En un tiempo marcado por la aceleración, “detenerse es un acto heroico”. Así lo ha reivindicado el sacerdote barcelonés Ricardo Mejía, profesor de la Facultad de Filosofía de Cataluña, en su ponencia en las X Conversaciones PPC.
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Celebradas en el madrileño Colegio Mayor Universitario Jaime del Amo, este jueves 21 de mayo, las jornadas tienen por lema ‘Hago todas las cosas nuevas (Ap 21,5)’. Y es que el encuentro, organizado por la editorial PPC y por el Instituto Superior de Pastoral (Universidad Pontificia de Salamanca), versa en torno a ‘Evangelizar en tiempos de Inteligencia Artificial (IA)’.
“Ha venido para quedarse”
En su charla, el vicario de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona ha dejado claro que la IA “ha venido para quedarse”. De ahí que haya reivindicado la figura de Francisco, que fue “el pionero al abordar este fenómeno en la Iglesia” y que, consciente de vivir “un cambio de época”, apeló a la “sabiduría del corazón”.
Un paradigma que nos llama a discernir “qué nos hace humanos y en qué no somos sustituibles”. Pues la realidad es que “ya hay clínicas que atienden tecnodependencias” y es una evidencia que “habitamos lo algorítmico; nos modula, no solo lo usamos”.
Ante tal “crisis del sentido”, Mejía ha constatado que “la eficacia desplaza a la verdad como criterio dominante de lo real. Hay una mutación de la vida y del sujeto. La persona se ve tentada a comprenderse a sí misma según lo que le diga la máquina”.
La sabiduría supera a la razón
Desde un “concepto tomista” como “la sabiduría corazón”, hemos de tener claro que estamos ante “un hábito, un grado del saber y un don del Espíritu Santo. Que ser humano no es solo razón lo sabemos desde hace siglos. La sabiduría supera a la razón y la abre a lo no útil, pero sí bueno. Unifica el conocimiento”.
Para el presbítero catalán, “la IA compara, imita las redes neuronales, procesa estímulos, pero los numeriza… Lo que sale de ahí es una predicción. Y, claro, se puede equivocar”. Por ello, lo que construye con hondura “es la forma superior que integra y nos permite preguntarnos el para qué. Está vinculada a la contemplación, al detenerse, a la escucha”.
Esta conciencia es clave en un momento de “aceleración tecnológica que nos hace ir a un ritmo más alto que la propia vida”. Por ello, lo revolucionario es lo que se hace con sentido: “Se nota cuando uno ama lo que hace. Eso lo cambia todo”.
Analfabeta, pero sabia
Algo que Mejía ha ejemplificado con una anécdota: “Una de las personas más sabias que conozco es una mujer que no saber leer ni escribir… Es analfabeta, pero sabe más que tres catedráticos juntos”.
Eso lo consiguen quienes tienen “una unidad interior que nos hace ver las cosas en perspectiva, que nos abre al más allá”. De ahí que estemos ante “el reto de una inteligencia sin sabiduría, que no puede contemplar el ser. No sabe que sabe. Puede procesar información, pero no puede amar”.
Así, en “un bombardeo constante de datos y estímulos”, todos somos posibles presas de “la colonización de la subjetividad, de la que nos hablaron Francisco y Habermas”. Todo en un período histórico en el que “falta contemplación y hay confusión ontológica. Según esta, como decíamos, el hombre se comprende según el modelo de la máquina… Y es una creación suya”.
¿Tecnofobia o tecnolatría? Teconofilia crítica
Tras recordar que “no todo lo técnicamente posible es legítimo”, Mejía ha planteado que, en la Iglesia, “a veces estamos entre la tecnofobia, que es irracional, y la tecnolatría, que atribuye a la IA propiedades salvadoras… Francisco optó por una vía intermedia: la teconofilia crítica. Esto es, aceptar la técnica y discernir lo bueno de lo malo”.
En ese reto, los “criterios” a seguir son estos: “Quedarnos con lo que nos humaniza, sirve al bien común y restituye la responsabilidad histórica de la persona y la comunidad”.
En la conclusión, Mejía ha reclamado “motivar a los jóvenes a leer y escribir. Si no, tendremos generaciones enteras ágrafas…”. Algo que, en la pastoral, pasa por “formarlos en la interioridad, recuperar el silencio, reivindicar lo simbólico y el arte, fomentar la cultura del discernimiento o establecer una síntesis sapiencial entre técnica y ética”.
En definitiva, todo pasa por una pregunta fundamental: “¿Qué humanidad deseamos ser en un cambio de época, en una revolución digital?”.
