primero nos enteramos por personas que habían leído la noticia y, después, por nosotras mismas al leer lo publicado. Como eran noticias tan inesperadas, preguntamos a otras hermanas de distintos monasterios y, sobre todo, de la diócesis de Burgos. Y nos confirmaron que la noticia era verdadera. A partir de ahí, había que intentar comprenderla, porque no sabíamos muy bien de qué se trataba. Al principio, no entendíamos nada”.
Lo que más les sorprendió y preocupó fue la ruptura con la Iglesia: “No la esperábamos, ni yo ni ninguna hermana, ni tampoco las hermanas de otras comunidades”. Y se pregunta: “¿Por qué no recapacitaron y pensaron que no puede estar todo el mundo –y la misma Iglesia– equivocado?”. Su análisis, y el de toda la comunidad, es claro: “Creemos que se trata más bien de una postura muy firme, incapaz de ver la realidad, ni de sanar la historia que se arrastra y que desemboca en este momento”. Tratan de entenderlas y, por eso, piensa que quizás “se les ha bloqueado el entendimiento”. Es decir, “han pensado que dando publicidad en redes y otros medios su postura podría ser comprendida”.
Entrega en silencio
Sin embargo, “nada más lejos de la realidad” porque “nuestra vida nace del interior: necesitamos interactuar con las personas, como se dice ahora, pero no tratar de que comprendan nuestra vocación, cuando es tan sutil como la llamada de Dios a esta vida de entrega desde el silencio”. “Necesitamos un espacio como la clausura”, añade, lo que se traduce en “un microambiente propicio para llevar a cabo la vida contemplativa, que es mirar el mundo con los ojos de Dios”, porque “el silencio no es vacío, sino espacio para el encuentro”.
No cree que se haya visto muy dañada la imagen de la vida contemplativa. Sor Lola –como todos la llaman– piensa que “se conoce y se respeta, incluso se sabe que se ora e intercede principalmente por las necesidades y situaciones de las personas y del mundo”. Por ello, “quienes la conocen más, tienen fe en esta intercesión y en la oración”.
De redes sociales sabe mucho Marta González, más conocida en ellas como marta_osb. Es benedictina y misionera digital. En Instagram cuenta con más de 182.00 seguidores y en TikTok llega casi a los 199.000. En YouTube, lo mismo. Muestra su día a día y lo que vive desde su vocación de contemplativa en el Monasterio de Santa Cruz de Sahagún (León).
Coincide en que su comunidad ha vivido este asunto “con mucha sorpresa, por cómo puede llegar una comunidad religiosa a ese punto de separación de la Iglesia y a separarse de la vida monástica”. Esto, aclara, “lo digo por ciertos lujos que tenían, o deudas exageradas, o la relación con las hermanas mayores, que se duda de que todas estuviesen de acuerdo en lo que se ha hecho”.
Ha supuesto “un sufrimiento grande”, sobre todo “por esa ruptura con la Iglesia y por ‘no comprender’ y, por supuesto, por la imagen de la vida contemplativa, que –en especial al principio– pudo quedar dañada”. “Luego, según se ha ido desarrollando y pasando el tiempo, la gente ha podido comprender que no es lo normal y se ha salido demasiado de madre”, subraya sor Marta.