La iglesia de Santa Ana y La Esperanza, que se levanta en el barrio madrileño de Moratalaz, se ha convertido en un laboratorio. En su nave, el artista Justin Caguiat –nacido en Tokio–ha desplegado todo su arte en forma de pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y proyecciones.
La iglesia, uno de los monumentos religiosos de referencia, tiene a Miguel Fisac como autor y al hormigón como materia prima nobilísima. En su interior, donde la luz a veces se antoja huidiza y las paredes muestran algunas veces su piel dura y áspera, cada obra –y son unas cuantas– han ocupado su lugar y han compartido espacio con el silencio, con otra vida… que es esta. El espacio interior y los alrededores, porque la muestra se ha expandido y ha tomado el exterior.
La iglesia que levantó Fisac a mediados de los años 60 es un prodigio del brutalismo, un alarde de hormigón que no presume de nada más que de ser materia, que habla desde el silencio del templo de Dios.
Y en esa nave inmensa, por donde la luz busca su lugar –esa luz que ilumina el altar y se convierte en presencia–, es donde el artista dialoga con lo espiritual, aunque bien es cierto que este templo es pura humanidad, una oración terrenal de primer orden.
El exterior –que apenas se asocia con un templo, salvo por la cruz que se levanta y da la pista inequívoca de la casa a la que hemos llegado– poco tiene que ver con el interior, de una brutal y desarmante majestuosidad.
Plazas, muros, también escaparates e incluso locales que un día tuvieron vida, y hoy lucen sus fachadas pintadas o están olvidados, han formado parte de esta experiencia del creador japonés que llegó hasta el Mercado de Moratalaz.
Caguiat ha hecho de este templo de barrio, que es bastante más que una iglesia de Moratalaz, una exposición fantástica en la que cada obra tiene su sitio y en la que el color se adueña durante un tiempo del edificio de tono gris (que no gris).
Caguiat cuenta que esta celebración del arte es un tributo a un hacedor de arquitecturas que no fue arquitecto, al hombre que levantó con sus manos la llamada catedral de Mejorada del Campo, en la Comunidad de Madrid, construida día a día con desechos, con materiales innobles que se convirtieron en divinos.
Una catedral inconclusa, un sueño tan imposible como surrealista que ha quedado ahí, un poco en el limbo, como una rareza, como una locura exponencial de un hombre, Justo Gallego, que casi dio su vida por el templo.