En tiempos de challenges y tendencias virales ha surgido la ola de los therians: personas que se auto perciben como animales y piden ser reconocidas como tales.
En realidad, el fenómeno no es ninguna novedad. Ya lo advertía Edgar Morin: “Solo lo humano puede deshumanizarse”.
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Sin embargo, la realidad es superior a la idea y a la autopercepción. En el fondo hay algo que no podemos evadir: la condición humana, que no depende de una ley, de un gobierno ni de la voluntad propia, sino del tan incomprendido orden natural.
La paradoja consiste en que un mundo que insiste en humanizar a las mascotas pretende, al mismo tiempo, “animalizar” a la persona, reduciéndola a un ente fácilmente domesticable, manipulable y, en última instancia, esclavizable.
Recuerdo el post de un conocido sobre su mascota en la que escribía: “el amor más puro”. Y sí el animal es capaz de ofrecer un amor puro, ¿por qué no pretender ser animal para imitar ese supuesto amor puro? El problema es que no se trata de elevar lo animal, sino de rebajar lo humano.
Lo humano en la humanidad se hace urgente
Por eso, el verdadero tema es la deshumanización, el ir rebanando a pedazos la condición humana, en nombre de la libertad intrínseca del ser, ser humano.
Es tan deshumano, por ejemplo, quien viola derechos humanos creyendo que el derecho internacional no le hará nada como quien vulnera el derecho internacional pisoteando derechos fundamentales.
La violencia desmedida, la xenofobia, la segregación e incluso una visión estéril y purista de la polarización entre buenos y malos pueden convertirse en caldo de cultivo para la deshumanización.
La crisis es antropológica
El ya citado Edgar Morin, en su reciente libro ¡Despertemos!, advierte que “la crisis de la humanidad es a la vez tanatológica, ecológica, económica, histórica y de civilización; representa, por todas esas razones conjugadas, una crisis antropológica que afecta a la naturaleza y al destino de la condición humana”.
El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, durante el pontificado del papa Francisco, hizo pública una declaración sobre la dignidad humana que, más allá de discusiones banales, debería ser difundida, leída y profundizada por todos.
“Cada persona está llamada a manifestar en el plano existencial y moral el horizonte ontológico de su dignidad, en la medida en que, con su propia libertad, se orienta hacia el verdadero bien como respuesta al amor de Dios”, afirma el documento.
Creo que en ese breve enunciado se encuentra la respuesta a la deshumanización: la llamada a la dignidad, a un ejercicio sano de la libertad orientada al bien, en el horizonte del artífice y fundamento de toda dignidad humana, a imagen y semejanza… Y no precisamente de un therian.
Por Rixio G Portillo Ríos. Profesor e investigador de la Universidad de Monterrey
Foto: RTVC
