Osório Citora, obispo asesinado en Mozambique. Foto: Arquidiócesis de Beira
Osório Citora Afonso, obispo de Quelimane y administrador apostólico de Beira, en Mozambique, fue asesinado el 6 de junio tras ser tiroteado frente a la residencia episcopal. Nada más conocerse la muerte del prelado, de 54 años, la Conferencia Episcopal Mozambiqueña denunció que el crimen se había producido “en circunstancias extrañas que deben ser esclarecidas”. Poco después, el estupor fue a más cuando se detuvo a un sacerdote como principal sospechoso.
Desde entonces, la valenciana María Gómez-Lechón, hija de la Caridad que lleva 24 años como misionera en Mozambique, anhela conocer la verdad. Ligada a diversos proyectos educativos en Chókwè, ciudad al sur del país africano donde la congregación está presente desde haca décadas y que conoce muy bien la realidad nacional.
Por eso, lamenta con Vida Nueva que “la pérdida de dom Osório pone encima de la mesa el reverso del poder y el precio de la verdad en Mozambique”. Y es que la nación “se ha convertido en un escenario hostil para aquellos que se atreven a alzar la voz contra la corrupción endémica y a desvelar las realidades incómodas que nos azotan”.
Así, “este caso es un reflejo doloroso de esta realidad, pues era un pastor joven, brillante, con visión global y profundamente comprometido con su pueblo. Se atrevió a cuestionar muchos intereses… Y esa valentía ha sido la que ha provocado su silenciamiento”.
Según detalla Gómez-Lechón, Citora “no era un obispo cualquiera, sino que poseía una formación y una trayectoria internacional brillantes que le otorgaban una perspectiva única sobre los problemas del continente”.
En primer lugar, “por su experiencia en la Curia romana, trabajando en varios dicasterios, lo que le dio un profundo conocimiento de la estructura universal de la Iglesia”.
Y luego por su bagaje en “misiones estratégicas, estando destinado en Tierra Santa y en la República Democrática del Congo, lo que le permitió comprender a fondo la geopolítica que hay detrás de los recursos naturales en este continente, expoliados por todo tipo de intereses que azuzan los conflictos locales”.
Personalmente, “su cercanía, juventud, energía y honestidad le convirtieron en un líder muy querido por la población mozambiqueña”. Así, todos valoraban el hecho de que, “con prudencia, pero con una valentía inquebrantable”, Dom Osório abordara sin ambages “la corrupción política; en concreto, la que está enquistada en el Frelimo, el partido en el poder”.
También tuvo una palabra profética sobre “la crisis de Cabo Delgado, denunciando los verdaderos intereses que hay detrás de la violencia en esta región al norte del país. Estos son políticos y afectan al propio Gobierno, en una zona que, de por sí, es asolada por el terrorismo yihadista, que ha dejado miles de muertos y desplazados”.
Algo, por cierto, que va en contra de “la modélica convivencia interreligiosa que, históricamente, siempre había caracterizado a Mozambique”.
Pero este obispo audaz no solo miró fuera ni actuó únicamente con palabras: “En un ejercicio de coherencia evangélica, llevó a cabo una limpieza interna en su diócesis, apartando a sacerdotes involucrados en negocios turbios, buscando restaurar la transparencia”.
Eso sí, pagó un alto precio por ello: “Al tocar simultáneamente los resortes del poder político, los intereses económicos de la guerra en el norte y los internos a nivel eclesial, se convirtió en un objetivo incómodo”.
Por ello, hay algo que no le cuadra: “La narrativa oficial, que señala a un sacerdote cercano como el único autor del crimen, no es creíble. Primero, por la sofisticación del arma utilizada, que escapa por completo a las posibilidades de un sacerdote común; es un tipo de armamento de acceso exclusivo para élites militares o con un alto poder económico”. Y luego “por la logística compleja utilizada, propia de redes criminales o estatales potentes”.
En consecuencia, “todo apunta a una confabulación de intereses donde este sacerdote fue meramente instrumentalizado y manipulado para desviar la atención y cerrar el caso rápidamente ante la opinión pública”.
Mientras se conoce o no la verdad, lo único claro es que “la eliminación de Dom Osório representa una pérdida irreparable. Además de que refleja un sistema que prefiere cortar cabezas incómodas antes que permitir que la justicia prospere”.