Joan Planellas: “El Papa nos está regalando un pontificado que subraya la importancia de una Iglesia unida”

El arzobispo de Tarragona y presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense hace balance en Vida Nueva de las intensas jornadas de León XIV en Cataluña

Joan Planellas
Síguenos en:

La histórica visita del papa León XIV a Barcelona ha dejado imágenes para la historia como la imponentes imágenes de la Sagrada Familia. El arzobispo de Tarragona y presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense, Joan Planellas, hace balance de estas intensas jornadas para ‘Vida Nueva’ y analiza el impulso que este viaje supone para la consolidación de los puentes de diálogo social y espiritual que el pontífice ha dejado en la etapa central de su vista.



Programa de un pontificado

PREGUNTA- ¿Cuál es su balance general de estos días tan intensos y qué ambiente ha percibido entre los fieles y el propio episcopado catalán?

RESPUESTA- Es difícil hablar globalmente de unos días tan intensos y cargados de profundidad evangélica, humana y social. Pero, por supuesto, mi balance es altamente positivo porque el servicio eclesial del Papa, que vino a confirmarnos en la fe, fue realizado claramente en su mensaje de memoria evangélica para una Iglesia de comunión, de compromiso y de fraternidad. De manera imperceptible nos ha expresado el programa de su pontificado. Me da la impresión de que todos los católicos de Catalunya hemos vibrado con su cercanía y expresividad, que nos ha dejado conocerle más y mejor, y con su talante sosegado, que nos ha permitido acoger sus palabras con paz en el corazón.

P.- Como presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense, ¿de qué manera cree que esta visita refuerza la comunión y la identidad de las distintas diócesis de Cataluña?

R.- El papa León XIV nos está regalando un pontificado que subraya la importancia de una Iglesia unida. Su propio lema nos lo dice todo: “In Illo uno unum”, es decir, “En el único Cristo somos uno”. Este es uno de los mensajes pilares de su magisterio, recordándonos que sin comunión evangélica no puede haber Iglesia, ni tampoco evangelización. Esta comunión, sin embargo, no puede ser uniformidad. Como nos decía el año pasado en la solemnidad de los apóstoles San Pedro y San Pablo: “La historia de Pedro y Pablo nos enseña que la comunión a la que el Señor nos llama es una armonía de voces y rostros, no anula la libertad de cada uno“. En este sentido el Papa es muy sensible a las diferencias espirituales y culturales que enriquecen a la Iglesia universal y esto nos ayuda a encontrar nuestra propia identidad y a fomentar el trabajo sinodal de las comunidades locales en Catalunya que gozan de una cultura y una tradición propias.

P.- Tras la inauguración de la Torre de Jesucristo en la Sagrada Familia, ¿Qué significado teológico y espiritual tiene que ver este templo tan cerca de su culminación de manos de León XIV?

R.- Toda la visita del Papa en tierras catalanas seguía un ‘leitmotiv’ de fondo: la Cruz salvadora de Nuestro Señor Jesucristo. La monumental cruz de piedra y vidrio luminiscente, imaginada por el Venerable Antoni Gaudí, coronando la preciosa basílica de la Sagrada Familia, encierra una profunda carga cristológica. En efecto, elevada a 172,5 metros de altura es un potentísimo memorándum de la donación amorosa de Cristo que abre definitivamente los cielos para que Dios penetre en nuestra humanidad herida y la redima. Es también un faro de luz y de esperanza que el propio Papa León definió como «estandarte de caridad», una virtud teologal que hoy más que nunca debemos pedir al Señor. Bendiciendo esta torre, pues, el Papa nos confirma en nuestra búsqueda de sentido profundo y nos llama a alzar la mirada siempre hacia Él, hacia su donación de vida por todos nosotros. Además, la celebración eucarística y el acto de bendición de la torre en la Sagrada Familia fueron unos momentos de gran belleza, y la presencia del Papa León no hizo sino aumentar el esplendor de nuestra alabanza a Dios, lo que yo me atrevo a designar como «una degustación del cielo».

El papa León XIV tras bendecir la Torre de Jesús en la Sagrada Familia de Barcelona. Foto: EFE

Teología de la piedra

P.- Juan Pablo II, Benedicto XVI y León XIV han estado en el templo. ¿Cómo valora esta estrecha relación de los últimos pontífices con la catequesis de piedra de Gaudí?

R.- El Venerable Antoni Gaudí tenía una comprensión eclesiológica envidiable. Como sabemos, no la desarrolló desde el pupitre de la academia, pero sí desde su original teología de la piedra, como se ha ido llamando. Aprovechó sus estudios técnicos arquitectónicos para hacer una catequesis evangelizadora y para materializar la fe cristiana que él mismo vivió de manera radical. En su magnífica obra, y especialmente en la Sagrada Familia, también se representan los apóstoles y sus sucesores, los obispos, encargados de prolongar la labor apostólica y pastoral a través de la historia. Por ello, el templo cuenta con doce torres dedicadas a los apóstoles, con sendos pináculos que representan los atributos episcopales: la mitra, el báculo y el anillo. Viendo esta sensibilidad teológica, no creo que me equivoque pensando que al maestro Antoni Gaudí le hubiese encantado imaginar que su templo sería visitado por tres pontífices y que todos ellos confirmarían su fe y su testimonio eclesial.

P.- Tras las visitas a Brians o a la parroquia de San Agustín, ¿qué llamada de atención hace este gesto a las instituciones sociales de la Iglesia en Cataluña?

R.- Además de profundizar en nuestra fe cristiana, la visita del papa León XIV ha tenido un enfoque claramente social, poniendo un énfasis especial en la dignidad humana y en la atención a los más necesitados. Los encuentros en el centro penitenciario de Brians y en la parroquia de Sant Agustí, en el barrio del Raval, reflejaron su preocupación, y la preocupación de toda la Iglesia, por los presos, los migrantes, las personas sin hogar y quienes sufren exclusión social. Estos gestos nos recuerdan que la fe cristiana debe traducirse en acciones concretas de amor y ayuda al prójimo, y que las instituciones sociales de la Iglesia ―muchas, gracias a Dios, en Catalunya―, deben seguir trabajando para el bien de tantas personas que se merecen nuestra solidaridad y proximidad. Pero también el Papa León nos invita a seguir aprendiendo que debemos considerar a estas personas, no solo como sujetos a quien asistir, sino como hermanos que deben ocupar un lugar central en la comunidad cristiana, predilectos del Dios misericordioso y humilde, a quien todos debemos seguir. En resumen, la amistad con los pobres y marginados no es una actividad asistencial entre muchas otras: es un lugar teológico. Es un lugar donde Dios se manifiesta. Es una escuela de Evangelio.

Conectar con la cultura

P.- En la Abadía de Montserrat, que celebra su Milenario, el Papa conectó con los fieles hablando en catalán y recordando su propio vínculo con la Virgen de Montserrat desde sus años de misión en Perú. ¿Qué mensaje ha dejado la presencia de un Papa en el corazón espiritual de Cataluña?

R.- El pueblo catalán está muy agradecido del esfuerzo del papa León XIV por pronunciar una parte significativa de sus discursos en nuestra lengua, no solo en Montserrat, sino a lo largo de toda su estancia en Catalunya. Implica un deseo de conectar con cada cultura particular, con su historia, con sus valores, con su identidad. Como sabe, hace poco celebrábamos el milenario de la presencia de monjes benedictinos en la montaña de Montserrat.  Desde hace mucho tiempo, y continúa siéndolo, esta abadía dedicada a «la Moreneta», justamente proclamada patrona de Catalunya por el papa León XIII el 11 de septiembre de 1881, es un espacio simbólico y significativo de la espiritualidad y de la cultura catalanas. Precisamente por ello ha sido muy valorado el gesto del Santo Padre hacia nosotros. También ha sido muy bonito tener en cuenta su vinculación especial y personal con la Virgen de Montserrat en Perú. Y, como no, le agradecemos sus palabras maternales: «La Moreneta siempre me ha acompañado. Gracias, Cataluña, por tu fe».

Por supuesto que su mensaje atraviesa culturas y fronteras y nos llega a todos al corazón, especialmente en un momento delicado de confrontaciones y de asperezas. Por eso, nos unimos a su oración y a su compromiso por instaurar la paz y la fraternidad, renunciando «a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a la murmuración y a las calumnias», y aprendiendo «a custodiar y a cultivar el amor en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos y en las comunidades cristianas, de modo que el odio ceda paso a la esperanza y la paz». Dejamos estas intenciones suyas bajo el amparo de la Virgen que nos ha de proteger contra el egoísmo y la frialdad autosuficiente.

P.- En la abadía, León XIV invitó a «deponer las corazas y las palabras hirientes». En una sociedad a veces polarizada, ¿cómo resuena este llamamiento en el corazón de la Iglesia y de la sociedad catalana?

R.- Un poco lo respondíamos en las preguntas anteriores, y es que el pontificado del Papa León XIV subraya con énfasis la fuerza de la comunión y de la fraternidad. No puede ser de otra manera, porque el evangelio de Jesús, que todos queremos vivir y testimoniar, es un evangelio de paz, de reconciliación, de aceptación de lo diferente, de mansedumbre y de misericordia. En la Iglesia y en la sociedad no podemos dar por sabidas estas actitudes, porque las personas tenemos tendencia a proteger nuestro propio yo y a los que consideramos como nuestros, y esto nos puede alejar de la universalidad que proclama el Nuevo Testamento. Las palabras y los gestos son importantes y a veces nos olvidamos de que pueden herir y humillar. Deberíamos ser más elegantes entre nosotros y más cuidadosos con el prójimo, porque somos responsables de cada persona humana sin importarnos su procedencia y sus condicionamientos sociales. Y en eso todos debemos hacer escuela.

León XIV en Montserrat

León XIV en Montserrat. Foto: EFE

P.- ¿Cómo tarea qué deja León XIV a la Conferencia Episcopal Tarraconense y en el día a día de las parroquias?

R.- Ya hemos dicho muchas cosas que nos apuntamos como tareas en la Conferencia Episcopal Tarraconense, en las diócesis y en las parroquias. Quizás hay que destacar este mensaje suyo de la insistencia de la comunión y de la fraternidad, temas esenciales para nuestra Iglesia y nuestra sociedad actuales. Sin fraternidad no hay testimonio ni hay esperanza cristiana. Sin fraternidad no hay soporte emocional ni confianza mutua. Y en esto tenemos un campo abierto que debemos recorrer y sembrar con la buena semilla del Reino.

También nos llevamos deberes en el campo del catecumenado y del bautismo de adultos, que parece ser una tendencia al alza en nuestro país. Como sabéis, los tres testimonios que se expresaron delante del Papa en el Estadi Olímpic Lluís Companys fueron magníficos y, unos de ellos, manifestó su proceso espiritual interior que culminaba en su propio bautismo. El aumento de casos de jóvenes adultos que desean bautizarse es un don del Señor y una gran alegría para toda la Iglesia, pero también un compromiso serio que debemos abordar porque hace falta tener comunidades preparadas que acojan a estos neófitos y los alimenten con el pan auténtico del Evangelio. Es el gran tema del acompañamiento, que ahora más que nunca nos planteamos como diócesis.

Otra tarea importante, como decíamos antes, es la capacidad de generar recursos y acogida a las personas que sufren por tantas causas. No solo por la pobreza o la inmigración, sino también a causa de la violencia machista y otras violencias, la desintegración de familias, la deshumanización y la amplificación de desigualdades que crean las nuevas tecnologías digitales, como nos ha mostrado la reciente encíclica ‘Magnifica humanitas’. Aplicando la sabia frase del maestro Gaudí, grabada en el cielo de Barcelona: «primero el amor, después la técnica».

P.- Tras la vigilia en el Estadio Olímpico y las grandes celebraciones litúrgicas, ¿cuál es la primera tarea o el principal «deber» que se lleva usted como arzobispo para mantener vivo el legado de esta visita?

R.- Un poco lo acabamos de decir, porque todo lo que aplicamos como tareas eclesiales, por supuesto me las aplico para mí y para mi servicio episcopal. De todas maneras, personalmente me llevo el testimonio de un hombre santo, que sabe acoger y escuchar, que dice las cosas por su nombre desde el sosiego y la paz espiritual, que incomoda desde el respeto infinito y desde la elegancia de su fe. También el testimonio de un agustino que conoce y enfatiza la vida comunitaria y la búsqueda de la unidad, la cercanía con todos los fieles, el diálogo y la sencillez, virtudes todas ellas que nos acercan a la deseada Iglesia sinodal y co-participativa, a la Iglesia, en definitiva, que debe ser «icono de la Trinidad».

El papa León XIV a su llegada a la misa en la Sagrada Familia. Foto: EFE

Noticias relacionadas