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Camino de Santiago: un masaje en los pies… y en el corazón

| 24/04/2026 - 07:17





A lo largo de todo el Camino de Santiago hay miles de kilómetros en distintas sendas. Pero, seguramente, no sea exagerado decir que son muchas más las experiencias significativas, de las que remueven el alma, de los peregrinos. Bien lo sabe Elena Hernández, religiosa de la Congregación Romana de Santo Domingo que impulsa un proyecto que fomenta el acompañamiento y el cuidado integral del viajero en la localidad burgalesa de Hontanas, donde viven unos 70 vecinos.



En conversación con Vida Nueva, Hernández explica los puntos principales de la iniciativa: “El objetivo clave es ofrecer una acogida integral a los peregrinos del Camino que cubren esa etapa y descansan en el pueblo. Pese a que es pequeño, cuenta con varios albergues y hostales, pues es un recorrido duro, de unos 30 kilómetros, y vienen muy cansados”.

La mayoría van solos

Gracias a la Diócesis de Burgos y a la parroquia local, que les ofrecen su apoyo desde que empezaran el proyecto en 2015, “podemos acompañar de ese modo a muchas personas que, por lo que hemos ido comprobando en esta década, suelen ir solas y tienen fuertes motivaciones que les han llevado a peregrinar”.

Distribuidos en equipos de voluntarios (el pasado año fueron 32, entre laicos, dominicas y religiosas de otras congregaciones), ofrecen esta presencia durante tres meses, entre mayo y julio: “Por la mañana, compartimos la experiencia de la vida comunitaria: tiempo de oración en común, un rato de reunión para preparar la misión, espacios para la conversación o el paseo y la realización de las tareas domésticas. A los peregrinos les acogemos en la plaza, ofreciéndoles un masaje en los pies, un té fresquito y una escucha atenta donde pueden abrirse”.

En la iglesia, “tenemos un tiempo de oración en distintas lenguas (vienen muchos extranjeros) y que gira en torno al agua, haciendo honor al pueblo de Hontanas (fuentes) centrado en el pasaje evangélico del encuentro de Jesús con la samaritana”. Y al final de la tarde, “se culmina con el signo de una danza de bendición que les envía para su ruta del día siguiente”.

Sean o no creyentes

Como explica la dominica, “es un proceso muy bonito y que deja muy tocada a la gente que quiere participar, sean o no creyentes. Perciben que se les ofrece una acogida integral, que va de lo físico a lo espiritual, y de un modo gratuito, pues damos gratis lo que hemos recibido gratis: el Evangelio. Además de que, aunque se trata de personas a las que solo vemos un día y de las que ya nunca más sabemos de ellas, todos sentimos la gratuidad de Dios en nuestras vidas derramadas en cuidados, y la profunda alegría que nos ha unido por unas horas”.

Como detalla Hernández, “todo surgió hace diez años después de nuestra experiencia acompañando a jóvenes en el Camino de Santiago. Sentía que ninguno de ellos se quedaba indiferente ante el contacto con el Camino y el peso de esta peregrinación repleta de peso histórico y de numerosos símbolos espirituales… Por eso, una vez que ya no nos era posible continuar con esa pastoral juvenil, pensamos en la posibilidad de hacernos presentes de un modo fijo en una etapa del Camino”.

Al principio, “solo permanecíamos por una semana, pero, diez años después, contando con muchas personas implicadas, ya estamos tres meses”. Sin duda, la semilla está germinando: “Me quedo con la cara que pone la gente cuando les decimos que les vamos a dar un masaje en los pies… Tras esa sorpresa inicial, llega todo lo demás. Una acogida verdaderamente restauradora y llena de sentido para su vida”.

Envueltos por el Espíritu

Otro testimonio es el de María de la Sierra García, maestra jubilada de 61 años que es natural de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real) y quien el año pasado estuvo como voluntaria en Hontanas, donde vivió junto a su marido una experiencia que le ha marcado profundamente. Hasta el extremo de que este junio repetirá, ahora junto a su hijo menor. Como comparte, allí “se remueven otras vidas y otras memorias. Y es que el Espíritu me envuelve, nos envuelve…”.

De esa primera experiencia, entre el 8 y el 14 de junio del pasado año, son muchos los momentos que le vienen a la cabeza. En especial, “la tarde… Con el corazón anhelante y en pálpito, salimos a la plaza, nos acercamos a los peregrinos y peregrinas que la pueblan, buscando un alivio para sus pies y para su alma. Se hablan muchos idiomas, pero una sola lengua: la de la acogida, la de la caricia, la de la sonrisa amable, la del abrazo, la del saludo, la de la mirada sostenida, la del amor. Con ella, el entendimiento es universal”.

Y, “de pronto, como si no hubiera un mañana, comienzo a dar un masaje en los pies doloridos y sufrientes de Scho Taha, un joven japonés que pone su confianza en mis manos y se deja calmar, cuidar y sanar, desde el asombro y la inocencia, sin entender la generosidad y la gratuidad del gesto. Parecía una escena bíblica (la del lavatorio de pies) de entrega sin medida. Ahí no se sabía quién era el maestro y quién el discípulo, quién da y quién recibe… Me quedo con que el Espíritu, convertido en puro amor, brillaba en los ojos de todos los que habitamos la plaza”.

En silencio

Tras ese instante de sanación física, llega “la invitación a un ratico de oración compartida. Nos unimos, en silencio, a Elías el profeta y, como él, nos sentimos adelantados a los tiempos en búsqueda de nuestra grandeza y nuestra misión. También nos acercamos a la samaritana, que nos regala agua de su pozo (otra vez el agua) a todos los que tienen y tenemos sed de vida”.

Tras “unos momentos para retomar fuerzas y aprovechar para ayudar a algún rezagado”, llega “el momento más mágico: la danza de las bendiciones y la bendición irlandesa. Y ahí, de nuevo, las miradas cómplices, esta vez con lágrimas en muchos ojos y en muchos corazones emocionados. La mirada del peregrino al que bendigo y me bendice (bien-dice), alumbrando en el otro el más puro amor”.

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