León XIV daba a las siete y media de la mañana el pistoletazo de salida al consistorio de cardenales con el que busca transformar las reuniones de purpurados en asambleas periódicas consultivas para la reforma de la Iglesia. El Papa ha presidido la eucaristía previa al diálogo sinodal que entre hoy y mañana mantendrán los participantes de este foro de reflexión.
- Síguenos en Google y añádenos como fuente preferida
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Desde la basílica de San Pedro, durante su homilía, el Pontífice hizo un llamamiento a la unidad de la Iglesia marcando límites a la comunión y dando un sutil golpe de autoridad en la mesa. “Disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia”, señaló León XIV ante el Colegio Cardenalicio.
Purificar intenciones
No se trata de una mención baladí el hecho de reivindicar la obediencia, precisamente en este momento y, precisamente, desde el templo que es el epicentro del catolicismo. En la antesala del cisma lefebvriano por la inminente ordenación de varios obispos sin autorización del Papa y con la negativa al Episcopado alemán para que los laicos prediquen homilías, León XIV remarcó que urge ir “purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común”.
Con las figuras de san Pedro y san Pablo de fondo, León XIV subraya como esa unidad de “los diversos carismas” ha de guiarse por “el criterio que hace que todos esos servicios eclesiales sean buenos y gratificantes: el criterio del bien común”.
Así pues, de manera diplomática e implícita, el Pontífice ha llevado a cabo en su homilía en un ejercicio de liderazgo, amparado precisamente en “la sinodalidad y la colegialidad” de reuniones como esta. Es más, en su alocución ha puesto en valor “la ayuda que puedan prestarme en el ejercicio del ministerio petrino”.
El primado que escucha
“Encuentra en mí a quien pide, no a quien manda”, ha comentado el Papa. Es más, incluso llega a decir que “la autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre siguiendo al único Maestro”.
Con el Evangelio de la vid y los sarmientos como eje vertebral, el Papa subraya que “la gracia de Dios no produce en quien la acoge un crecimiento raquítico, sino un desarrollo exuberante”.
En paralelo, Robert Prevost lanza varias “indicaciones” a los purpurados para los debates de estos dos días: “compartir en la fe la verdadera libertad” y pedir “el don de la paz en la unidad”.
La guerra nunca es digna
Junto a esta meditación de puertas para adentro de la Iglesia, en la homilía también ha ahondado en cómo la Iglesia puede contribuir a ser puente un mundo donde “las tensiones internacionales y los conflictos hieren gravemente a la familia humana”. “Sin embargo, no faltan —es más, se multiplican— en la Iglesia y en el mundo iniciativas y experiencias que llaman al respeto de la dignidad humana, de la justicia, del derecho, en pocas palabras, de lo que es humano”, comenta el Pontífice.
“La guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios”, sentencia en otro momento el Papa, deteniéndose en las letales consecuencia de las “armas hipertecnológicas”.
Sin tomar partido
Con su encíclica ‘Magnífica humanistas’ como telón de fondo, el Papa reivindica cómo “el testimonio cristiano se convierte en profecía de un mundo nuevo, en evangelización y servicio, en un proyecto cultural y social que promueve de manera integral el desarrollo humano”.
Y remata concretando qué papel han de tener los católicos en este contexto: “La Iglesia, al anunciar el Evangelio entre alegrías y persecuciones, nunca toma partido: es para todos, y a cada uno dirige una misma palabra de conversión y de salvación”.
