Hace hoy cien años, un 1 de junio de 1926, Norma Jean nacía en Los Ángeles. Allí, en la meca del cine estadounidense, efectivamente, logró ser actriz y pasar a la eternidad como Marilyn Monroe.
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Tras una infancia de abandono y frustraciones, se superó a sí misma y enamoró al mundo protagonizando películas como ‘Niágara’ o ‘Los caballeros las prefieren rubias’.
Sobredosis de barbitúricos
Pero una compleja vida sentimental y un mal momento profesional la llevaron a una sobredosis de barbitúricos que acabó con su vida en su casa de Los Ángeles. Tenía solo 36 años. Y ahí el mito se hizo definitivamente inmortal.
Fascinó al mundo entero, incluido el sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal. Cura con alma de poeta, fue un poliedro en sí mismo. Hasta el punto de que, tras ser opositor al régimen autoritario de Somoza y referente (incluso como ministro de Cultura) de la revolución sandinista, murió como uno de los grandes críticos de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
En ese sentido, Cardenal es mucho más que la icónica imagen con Juan Pablo II en el aeropuerto de Managua, en 1983, abroncando el Papa a quien se había arrodillado ante él en espera de su bendición.
Rendida admiración por Thomas Merton
Como también es mucho más que su trabajo junto a otros referentes eclesiales, como Carlos García Godoy, creador de la Misa Campesina, o su rendida admiración por Thomas Merton, soñando ambos con otro modo de vivir la vocación monacal.
Ante todo, fue un alma libre y sencilla que, abajada hasta acariciar de un modo real las heridas de los más excluidos, se derramó en versos para todas las periferias existenciales, que diría Francisco.
Un ejemplo único nos lo legó en su legendaria ‘Oración por Marilyn Monroe’, y que comienza así: “Señor, / recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de / Marilyn Monroe, / aunque ese no era su verdadero nombre / (pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a / los 9 años / y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)”.
Emocionado ante su muerte, el pastor la despidió con el corazón en la mano, apelando a la ternura: “Y ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje, / sin su agente de prensa, / sin fotógrafos y sin firmar autógrafos, / sola como un astronauta frente a la noche espacial”.

