Vaticano

El consistorio entierra el concepto de guerra justa y clama contra la cultura del poder

| 27/06/2026 - 00:41

El Papa elige al cardenal Fernández para introducir los trabajos de la segunda sesión del encuentro púrpura, con una ponencia centrada en el capítulo cinco de la encíclica ‘Magnifica humanitas’





El cardenal Víctor Manuel Fernández (Tucho) ha llevado al Consistorio extraordinario una de las grandes tesis de la encíclica ‘Magnifica humanitas’: la necesidad de superar la teoría de la guerra justa. Así, en la segunda sesión del encuentro, dedicada a ‘La cultura de la potencia y la civilización del amor’, el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe ha subrayado que la novedad del texto de León XIV no está solo en su condena de la guerra, sino en su denuncia de la “cultura del poder” que la hace posible.



Según Fernández, el capítulo V de la encíclica aborda la guerra desde una perspectiva nueva: “la cultura del poder”. Se trata, ha explicado, de una “transformación cultural profunda” que facilita el estallido de nuevos conflictos y que no afecta solo a los países en guerra, sino también a quienes viven lejos de los escenarios bélicos. Esa cultura, ha advertido, se ha globalizado y tiende a inducir una “cierta pasividad” ante los avances descontrolados del poder, en buena medida gracias a los nuevos medios de comunicación, “enormemente potenciados por la inteligencia artificial”.

Superar la “guerra justa”

De esta manera, Fernández ha retomado la invitación de ‘Magnifica humanitas’ a superar “la teoría de la guerra justa”, y ha recordado que la encíclica ofrece dos motivos fundamentales para ello. El primero, ha dicho, es que esa doctrina es invocada “con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra”. De este modo, ha señalado el purpurado, se produce una paradoja: la Doctrina Social de la Iglesia, “se manipula para ofrecer un fundamento teórico a las guerras más injustas; en lugar de detenerlas, termina por justificarlas”.

El segundo motivo es que la legítima defensa solo puede invocarse si se entiende “en el sentido más estricto”, y no como justificación abierta de guerras preventivas. Por ello, la legítima defensa exige necesidad rigurosa, posibilidad real de éxito y proporcionalidad. Por eso ha recuperado la enseñanza del Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes: “Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad”. “La destrucción de ciudades enteras no puede considerarse una acción defensiva proporcionada”, ha insistido Fernández.

Gaza, Líbano y Ucrania

El cardenal ha continuado su discurso aplicando este criterio a algunos de los conflictos actuales. Así, ha subrayado la “enorme desproporción” de las intervenciones militares en Gaza y en el sur del Líbano, atendiendo, sobre todo, al porcentaje de víctimas civiles, el número de niños asesinados y la destrucción de viviendas como elementos que permiten hablar de “destrucción total”.

También ha señalado que tanto en el caso de Rusia como en la cooperación de Estados Unidos en las guerras de Oriente Medio la justificación es siempre alguna forma de “autodefensa”. “¿Qué queda de los criterios que intentaban limitar las guerras?”, se ha preguntado el cardenal. De esta manera, ha denunciado que en el mundo asiste a una “normalización de la guerra” y a una “preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional”, acompañada por una grave “pérdida de la memoria histórica”.

Tres trampas culturales

Por otro lado, Fernández ha advertido de que las guerras no se preparan solo con armas, sino también mediante una “batalla cultural” que relativiza todo y concede margen a los líderes violentos. En este proceso ha señalado tres realidades que los obispos “no podemos aceptar”: la descalificación de quien piensa diferente y la difusión permanente de falsedades; la imposición de un falso “realismo político” que presenta la paz y el diálogo como “posiciones utópicas o irracionales”; y la aceptación de la incoherencia como estrategia: condenar a un país enemigo por antidemocrático mientras se ignoran las violaciones de derechos humanos de los aliados. “Ya no parece existir un contexto real y estable de verdad y de valores”, ha advertido.

En medio de este contexto, Fernández ha afirmado que se abre “un espacio nuevo e insólito” para la Doctrina Social de la Iglesia, precisamente por su coherencia. Y es que la enseñanza social católica, ha explicado, “defiende la vida no nacida, se preocupa por los migrantes, se opone firmemente a la guerra, se pone del lado de los frágiles y rechaza el aborto”. “La Iglesia proclama siempre el amor salvífico de Cristo, pero nunca lo separa de la defensa constante de la dignidad humana en cualquier circunstancia”, ha señalado.

Por eso, ha animado a las Iglesias locales a mantener “la misma coherencia e integridad” que se aprecia en la enseñanza de los pontífices, si están atentas a no ceder ante la cultura del poder y si alimentan la cultura alternativa de “la fraternidad y el bien común”.

León XIV, ante los cardenales, en el consistorio de junio de 2026. Foto: Vatican Media

La segunda sesión del Consistorio

La sesión de la tarde comenzó a las 16:00 horas en el Aula Pablo VI, moderada por el cardenal Pablo Virgilio Siongco David, quien abrió los trabajos recordando la dolorosa situación de Venezuela y las víctimas del terremoto de las últimas horas. Tras la oración común y la intervención de Fernández, los cardenales trabajaron en grupos hasta las 18:20. León XIV, presente al inicio de la sesión, regresó para la plenaria. 

Muchos grupos subrayaron la necesidad de una Iglesia que hable un lenguaje distinto: hecho de escucha, perdón, reconciliación, justicia reparativa y gestos capaces de tocar el corazón de quienes viven el conflicto. Además, los cardenales hablaron del diálogo con otras religiones, especialmente con el Islam; del papel de las instituciones internacionales; de la responsabilidad de cada hombre y mujer en la construcción de la paz; de la centralidad de la fe en Cristo; y del trabajo de la Iglesia en Tierra Santa y Europa del Este.

Por último, numerosos grupos coincidieron en la necesidad de superar la lógica de la guerra justa y hablar más bien de un derecho a la defensa proporcionada, porque “el Evangelio no se impone con la fuerza”. La sesión concluyó hacia las 19:30 horas con una oración final guiada por el Papa.

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