Así es el cielo de Miguel de Unamuno

  • En ‘Vida de Don Quijote y Sancho’ (1904), reclama una eternidad de búsqueda sin fin en el Misterio
  • “Danos tu paraíso –reza el autor–, Señor, pero para que lo guardemos y trabajemos, no para dormir en él”

Miguel de Unamuno

A nivel de fe, el nombre de Miguel de Unamuno siempre aparece unido a ideas como “agnosticismo” o “agonía”. Básicamente, se le encuadra en esta frase: “Quiero creer, pero no puedo”. Eso sí, creyera o no el escritor bilbaíno en la vida eterna (con la mente y con el corazón), no dejó de retratar el paisaje con el que uno debería toparse tras cerrar los ojos para siempre.

Así pues, ¿cómo sueña el paraíso del rector de Salamanca? Él mismo lo dibujó en su obra ‘Vida de Don Quijote y Sancho’, un ensayo literario publicado en 1905 y en el que Unamuno acompaña, cual fiel escudero, al personaje más íntimamente español, bosquejado siglos atrás por Miguel de Cervantes.

Discurso a Sancho

En dicho texto, el Quijote unamunizado le detalla a Sancho Panza cómo es la eternidad: “No puede haber verdadero paraíso alguno sin algún trabajo en él. Ya sé que hay Sanchos que representan la gloria eterna como un eterno nada hacer, como un campo celeste en que, tendidos a la bartola, se está viendo el sol increado. Para ellos, la suprema recompensa debe ser la nada, el sueño inacabable sin ensueños ni despertar. Nacieron cansados y con la pesadumbre de los trabajos y penas de sus abuelos y tatarabuelos a cuestas; ¡descansen sobre sus nietos y tataranietos, durmiendo en las honduras de estos!”.

Pero, ¿cómo? ¿El cielo no era un eterno descanso, un entregarse a la pura contemplación de Dios todopoderoso? Está visto que para Unamuno, combatiente sin fin, el cielo es un eterno bregar. “Y esperen así –le continúa diciendo el héroe a su escudero– que Dios los despierte al trabajo divino. Ten por seguro, Sancho, que si al fin y a la postre se nos da, como te tienen prometido, una visión beatífica de Dios, esa visión habrá de ser un trabajo, una continua y nunca acabadera conquista de la Verdad Suprema e Infinita, un hundirse y chapuzarse cada vez más en los abismos sin fondo de la Vida Eterna”.

“Méteme, Padre eterno…”

Unamuno, quien en toda su vida jamás dejó de luchar, sobre todo contra sí mismo, fue más allá del conocido epitafio que glosa su lápida: “Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”. Aun devastado por el “duro bregar”, el maestro bilbaíno solo aspiraba a una eternidad en la que nunca dejara de trabajar, de soñar, de buscar.

Y es que, si algo temía ante todo Unamuno, era a la quietud, entendida como sinónimo de la Nada. “Es mejor no llegar a ella –concluye en su andanada contra el sanchismo–, a quietud, pues, si el que ve a Dios, según las Escrituras, se muere, el que alcanza por entero la Verdad Suprema, queda absorbido en ella y deja de ser”. Por tanto, “trabajo, Señor, da a Sancho, y danos a todos los pobres mortales trabajo siempre; prócuranos azotes, y que siempre nos cueste esfuerzo conquistarte y que jamás descanse en Ti nuestro espíritu, no sea que nos anegues y nos derritas en tu seno. Danos tu paraíso, Señor, pero para que lo guardemos y trabajemos, no para dormir en él; dánoslo para que empleemos la eternidad en conquistar palmo a palmo y enteramente los insondables abismos de tu infinito seno”.

Miguel de Unamuno, el genio español cuyo gran anhelo era jamás dejar de trabajar…

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