Estoy leyendo el libro que escribió Albert Nolan en 2006: ‘Jesús, hoy. Una espiritualidad de libertad radical’. Tuve la suerte de conocerlo personalmente en 1992 en Johannesburgo. Siempre me pareció una persona sabia (aprendí mucho de él y de otras personas de su equipo en el Instituto de Teología Contextual) y, como sucede en estos casos, a pesar de haber pasado veinte años de la escritura de este texto, muchas de sus afirmaciones siguen siendo realidad en estos momentos y parece escrito “ex profeso” para la situación actual.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
En sus páginas 30 y 31 afirmaba que “Hoy todas las tradiciones culturales se están desintegrando lentamente… Una respuesta muy fuerte a las incertidumbres de la vida en nuestro mundo posmoderno consiste en el intento de retornar al pasado.” Desgraciadamente, me estoy encontrando a menudo con esta manera de reaccionar ante los cambios que estamos viviendo. Me encuentro con personas e instituciones que, con unos análisis sobre la realidad actual que comparto en muchos aspectos, optan por reaccionar ante ellos volviendo a un pasado que para ellos era ideal. Recuperan movimientos políticos antiguos e ideas de antes del siglo XX.
Esta manera de afrontar los desafíos que tenemos en la sociedad, creo que no es la más acertada por varios motivos. El primero es que nunca una realidad pasada es perfecta. Cada momento de la historia ha tenido sus luces y sus sombras. Las sociedades y la realidad históricas nunca han sido perfectas. Nosotros no las hemos vivido, por lo que podemos tener una tendencia a idealizarlas o a condenarlas sin darnos cuenta que las cosas esenciales de la vida son siempre las mismas. Aunque los análisis que se hicieron en sociedades muy diferentes a las nuestras, en otros lugares del mundo y en épocas que nada tienen que ver a la actual, nos sirven para afrontar los desafíos de nuestra existencia en estos momentos, volver a ellas de una manera acrítica no siempre es lo mejor.
Aprender
Aprender del pasado es positivo, nos viene bien. Las religiones, las diferentes escuelas filosóficas, la historia, nos ofrece enseñanzas que, bien utilizadas y aplicándolas a nuestra realidad, pueden ayudarnos mucho. Ahora bien, pensar que la respuesta a nuestros desafíos es, sin más, la vuelta a ideologías antiguas o a pensamientos pasados que fueron superados por las circunstancias, no es lo más adecuado. La nostalgia y la idealización de lo nunca vivido sin más no beneficia a la sociedad.
No se trata de retornar al pasado, sino de aprender de él. Porque renunciar a sus enseñanzas tampoco es el camino para afrontar los desafíos de nuestra existencia. Entre aquellos que renuncian a las enseñanzas seculares para creer que solo lo nuevo puede permitirnos avanzar y quienes quieren retornar al pasado, estamos los que no renunciamos a las enseñanzas seculares pero queremos afrontar el presente desde un realismo que busque construir una sociedad basada en el bien común.
