José Luis Pinilla
Migraciones. Fundación San Juan del Castillo. Grupos Loyola

Desde el Corpus al Día Mundial de los Refugiados


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Un solicitante de asilo sirio y médico (hay muchos así en España) se dedica a cocinar muchos bizcochos, a hacer deporte, a escuchar música, a hacer cursos online… Está pasando el confinamiento en un piso compartido en Valencia. Hasta aquí todo normal en el confinamiento, pero del confinamiento también se sale. Cada semana desde el inicio del estado de alarma en España, este joven de 26 años sale de casa para ayudar a quienes más lo necesitan. Sabe bien lo que es vivir en situaciones de emergencia y cómo ayudar. Desde asistir a personas sin techo hasta echar una mano en el centro logístico que la Cruz Roja tiene en Valencia. “No hay dos días iguales: un día llevo bocadillos a personas sin hogar y otro día recojo medicinas en la farmacia para llevárselas a personas mayores. Incluso he entregado mascarillas”, reconoce.



Leía la noticia el pasado domingo día del Corpus. Meditaba sobre el hecho de que “comulgar” no es un acto individual (“nadie se salva solo”, dice el Papa) o estrictamente limitado a la relación entre Jesús y el creyente. No. Entrar en comunión significa compartir la vida de Jesús, vivir según su estilo y opciones, apostar por la comunión fraterna sin exclusiones. Comulgar el pan implica repartir el pan y los bienes entre todas las personas. Entrar en comunión con Dios en Cristo-eucaristía supone entrar en comunión con todos seres humanos en Cristo-identificado-con-los-excluidos.

El relato continuaba recordando un día especial. “Tuvimos un desafío grande –dice–, debíamos llevar medicamentos que necesitaban refrigeración a una señora mayor”. Experiencia muy parecida a alguna que yo he vivido con un voluntario migrante trayéndome las medicinas imprescindibles a casa. Con solo media hora de margen, la medicina llegó a tiempo y la vecina, sintiéndose muy agradecida, les ofreció dinero en efectivo. “No queremos dinero”, le dijo el refugiado sirio: “Solo lo hacíamos como voluntarios, para ayudar”.

Llegó a España en junio de 2019 y pidió asilo nada más llegar: no era buena la alternativa de volver a Siria. La guerra, los ataques, los tiroteos… “Teníamos mucho miedo”, dice. Y como fruto de ese miedo, “mi familia está ahora repartida por distintos países del mundo”. Pero no ha perdido la esperanza. “Todo se puede lograr”, termina diciendo.

Celebrando la misa del Corpus

Cuando leía la noticia acababa de celebrar la misa del día del Corpus. Y pendiente de la semana siguiente caí en la cuenta de que el sábado se celebra el Día Mundial de los Refugiados. No es equivocado relacionar ambas fechas. La primera para los cristianos se prolonga en la segunda.

Desde los primeros tiempos de la Iglesia se vinculó la eucaristía con la comunicación de bienes (1Cor 11,17-22). Cuando actualmente celebramos el día de Cáritas en Jueves Santo y en el Corpus Christi, estamos destacando esta dimensión del compartir eucarístico. Esta realidad anticipa, hace presente y celebra la novedad del Reino de Dios.

“En la Cena del Señor celebramos el que por medio del cuerpo y de la sangre del Señor quede unida toda la fraternidad” (Lumen Gentium, 26). El memorial de la Última Cena debe entenderse en estrecha conexión con dos de las acciones centrales en la vida de Jesús de Nazaret. Por un lado, sus múltiples comidas, en las que destacan la acogida del extraño y su preferencia por los pobres y marginados; por otro, la multiplicación de los panes y los peces para alimentar a la multitud hambrienta y en necesidad. En ambos casos se plasma con nitidez y rotundidad la circularidad del pan, es decir, la afirmación práctica de que todos los bienes están destinados para todas las personas. Porque la radicalidad evangélica nos empuja a hacer realidad aquello de que “nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común” (Hch 4,32).

Una familia de refugiados a las puertas de una Iglesia en España

Siguiendo la indicación del papa Francisco en su mensaje para el Día Mundial del Migrante y refugiado (27 de Septiembre) de que “para crecer hay que compartir” eso supone al menos una cosa: entender las migraciones y los refugiados en el contexto de la desigualdad internacional y las asimetrías en la distribución de recursos a nivel global. Hablar de migraciones internacionales o de desplazamientos forzosos significa hablar, no solo de la causas que las provocan (la búsqueda de dignidad y la libertad, el paliar el hambre, el buscar el salario justo, huir de la violencia o los desastres ecológicos, etc.) sino también caer en la cuenta de la injusta distribución de la riqueza en el mundo que está forzando tanta situación de búsqueda de refugio seguro: techo, pan, tierra, libertad…

Este año celebramos el Día Mundial del Refugiado en medio de un dramático cambio social. La pandemia ha puesto a prueba nuestra fortaleza y ha puesto de relieve desigualdades sistemáticas. Esas que no se percibían en el aplauso común que no distinguía de credos, razas, culturas, orígenes. El vuelo y el sonido de los aplausos volaba de balcón a balcón y todos nos sentíamos iguales. Eso y otras muchas cosas también nos ha descubierto nuevas formas para conectar entre nosotros y ha renovado nuestra motivación para actuar en favor de la igualdad. Que pena no traducir en legal lo que ha sido real.

Por eso –desde el día del Corpus hasta el Día Mundial de Refugiado (¡y siempre!) hay que aprovechar la posibilidad compartir la mesa agrande para la humanidad, esa que también han preparado las personas refugiadas que están en primera línea de la lucha contra esta pandemia, a las comunidades que las acogen y a los trabajadores humanitarios que las apoyan.

No importa quién seas o de dónde vengas, haya o no pandemia. El “evangelio laico” de los textos de ACNUR, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, nos lo recuerda: “Toda acción cuenta”. Y muchos lo celebraremos. Con o sin pandemia. El Cuerpo de Cristo recoge nuestros cuerpos, también el de los refugiados. Comulgar en el Cuerpo de Cristo significa construir el cuerpo de la fraternidad universal, por encima de muros y fronteras.