Tribuna

Por una alimentación para todos

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Continuando el enfoque del papa Francisco, León XIV nos convoca para orar por una alimentación para todos. La Iglesia hace un constante llamado a la conciencia para que nos interpele frente al drama del hambre y la malnutrición. Poner fin a estos males incumbe no solo a empresarios, funcionarios o responsables políticos, señaló el papa en una visita de la FAO a la Santa Sede.



Definitivamente, se trata de un problema a cuya solución estamos obligados a concurrir: «agencias internacionales, gobiernos, instituciones públicas, oenegés, entidades académicas y sociedad civil, sin olvidar a cada persona en particular, que ha de ver en el sufrimiento ajeno algo propio. Quien padece hambre no es un extraño. Es mi hermano y he de ayudarlo sin dilación alguna».

Por ello, las intenciones del papa para este mes de mayo están centradas en el clamor de solicitar una alimentación para todos. Estas intenciones reflejan un llamado urgente a combatir el hambre mediante el compromiso colectivo contra el desperdicio y por una distribución justa de alimentos. Este tema resuena profundamente con el Evangelio y el magisterio de la Iglesia, que vinculan la alimentación digna a la justicia social y la caridad evangélica.

Raíz evangélica del derecho a la alimentación

El Evangelio de Mateo (25,35-40) impulsa el imperativo cristiano de dar de comer al hambriento como criterio de juicio final: «Porque tuve hambre y me disteis de comer». Jesús se identifica directamente con los necesitados, es su opción preferencial, convirtiendo el acto de alimentar en un encuentro con su persona.

Esta enseñanza no es mera filantropía, sino justicia restaurativa, puesto que el hambre viola la dignidad humana creada a imagen de Dios. En los pasajes sobre la multiplicación de los panes (Jn 6,1-15), revela la providencia divina que multiplica los recursos limitados, invitando a la confianza en Dios y a la compartición solidaria.

Jesús quiere involucrar a sus discípulos para que asuman como propia la necesidad de la gente, combinando fe, organización y servicio. En la interpretación teológica de este pasaje se subraya que Jesús sacia tanto el hambre corporal como la espiritual, que reclama también consuelo, palabra, cercanía y esperanza. En las Sagradas Escrituras podemos encontrar múltiples exhortaciones a compartir el pan en contextos de pobreza y desigualdad. El gesto de alimentar a muchos aparece como expresión concreta de compasión, responsabilidad y amor fraterno, y como medio para formar comunidades más solidarias.

Gaza

De obra de misericordia a misión constitutiva

El Concilio Vaticano II, en Gaudium et spes (n. 26), apremia a eliminar el hambre como escándalo moral, recordando la patrística: «Alimenta al que muere de hambre, porque si no lo alimentas, lo matas». Juan Pablo II y Benedicto XVI profundizaron esto en encíclicas como Sollicitudo rei socialis y Caritas in veritate, vinculando el acceso a alimentos nutritivos al desarrollo integral y al bien común. Francisco, en Laudato si’ (n. 189), denuncia el desperdicio alimentario como pecado contra la creación, un eco que León XIV retoma en su iniciativa Semillas de esperanza, promoviendo prácticas locales para seguridad alimentaria.

En la práctica, la Iglesia impulsa formas creativas de combate al hambre. En contextos como Italia, ante el aumento de la “pobreza alimentaria”, organizaciones católicas han promovido emporios solidarios y bancos de alimentos que buscan no solo entregar comida, sino preservar la dignidad de los beneficiarios, evitar la estigmatización, favorecer elecciones responsables y ofrecer acompañamiento educativo y social. Se subraya la necesidad de incluir alimentos frescos, educación alimentaria, atención especial a la infancia y a quienes tienen necesidades nutricionales específicas.

León XIV, en continuidad con predecesores, ve en la lucha contra el hambre un acto de justicia que pone fin al escándalo del hambre en el mundo. Frente a 783 millones de personas subnutridas (datos FAO recientes), el creyente debe practicar la sobriedad, apoyar bancos de alimentos y presionar políticas justas. Así, la oración de León XIV no es pasiva, sino catalizadora de una Iglesia en salida, donde cada mesa compartida evangeliza.

Este enfoque integral —Evangelio, magisterio y oración— nos moviliza a construir un mundo sin hambre, imagen del Reino prometido. Orar por la alimentación para todos significa pedir a Dios que transforme corazones, comunidades y estructuras, para que la humanidad aprenda a partir el pan como hermanos y a reconocer en cada hambriento el rostro de Cristo. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela