Está al pie del altar. De espaldas al pueblo. Lo besa. Al altar. Señal de la cruz: “In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen”. Arranca la Santa Misa. “Introibo ad altare Dei”. El acólito interviene. “Ad Deum qui laetificat juventutem meam”. Sitúense en cualquier de los lugares en los que la Fraternidad Sacerdotal de la Santa Cruz celebra la eucaristía. Pero no solo. Añádanle otras tantas parroquias, templos, capillas y catedrales donde un presbítero preside la misa tridentina.
No son una mayoría, pero sí están creciendo. No hay estimación fiable de qué porcentaje del clero y de la vida consagrada representan. Tampoco de los fieles. Las únicas estimaciones existentes hablan de entre 600.000 y un millón de personas que asistirían con cierta regularidad a este tipo de celebraciones en todo el planeta, lo que representaría en torno a un 0,2% de los 1.400 millones de católicos.
Con este baile de cifras por delante, desde la Santa Sede sí tienen algo claro: los negacionistas del Concilio Vaticano II se han convertido en algo más que un problema “ruidoso”, que exige ser abordado más allá del órdago cismático lanzado por los lefebvrianos el pasado 2 de febrero, cuando anunciaron que el próximo mes de julio procederán a consagrar a varios obispos de manera unilateral, sin contar con el plácet del Papa, la única autoridad católica con potestad para asignar mitras y báculos.
‘Vida Nueva’ ha consultado a cuatro dicasterios vaticanos, que confirman su preocupación por el “auge” y la “radicalización” en el discurso de los grupos nostálgicos en prácticamente todas las latitudes del catolicismo. Tanto en Doctrina de la Fe como en Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Lo mismo en el ‘Ministerio’ para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica que en el departamento para los Laicos, la Familia y la Vida. Todos constatan que esta deriva para restaurar un imaginario del pasado se ha vuelto cada vez más beligerante. Y sin llegar al envite episcopal de los seguidores de Marcel Lefebvre, sí comparten con ellos su añoranza por los ritos de anteayer, que encierran postulados teológicos y eclesiológicos que se superaron de la mano de la cita ecuménica y universal convocada por Juan XXIII y que culminaría Pablo VI.
Las fuentes consultadas hablan de “una creciente, pero minoritaria”, apuesta por el tradicionalismo en estas últimas décadas, una tendencia que algunos llegan a definir como “inmensa minoría”. Incluso, en algunos de los despachos del Vaticano se preguntan con cierto desasosiego si “la aparente revitalización de la vida cristiana que parece darse en lugares como Francia, Estados Unidos y, de manera incipiente, en España, se circunscribe únicamente a un resurgir del tradicionalismo, adosado a determinadas proclamas ideológicas y políticas”.
“Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI, levantaron la mano pensando que eso iba a promover una mayor unidad desde la diversidad de sensibilidades, pero a la vista está que se han endurecido sus posicionamientos y, por tanto, se han aumentado las diferencias, hasta tal punto de presentarse ante el resto de católicos, no como una propuesta más de vivir la fe, sino como la única vía auténtica, válida y, por ende, excluyente de ser católico, apostólico y romano”, señala alguien que conoce de primera mano cómo se comportan entidades al estilo de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, fundada en 1988; el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote, fundado en 1990; y el Instituto del Buen Pastor, fundado en 2006 por sacerdotes que salieron de los propios lefebvrianos.
Bajo estas coordenadas se moverían otras realidades eclesiales como los Canónigos Regulares de la Madre de Dios o los Monasterios benedictinos tradicionales, erigidos tras el ‘motu proprio Ecclesia Dei’, promulgado por Juan Pablo II en 1988. Entre todos ellos, sumarían entre una veintena y un centenar de grupos. Los presbíteros vinculados superarían el millar, siendo la Fraternidad de San Pedro la más numerosa. Surgida en Friburgo (Suiza) hoy cuenta con 579 miembros, de los que 387 son sacerdotes, 30 son diáconos y 162 son seminaristas. Están presentes en unas 150 diócesis, con 250 lugares de culto.
De ellos, 48 son parroquias personales. En España, en agosto de 2025, se erigió canónicamente la primera casa de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro en Jerez de la Frontera. Este pasado mes de enero, sus responsables fueron recibidos por León XIV y, en un comunicado, calificaron la cita de “cordial reunión” en la que “se reiteró la ley y el carisma específicos que guían la santificación de sus miembros” y abordaron “los malentendidos y obstáculos que la Compañía encuentra en ciertos ámbitos”, sin entrar en detalles.
“La polarización ambiental no es que se haya colado en la Iglesia, es que ha entrado en algunas diócesis, parroquias y movimientos entre aplausos, porque trae consigo una aparente fecundidad justificada por números de vocaciones y de asistentes a las celebraciones”, comenta uno de los líderes eclesiales consultados, que se hace eco del sentir de algunos cardenales cuando pasan por la oficina donde trabaja: “Hay quien comienza a ver que es imposible buscar el equilibrio dando nuevas oportunidades sesenta años después de acoger el Vaticano II y considera que es el momento de marcar límites claros, aunque eso suponga una aparente ruptura”. “En realidad, sería formalizar una ruptura que ya existe, porque de hecho están fuera de lo católico”, añade acto seguido.
“El comportamiento ‘in extremis’ de los lefebvrianos es un reflejo de la actitud de todos estos movimientos, que están alineados prácticamente con sus postulados, pero con un barniz de aparente comunión, con una impostada obediencia papal que no se traduce en lo cotidiano, porque no son dóciles a las reformas que aprobaron por abrumadora mayoría los padres conciliares y, por tanto, toda la Iglesia”, apunta otro responsable curial, que se muestra tajante con la vía adoptada por estos grupos: “Son insaciables, nada les va a contentar. Solo quieren volver a lo de antes. O mejor dicho, a una ensoñación de lo de antes, porque su memoria es selectiva y su concepto de tradición es errado”.
En esta misma línea se expresa el portavoz de otro de los dicasterios consultados, que insta a los ministros ordenados, consagrados y laicos de estas corrientes a aceptar que la tradición de la Iglesia “no es solo lo que está escrito hasta Pío XII, sino que todo el Vaticano II y los posteriores escritos papales, incluidos los de Francisco, ya son Tradición”.
Algunos de estos movimientos decidieron hacerse oír de forma significativa ya durante el pontificado de Francisco. “Algunos pastores han mantenido la tesis de que las reformas del Papa argentino polarizaron a la Iglesia y que su estilo soliviantó sin necesidad a estos grupos. No es así. La polarización de estas entidades ya se venía amasando con los dos papas anteriores. Lo único que ha sucedido con Francisco es que se hicieron visibles, precisamente aprovechando el empuje conciliar de Jorge Mario Bergoglio, pero no se le puede acusar de haber agitado al rebaño”, expone otra de las fuentes vaticanas sondeadas. Se refiere a cómo Francisco ‘levantó la mano’ con algo más que un gesto en 2016. Autorizó que las confesiones y los matrimonios oficiados por curas lefebvrianos fueran convalidados como sacramentos válidos, mientras la Fraternidad San Pío X continuó tachándole de apóstata y hereje. Este guiño soliviantó a las escisiones de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que decidieron volver a Roma, al considerarlo unos “privilegios” que no se plantearon en ningún momento a los institutos retornados.
Esta misma fuente añade otra reflexión al respecto: “La prueba de que Bergoglio no era el problema es precisamente el ultimátum lanzado ahora por los lefebvrianos a León XIV. Si alguien les acarició fue Francisco. Y, si verdaderamente creyeran que Robert Prevost sintoniza o, al menos, tolera sus postulados, no le habrían puesto contra las cuerdas cuando ni siquiera lleva un año de Papa”. “Es un chantaje sencillo, que busca volcar en el nuevo Papa, que presume de ser un hombre de unidad y comunión, la responsabilidad de un cisma: o aceptas lo que queremos, o tú pulsas el botón rojo”, añade un hombre de la Curia.
Esta misma tesis, sobre una presión en la que no cabe negociación alguna más que la aceptación de sus máximas, la aplica este trabajador del Vaticano para los movimientos que sí están integrados, de momento, en la Iglesia y que aseguran ser fieles al Papa y a la “esencia” del magisterio sin entrar en matices. “Desde el minuto uno de la elección de Prevost, han presentado su reivindicación de la misa tridentina como si se tratara del gran debate dentro de la Iglesia que tiene en ascuas a todos los fieles, cuando ciertamente no lo es. Puede ser una reivindicación hasta legítima, según su punto de vista, pero no es ni el mayor reto ni de puertas para adentro ni de puertas para afuera”, añade.
El teólogo Luis Santamaría, el mayor especialista en sectas católicas de España, se muestra preocupado por el “auge” tridentino. “Hay un doble discurso, especialmente en los sacerdotes que lo respaldan, porque públicamente solo hablan de la defensa del rito desde una aparente obediencia y comunión, pero la realidad es que hay una desobediencia de facto, una actitud cismática que se traduce en que solo ellos son quienes custodian la verdadera Iglesia de Cristo que los demás han traicionado”, comenta desde la experiencia de acompañar a “algunas personas que han abandonado estas instituciones”. Para el investigador, estas actitudes conllevan “un rechazo radical de plano de la modernidad y del Vaticano II, que supone al final un rechazo a la Iglesia, un rechazo a la fe en la acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana”.
“Me preocupa, porque detrás de estas corrientes hay adoctrinamiento y, por tanto, un abuso que pasa por limitar la libertad de conciencia, mientras se fomenta la idolatría, poner en el centro la forma, que acaba sustituyendo al mismo Dios”, añade el también divulgador. De la misma manera, Santamaría critica la “gran soberbia que hay detrás de estos grupos, por su pretensión de uniformidad interna que hace que los fieles que se han refugiado en ellos con la sana y noble intención de vivir un cristianismo tradicional que les da más seguridad en medio de un mundo volátil, se ven envueltos al final en un entramado con tintes políticos que lleva de la mano una mentalidad conspiranoica, anticientífica…”. “Se presenta como un lote completo que deben asumir y comprar, que no se limita únicamente a una sensibilidad espiritual y litúrgica”, alerta Santamaría.
Algunos obispos españoles han admitido ‘sottovoce’ a esta revista que han aumentado los clérigos de aires preconciliares en sus presbiterios en estos últimos años, destapando lo que solo parecía una leve inclinación en el seminario, que habría sido reforzada con formaciones paralelas a través de redes sociales. Estos curas están hoy al frente de parroquias y comunidades en las que estarían fomentando estas prácticas. Desde Roma, ponen como ejemplo de este extremismo al sacerdote Francisco José Vegara Cerezo, de la Diócesis de Orihuela-Alicante. Amonestado y apartado de su labor pastoral en 2024 por el obispo José Ignacio Munilla, por acusar a Francisco de hereje, hace un par de meses habría repetido este mismo esquema contra León XIV, en lo que podría considerarse un hecho cismático, al considerar que el Papa americano habría cometido una herejía formal en la carta apostólica ‘In unitate fidei’ con motivo de los 1.700 años del Concilio de Nicea.