El papa León XIV volvió a asomarse a la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico para dirigirse a los fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro surante el rezo del ‘Regina Caeli’ de este 5º Domingo de Pascua.
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En su alocución, el pontífice reflexionó sobre la promesa de la vida eterna y contrapuso la competitividad y el exclusivismo del mundo actual con el “mundo nuevo” de Cristo, donde “la acogida elimina la exclusión”.
Al comienzo del mes de mayo destacó que está dedicado a la Virgen María e invitó a rezar el rosario. A Ella que rezó como los discípulos encomendó, en particular, “la comunión de la Iglesia y la paz en el mundo”. También recordó la Jornada Mundial de la Libertad de Prensa y las veces que este derecho se ve “violado” y recordó a los periodistas víctimas de las guerras y la violencia.
El Papa recordó que, en este tiempo pascual, las palabras de Jesús “despliegan su pleno significado” a la luz de su resurrección y, aquello que antes provocaba turbación a los discípulos, ahora “les hace arder el corazón y les da esperanza”.
Centrándose en el evangelio dominical, que relata el diálogo de la Última Cena, el pontífice destacó la promesa de Jesús: “Cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevaros conmigo”. Según explicó el pontífice, frente a la muerte, Jesús nos habla de “la casa del Padre suyo y Padre nuestro”, un lugar muy grande “donde hay lugar para todos”. En esta imagen divina, “el Hijo se describe como el siervo que prepara las habitaciones” para que cada persona “encuentre lista la suya y se sienta desde siempre esperado y finalmente encontrado”.
Sin lugares exclusivos
Por ello, el papa León XIV hizo un contraste esta morada celestial con las dinámicas de la sociedad contemporánea. “En el viejo mundo todavía estamos en camino, lo que atrae la atención son los lugares exclusivos, las experiencias al alcance de unos pocos, el privilegio de entrar donde ningún otro puede hacerlo”, lamentó.
Por el contrario, subrayó que en “el mundo nuevo donde el Resucitado nos lleva, lo más valioso está al alcance de todos”. Esta apertura, lejos de restar valor, multiplica la alegría, pues en el reino de Dios “la gratitud toma el puesto de la competición; la acogida elimina la exclusión; la abundancia ya no genera desigualdad”.
Frente a la muerte, que “amenaza con borrar el nombre y la memoria”, el Papa aseguró que “en Dios cada uno es finalmente uno mismo”. Este es, añadió, “el lugar que buscamos toda la vida, en ocasiones dispuestos a todo con tal de lograr un poco de atención y de reconocimiento”.
Una casa abierta
Para librarnos de esas dinámicas terrenales, el antídoto que propone Jesús es claro: “Tengan fe”. León XIV exclamó que “¡Este es el secreto!” y explicó que la fe en Dios y en Cristo “libera nuestro corazón de la ansiedad por tener y obtener, del engaño de tener que correr tras un puesto de prestigio para valer algo”. Recordó a los presentes que, en contraposición a las lógicas del mundo, “cada uno posee ya un valor infinito en el misterio de Dios, que es la verdadera realidad”.
Finalmente, Robert F. Prevost hizo un llamamiento a vivir el “mandamiento nuevo” del amor, amándonos los unos a los otros, ya que de esa forma “anticipamos así el cielo en la tierra” y revelamos al mundo entero “que la fraternidad y la paz son nuestro destino”. En ese amor, insistió el Papa, “en medio de una multitud de hermanos, cada uno descubre que es único”.
La alocución concluyó con una invitación a rezar a María Santísima, Madre de la Iglesia, pidiendo “para que toda comunidad cristiana sea una casa abierta a todos y atenta a cada uno”.