Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, debido en especial a la revolución industrial, los grandes pensadores de la época, como los últimos filósofos modernos y los primeros contemporáneos, imaginaron que, gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, se acabarían los grandes flagelos de la humanidad: con la pobreza y las enfermedades a la cabeza.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Pero llegaron las dos guerras mundiales, la bomba atómica y la gran decepción: el esfuerzo de los científicos no se centraba en la promoción del trabajo y la salud, sino en la fabricación de armas tan destructivas que nos pusieron al borde del exterminio. El pesimismo propio de los existencialistas franceses, Sartre en primer lugar, es un claro ejemplo de esta desilusión.
Pues ojalá no se desencante el papa León XIV como lo hicieron en esa época.
Y es que la Pontificia Academia para la Vida, del Vaticano, con el patrocinio del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, acaba de publicar ‘Scientists for peace’ (Científicos por la paz), un llamado a la acción interdisciplinar, intercultural e interreligiosa “en un momento histórico particular, en el que el lenguaje de las armas, y la locura de la violencia asumen un trágico alcance global, que limita también la investigación científica”.
Se invita, entonces, a científicos y académicos de todo el mundo a superar los intereses personales, a través de un intercambio informativo transparente, con el objetivo de contribuir al patrimonio común del conocimiento, inclusive más allá de los confines territoriales.
Y, a diferencia de otros textos eclesiásticos meramente exhortativos, se señalan acciones concretas que pueden incidir en los trabajos de la actual indagación tecnológica: valorizar las comunidades científicas internacionales como lugares de ‘diplomacia científica’; promover proyectos de investigación que involucren a científicos e instituciones de pueblos y culturas diversos; contribuir a la reflexión crítica sobre los monopolios de las propiedades intelectuales; mostrar el riesgo de algunas investigaciones aprovechadas por la industria militar; situar a toda la cultura investigativa en la tarea de servir a la paz; y realizar esfuerzos notables para encontrar caminos tendientes a la resolución pacífica de los conflictos entre las naciones.
En resumidas cuentas, lo que el texto propone es regresar al ‘adn’ del pensamiento humano: innovar y crear herramientas que nos permitan una mejor convivencia entre nosotros, y no metodologías eficaces para exterminarnos.
O sea: en vez de inventar armamento cada vez más letal, ojalá se canalizaran esos recursos para establecer protocolos que ayuden a resolver los agravios -económicos, políticos, religiosos- causantes de las guerras, y a generar mejores condiciones de vida para todos.
Pro-vocación
Qué curioso. En los Estados Unidos, Israel e Irán no se acepta la eutanasia activa. Pero esos países no dudan en enviar a sus jóvenes para obtener una muerte segura, en muchos casos, participando en estas desquiciadas guerras. No se permite adelantar de manera consciente y voluntaria el final de la vida biológica, casi siempre afectada por enfermedades terminales y sin posibilidades de retorno a la salud integral, pero sí se incentiva el arriesgar la propia existiencia -buscando aniquilar la de los enemigos- en aras de un dios, con minúscula. Qué curioso.
