Giménez-Alamán en la sala de exposiciones del Arzobispado de Toledo. Foto: Vida Nueva
Luis Arturo Giménez Alamán (Teruel, 1983) ilustra en una muestra sobresaliente –’De Amor herido’, sala de exposiciones del Arzobispado de Toledo– la absoluta presencia de Juan de la Cruz trescientos años después de su canonización y cien desde su nombramiento como doctor de la Iglesia. “El hilo conductor es su ‘Cántico espiritual’, una obra que produce en mí un eco y profundas resonancias, pues como artista expresa mucho de lo que vivo y lo que soy”, explica.
Un eco y profundas resonancias que proyecta en veinticinco obras –pinturas, dibujos, grabados, esculturas, instalaciones– que narran los nueve meses que san Juan de la Cruz pasó prisionero, por reformista, en una letrina del convento del Carmen Calzado en Toledo, entre diciembre de 1577 y agosto de 1578, tiempo en el que gestó una de las cumbres de la mística universal.
“Esa cárcel es como un útero donde él, de alguna forma, concibe y da a luz treinta y una de las cuarenta cancioncillas que componen el ‘Cántico espiritual’. De alguna manera, es un proceso parecido al de gestar –añade Giménez Alamán–. Parte del momento de concebir la idea y madurarla hasta el de materializarla, ya fuera en su memoria o quizás escrita en el papel y pluma que le dio su segundo carcelero. Podríamos hablar casi de una encarnación, hasta que finalmente se da a luz. Entiendo que los creadores, los artistas, los autores, los escritores, los músicos, sientan que es una obra llena de vida”.
Y es que –según el artista, poeta y profesor de la Universidad de Zaragoza–, el ‘Cántico espiritual’ “toca temas fundamentales de la vida: el amor, la herida, la búsqueda del amado, o sea, Jesús o la persona amada. Todas esas resonancias, por supuesto, son las que salen de mi corazón y lo que sale de mí mismo. Estoy hablando de mi amor, de mi búsqueda, de mi herida”, confiesa.
Toda esa vida, amor y dolor se proyectan en las creaciones de Luis Arturo Giménez, que no solo ilustra, sino que ilumina –si cabe aún más luz– la peripecia interior de Juan de la Cruz y la ‘fonte’ donde mana y corre esperanza. “También busco que, cuando el espectador vea la exposición, resuene en él su amor, su búsqueda y su herida. Porque entiendo que son motivos universales del arte. Porque el ‘Cántico espiritual’ habla, en realidad, de experiencias humanas que me afectan a mí, pero también al que lo ve”.
Aun siendo prisionero, es posible ser el hombre más libre del mundo. “De alguna forma, todos nos sentimos identificados y afectados al contemplar estas obras y leer los versos del ‘Cántico espiritual’. Al menos, es mi pretensión, mi vida está puesta ahí. Ojalá resuene también en el espectador, y se vea, y se pregunte, y se sienta”, confía.
Porque Giménez Alamán ha concebido, junto a Pilar Gordillo –la comisaria, delegada de Fe y Cultura de la Archidiócesis de Toledo–, un espacio que es arte y belleza, pero también fe y oración. “Esta exposición es un espacio contemplativo donde la persona, aunque no sea creyente pero si tiene un poco de sensibilidad, puede encontrarse con su vida, con sus experiencias en el amor –en la búsqueda de la persona amada, en la soledad o en el estar unido a su amado o amada–, o con la herida”. “Si no eres creyente –insiste–, esta exposición invita a que humanamente te puedas parar y pensar en tu vida, y contemplarla . Si eres creyente, te puedes encontrar, efectivamente, con el Amado. En este caso, Jesús, y descubrir el amor que nos tiene”.