Los pilotos de avión miden su experiencia contabilizando las horas de vuelo que cargan a su espalda. A estas alturas de mi vida yo también podría contar con un nutrido número, no tanto de horas de vuelo, como de kilómetros de vías o carreteras. Para sorpresa de nadie, en la última temporada viajar en tren se ha convertido en una aventura de riesgo. Es lo que me sucedió el otro día que, al llegar a la estación, descubrí atónita que el tren que tenía que coger no iba a salir, sin que nadie me hubiera avisado de ello.
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En contra de lo que cualquiera hubiera imaginado al comienzo, la historia terminó bien y conseguí llegar a mi destino, dando algún que otro rodeo y alguna que otra carrera por estaciones de tren. Lo que hizo posible que yo llegara a la ciudad a la que tenía que viajar fue, sobre todo, mi negativa a resignarme con las disculpas del servicio al cliente y la insistencia en exigir una solución que fuera más allá del “ponga usted una reclamación”.
Es muy probable que la adrenalina del momento y el desconcierto que implicaba la posibilidad real de dejar plantados a quienes me esperaban en la otra punta de España jugaran en mi favor. El caso es que todo ello hizo que saliera a la luz una dimensión de mí no solo atrevida, sino incluso algo desafiante, que no se conformaba con un “lo siento, no puede usted viajar”. Solo al insistir en que el problema era de la compañía y no mío, y tenían que resolverlo, el chico que estaba atendiéndome se tomó en serio la situación y me dio una solución. Esta anécdota me ha hecho pensar mucho en el relevante papel que juega en nuestra vida la sana autoafirmación y lo importante que es alentarlo también en nuestros ámbitos eclesiales.
Defendernos a nosotros mismos
Durante demasiado tiempo hemos comprendido de manera muy ingenua la frase evangélica de que “al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra” (Mt 5,39) y hemos terminado ensalzando, como si se tratara de un valor, no protegerse de agresiones ajenas. Quizá hemos pecado de elogiar en exceso a quienes permanecen pasivos y silenciosos cuando no son tratados con la dignidad que se merecen, como si solo fuera justo defender a los otros, pero nunca a nosotros mismos.
En cambio, convendría alentar esta sana autoafirmación y reconocer que es necesario tener la suficiente seguridad en nosotros mismos como para defender nuestros derechos y proteger asertivamente esos límites que los demás no deben traspasar. Al fin y al cabo, es lo que hizo el Señor cuando confrontó a quien le abofeteó sin razón (cf. Jn 18,23)… y lo que, en esta ocasión, me ha permitido viajar a mi destino.

