Tribuna

Resucitar antes de resucitar

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Cuenta el evangelio de Mateo que con la muerte de Jesús “la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos” (Mt 27, 51-53).



Quizás en nuestras predicaciones desechemos esta imagen por no saber separarla de una explicación historicista o de una mítica, ninguna de las cuales nos convence. Podría ser una indicación del evangelista, especialmente significativa para la vida cristiana, con la que anuncia la resurrección antes de la resurrección.

Demasiado a menudo vivimos bajo el esquema “vivir primero y resucitar después”, lo que termina por significar que mientras vivimos hay que adaptarse al mundo y que ya luego Dios, que “es amor”, nos hará vivir solo en el amor y la felicidad. Pero este no es el esquema cristiano que, de forma paradójica, podría resumirse como “resucitar primero para vivir siempre”.

Para entender esto, es necesario comprender que la realidad de Cristo resucitado no es sino la vida misma de Jesús en su expresión eterna, es decir, que lo vivido por Jesús permanece a salvo del poder de la finitud y de la muerte, de la injusticia y del odio. Por eso, no es una vida distinta a la que vivió, sino la plenitud consumada de esa vida.

Omnipotencia de Dios

En ella se ve que la omnipotencia de Dios es la omnipotencia de su amor y no de otra cosa, pues la resurrección de Jesús ensancha su hospitalidad y su oferta de vida de forma universal y permanente. La resurrección de Jesús muestra que Jesús, en un mundo de muerte y de injusticia siempre miedoso y violento, vivía ya la vida eterna, estaba resucitado antes de resucitar, porque vivía la misma vida de Dios en su forma humana.

Y esto es lo que apunta Mateo, que viene a ser una especie de paralelo narrativo al texto de Colosenses que escuchamos el día de Pascua: “Si habéis resucitado con Cristo […] aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios” (Col 3, 1-4).

Un combate

Ahora bien, esta vida resucitada que vivió Jesús antes de la resurrección es un combate. O, dicho de otra manera, la resurrección no comienza en la tumba después de la muerte, sino en esa otra en que la mentira nos tiene presos en realidades que no son la vida verdadera, convenciéndonos de que el Evangelio no es posible en el mundo y que la vida siempre requiere apaños no evangélicos, que hay que ser realistas. Son los santos, los justos –como dice Mateo en el texto–, los que salen de esta tumba mostrándonos la vida resucitada en nuestras ciudades antes de la resurrección.

Piedras. Foto: istockphoto

Porque es cuando, empapados de Jesús, reconocemos el regalo de la vida y su belleza y lo celebramos entre nosotros y delante de Dios; cuando caminamos juntos enriqueciéndonos con nuestras diferencias, incluso discutidas; cuando ofrecemos lo que somos como pan de vida para el que está cerca o pasa necesitado a nuestro lado; cuando no nos conformamos con lo que hay, sino que buscamos que la vida exprese la mejor versión de nuestros talentos personales o sociales; cuando nos enfrentamos a cualquier injusticia y defendemos a los humillados aunque nos traiga problemas; cuando desenmascaramos nuestras mentiras y las de los demás sin saña, simplemente para poder mirarnos a los ojos y vivir con paz; cuando nos ponemos en manos de Dios, en vez de huir, al sentir que no estamos a la altura de su afecto y confianza; es entonces cuando Dios ha empezado a resucitarnos, aunque sintamos que esta resurrección es agónica, un parto difícil de vida.

Entonces, un entonces que ya está vivo en nosotros, nuestro corazón, que ya conoce el sabor del miedo y del dolor que oprime nuestra vida, comenzará a saborear el gozo de la vida eterna, y quizás entenderemos lo que decimos al afirmar: “Creo en la resurrección de la carne”, de esta carne que está viva solo en el amor.