La historiadora francesa Annie Crépin. Foto: A. Crépin
En una tribuna publicada recientemente en la web del diario católico francés ‘La Croix’, varios firmantes defienden que la exclusión de las mujeres de los ministerios ordenados constituye una discriminación por razón de sexo incompatible con el derecho europeo. Una de las impulsoras de ese texto es la historiadora Annie Crépin, copresidenta de la Comisión de Estudio sobre el Lugar de las Mujeres en la Iglesia (CEPFE).
PREGUNTA.- En su tribuna sostienen que la libertad religiosa no puede justificar las discriminaciones por razón de sexo, especialmente en el acceso a los ministerios ordenados en la Iglesia…
RESPUESTA.- Queremos abrir un debate desde el punto de vista del derecho. No se trata de emprender una acción contra la Iglesia. Hace algunos años, hubo quienes defendían que la Iglesia católica debería ser llevada ante los tribunales franceses, pero ese no es nuestro planteamiento. Sin embargo, por un lado, las religiones gozan de una libertad de organización reconocida por el derecho y, por otro, tanto el derecho francés como el europeo, prohíben las discriminaciones por razón de sexo. Esa es la contradicción que queremos poner sobre la mesa.
P.- ¿Por qué eligieron este enfoque jurídico?
R.- Porque complementa otros ya existentes. Las asociaciones comprometidas con la igualdad en la Iglesia se han apoyado hasta ahora principalmente en fundamentos teológicos, en particular en la constitución pastoral ‘Gaudium et spes’, que afirma que no debe haber discriminación entre los bautizados, así como en la evolución del derecho internacional, especialmente en los textos de Naciones Unidas. Nuestro enfoque no excluye ni la teología ni la sociología. Queremos poner en diálogo distintas disciplinas de las ciencias humanas sobre una cuestión que, por lo general, solo se aborda desde esas perspectivas. El enfoque jurídico es más novedoso y permite enriquecer la reflexión.
Mujeres en el Sínodo de la Sinodalidad. Foto: EFE
P.- ¿Qué lugar ocupa la reflexión teológica sobre lo masculino y lo femenino?
R.- Siempre ha existido un juego de espejos entre la reflexión teológica y la sociedad donde se desarrollaba. Durante mucho tiempo, la teología contribuyó a sacralizar desigualdades jurídicas y sociales entre hombres y mujeres. Sin embargo, durante los primeros siglos, el cristianismo fue una religión adelantada a su tiempo. En cambio, desde hace algunas décadas, la distancia entre la teología y la evolución de la sociedad no ha dejado de aumentar. La sociedad ha avanzado considerablemente en la lucha contra las desigualdades de género, mientras que la teología ya no refleja plenamente el mundo donde se desarrolla.
P.- ¿Cuáles son hoy los principales desafíos en torno a la igualdad en el acceso a los ministerios ordenados?
R.- El primero es la fidelidad al mensaje evangélico. El desfase actual entre las prácticas institucionales y las expectativas de la sociedad es un antitestimonio que oscurece el mensaje del Evangelio y debilita el futuro de la Iglesia, como institución y como pueblo de Dios.
Esta reflexión no comenzó ayer. Incluso antes del Concilio Vaticano II, varios movimientos ya planteaban estas cuestiones. En el siglo XX surgieron movimientos feministas cristianos en Europa y en América del Norte, especialmente en Canadá, donde las religiosas desempeñaron un papel muy importante. El Concilio Vaticano II despertó una inmensa esperanza al afirmar la igualdad fundamental de todos los bautizados. Muchos pensaban que esa afirmación conduciría de manera natural a una evolución.
Hoy tenemos la impresión de que esta cuestión es como un ovillo de lana: cuando se tira de un hilo, todo lo demás viene detrás. La sacralización del sexo masculino a través del sacerdocio está relacionada con otros problemas, especialmente con las violencias y los abusos. También remite a representaciones muy profundas y, a menudo, inconscientes.
Al mismo tiempo, el acceso de las mujeres a los ministerios ordenados, por sí solo, no bastaría. También requiere una transformación profunda del ministerio. Si las mujeres reprodujeran una actitud clerical, el problema seguiría existiendo.
P.- ¿Qué supondría esa transformación del ministerio?
R.- Sería necesario superar la confusión entre ministerio y sacralización de la persona. El cristianismo habla de santidad, pero mucho menos de lo sagrado en el sentido en que hoy solemos entenderlo. Esa sacralización ha llevado en ocasiones a considerar a determinadas personas como intocables, favoreciendo así desviaciones y abusos. Repensar el ministerio significa también cuestionar esa concepción del poder.
P.- ¿Podría el acceso de la mujer a los ministerios ordenados contribuir a combatir los abusos en la Iglesia?
R.- No cabe pensar en una relación automática. Sin embargo, cuestionar la sacralización del poder podría contribuir a prevenir ciertas derivas. Las cuestiones del poder, de la gobernanza, de las violencias y del lugar de las mujeres están profundamente vinculadas. (…)