En un tiempo en el que parece emerger un Nuevo Orden Mundial Autoritario, encarnado en las ya indisimuladas políticas expansionistas de los Estados Unidos de Trump, la Rusia de Putin o la China de Xi Jinping, la Iglesia clama a los cuatro vientos que, sin ser a veces conscientes de ello, vivimos en “una tercera guerra mundial a pedazos” (Francisco) y en pleno “cortocircuito de los derechos humanos” (León XIV).
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Para Robert Prevost, la gran consecuencia es una “crisis del multilateralismo” en la que la ONU (Organización de Naciones Unidas) parece herida de muerte. Algo que sufrió hasta la extinción su gran precedente, la Sociedad de Naciones, disuelta en 1946, tras su evidente fracaso al no poder evitar la II Guerra Mundial (1939-1945).
Fracaso de la humanidad
La I Guerra Mundial (1914-1918) ya supuso un inmenso fracaso de la humanidad. Para evitar una repetición de un conflicto a gran escala, uno de los frutos del Tratado de Versalles (1919) fue crear la Sociedad de Naciones, que entraría en vigor al año siguiente. Fue el 10 de enero cuando se fundó, aunque su instauración legal tuvo lugar unos días después, el 16 de enero (hoy se cumplen 106 años). Entonces, 42 países se reunieron en la ciudad suiza de Ginebra y acordaron dialogar todos los posibles conflictos futuros en “una asamblea democrática de naciones soberanas”, buscando siempre “garantizar la cooperación” entre todos los países.
Como vemos, fue el embrión fallido de una ONU que también sufre hoy la mayor crisis de su historia. Pero no tuvo por qué ocurrir así, como apreció el papa de ese tiempo, Benedicto XV. Pontífice entre 1914 y 1922, el 23 de mayo de 1920, recién nacida la Sociedad de Naciones, firmó una encíclica clave, la ‘Pacem dei munus’, “sobre la restauración cristiana de la paz”.
En sus páginas, Giacomo della Chiesa se mostraba aliviado ante el armisticio que había puesto fin al primer gran conflicto global contemporáneo. Y lo hacía citando en la primera línea a quien hoy tiene constantemente en la boca Prevost, el primer papa agustino: “La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice san Agustín, ‘es el más consolador, el más deseable y el más excelente de todos’, esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha empezado a brillar al fin sobre los pueblos”.
Semillas del antiguo odio
Eso sí, ya entonces había motivos para la preocupación, pues “esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin embargo, todavía las semillas del antiguo odio”. Y, cuando esto sucede, “no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua caridad”.
Benedicto XV era consciente de la fragilidad del momento (reconocía que el suyo era un “difícil pontificado”) y, con la vista puesta siempre en “el bien común”, insistía a los gobernantes a hacer “todo lo posible para facilitar a la humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera”. Y es que sabía que la que tenían en aquel momento era “precaria”.
En clave espiritual, ofrecía el tesoro preservado por la Iglesia durante dos milenios: el “Evangelio de la paz”. Esto es, tener siempre presente que “la enseñanza más repetida y más insistente de Jesucristo a sus discípulos fue la del precepto de la caridad fraterna, porque esta caridad es el resumen de todos los demás preceptos; el mismo Jesucristo lo llamaba nuevo y suyo, y quiso que fuese como el carácter distintivo de los cristianos, que los distinguiese fácilmente de todos los demás hombres”.
Como los primeros cristianos
Una escuela de vida que la comunidad cristiana encarnó en su mismo origen: “Nuestros hermanos de los primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los apóstoles, pues, a pesar de las diversas y aun contrarias nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en el seno de sociedad humana de aquella época”.
El paso a dar era difícil, pero necesario: el “perdón”. De corazón: “Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles positivamente el bien”.
De hecho, “no ha habido época de la historia en que sea más necesario ‘dilatar los senos de la caridad’ como en estos días de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación”.
Un azote furioso
Porque, “si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas, desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra”.
Ante tal alud de horror, Della Chiesa pide ser como “el buen samaritano” y asumir “como misión propia” la ingente “labor de curar las heridas de la humanidad”. Un mandato con el que interpelaba de un modo especial a los sacerdotes, a los que pedía ofrecer “vuestros más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están confiados, para que no solo olviden los odios y perdonen las injurias, sino además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los que han sufrido las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado y lo más variado que sea posible”.
Los pastores, “como ministros que son de la paz cristiana”, debían predicar “con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos enemigos”, interpelando a los demás “con su ejemplo” y declarando “por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al odio”.
A los escritores y periodistas
Una tarea, por cierto, que hacía extensiva “a los escritores, publicistas y periodistas católicos”, para que, “en sus escritos”, apostaran por la fraternidad… Para ella, insistía el Papa, “deben abstenerse no solo de toda falsa acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras, porque esta intemperancia no solo es contraria a la ley de Cristo, sino que además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus, exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las más leves injurias”.
Olfateando el signo de los tiempos, Benedicto XV apreciaba que, “terminada ya la guerra, no solo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso incremento de las comunicaciones”.
En dicho contexto, “la Santa Sede no ha permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor insistencia este doble deber”.
Abiertos a las visitas diplomáticas
Hasta el punto de dar un paso entonces ciertamente significativo: abrirse a las relaciones diplomáticas con los estados de un modo más incisivo. Algo que el Papa ilustraba con este párrafo que hoy nos puede resultar sorprendente: “Y como hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia, hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los jefes de Estado católicos a Roma”.
Eso sí, se veía obligado a aclarar que “esta indulgencia nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a ellos”.
Hecha esta disquisición, el Pontífice se mostraba optimista: “Reconocido de nuevo el orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad humana”. En plena efervescencia de la Sociedad de Naciones, Benedicto XV apelaba a la salud humana que implicaba “una sociedad de pueblos”.
Reducir los presupuestos militares
Entre los retos que esta debía asumir, él apreciaba “la necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir al menos los enormes presupuestos militares, que resultan ya insoportables para los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la independencia y la integridad de sus propios territorios”.
Por último, Della Chiesa aseguraba “la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia” a todos los proyectos que, en ese foro mundial, se hicieran “en pro de la justicia y de la caridad”, guiados “según los principios de la ley cristiana”.
Un estado natural que encarnó en su día la “Europa cristiana”, la cual, “bajo la guía segura de la Iglesia, respetó y conservó las características propias de cada nación y logró establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad”.
Ahí, el Papa concluía volviendo a san Agustín, quien, en ‘De civitate Dei’, argumentaba que “esta ciudad celestial, mientras camina por este mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena, con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor”.

