La migración latinoamericana reaviva la Iglesia. Y lo hace desde sus comunidades parroquiales hasta Cáritas, la pastoral penitenciaria y el propio clero. Venezolanos, colombianos y cubanos han llegado a las islas buscando seguridad, trabajo y una nueva oportunidad, y muchos han terminado asumiendo catequesis, animando celebraciones, integrándose en equipos pastorales o acompañando a quienes atraviesan ahora el mismo proceso que ellos ya han vivido. “Más que una amenaza, la persona migrante es una riqueza: cultural, espiritual y en todos los ámbitos”, resume a ‘Vida Nueva’ Víctor Domínguez, delegado de Migraciones de la Diócesis de Canarias.
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La transformación se ha percibido, sobre todo, en las parroquias de la periferia de Las Palmas. Allí, Domínguez ha acompañado durante años la unidad pastoral de Tamaraceite-Lomo Los Frailes, una zona de cerca de 30.000 habitantes en la que se ha asentado un importante número de familias latinas. Aunque, tal como explica, se trata de un distrito con población joven, la participación habitual en las parroquias estaba protagonizada principalmente por jubilados. Por eso, la incorporación de los migrantes ha cambiado la fotografía.
No se trata solo de que haya más gente en misa, sino de que se han incorporado al tejido comunitario y asumido responsabilidades. “En una de las parroquias, de seis catequistas, cuatro son personas migradas”, explica. También han entrado en los equipos de liturgia, animación misionera y organización pastoral. De las ocho personas que forman uno de esos equipos, tres han llegado de otros países: dos cubanos y una venezolana. Por ello, la propia Delegación de Migraciones ha querido aplicar esa lógica a su funcionamiento. En el equipo ya participa una mujer argentina y se busca incorporar más perfiles con experiencia migratoria para que no sean únicamente destinatarios de la acción eclesial, sino protagonistas de las decisiones.
Más consagrados
Además, la migración latina también ha reforzado un clero y unas congregaciones religiosas envejecidas. “Gracias a los compañeros de Latinoamérica podemos asumir cosas que, si no, nos desbordarían”, admite Domínguez. Uno de esos sacerdotes es Leonardo, venezolano, quien llegó a Gran Canaria en enero de 2025 después de sufrir persecución política por defender los derechos humanos y el trabajo de Cáritas en su país. Había una denuncia abierta contra él en Venezuela y dejar su tierra se convirtió en la única salida posible.
Los primeros meses, reconoce, no fueron fáciles. “Me separé de mi familia y aterricé en un lugar desconocido, atravesando un proceso para el que no estaba preparado”, dice. Sin embargo, la acogida de la diócesis ha permitido que reconstruyera su vida y su ministerio. “Me dieron una acogida hermosísima para comenzar mi sacerdocio, mi servicio con alegría y con amor”, recuerda. Y es que, durante tres meses, vivió en la casa de Cáritas de Gran Canaria y colaboró con parroquias cercanas.
Después, le propusieron trasladarse a Lanzarote. Ahora es párroco de Nuestra Señora de la Candelaria, en Tías, desde donde atiende siete pueblos, colabora en otras zonas de la isla y acompaña también la pastoral penitenciaria de Lanzarote. “Estoy con mucha alegría animando el servicio pastoral y poniendo un granito de arena de lo que traemos de Latinoamérica”, afirma.
El P. Leonardo Graterol se ha encontrado en las islas con compatriotas que han atravesado situaciones similares y han acudido a él buscando consuelo espiritual, pero también una mirada capaz de comprender lo que significa perder el país, la red familiar y la vida anterior. “He podido ayudarlos a sanar esa herida, acercándose más a Dios, y mostrarles que podemos seguir adelante a pesar de no estar en nuestra tierra, pero sintiéndonos en casa”, explica.
Salto al vacío
La historia de Rosalinda Romero también ha estado muy ligada a Cáritas. Ella llegó a Gran Canaria desde Maracaibo en 2018 junto a su marido y sus dos hijos. La falta de alimentos, los cortes eléctricos de hasta doce horas, la violencia y la persecución sufrida por su posición contraria al régimen venezolano empujaron a la familia a marcharse. “Una vez me sacaron de clase con una bomba lacrimógena en la mano”, recuerda esta antigua profesora universitaria. Habían visitado Gran Canaria en 2013 y allí encontraron una tierra que les recordó a Maracaibo.
“Las personas eran amables, acogedoras y había mucho sol, como en mi tierra”, explica. Aun así, instalarse sin familia ni una red previa fue “un salto al vacío”. El primer día acudieron a misa en el barrio de La Paterna, coincidiendo con las fiestas de la Virgen del Carmen. El sacerdote detectó enseguida su situación. “Nos dijo: ‘Ustedes son una familia venezolana, sabemos que vienen con poco dinero; vamos a hacer que reciban acogida de Cáritas’
