A lo largo de la historia, a los sumos pontífices les ha tocado responder los desafíos de los cambios en los diferentes aspectos sociales, como económicos, culturales, tecnológicos y científicos.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Años atrás, a León XIII le tocó enfrentar la gran renovación que generó la revolución industrial, dando respuesta con la primera encíclica escrita por él, llamada ‘Rerum novarum’. Hoy, enfrentamos otros nuevos desafíos y grandes reformas políticas, económicas y sociales que han provocado los grandes avances científicos y tecnológicos.
Un progreso deshumanizador
Ahora, le toca a León XIV dar respuesta a esta transformación que está generando esta revolución tecnológica a través de su encíclica llamada ‘Magnifica humanitas’. Ante los grandes avances de la tecnología en la era de la inteligencia artificial, se habla de un progreso, pero este es deshumanizador y la dignidad humana peligra por muchos aspectos.
El crecimiento de la era digital ha sido impresionante, pero la gran preocupación de la Iglesia es que este avance ha sido la Nueva Torre de Babel y los Nuevos Muros de Jerusalén. Este desarrollo tecnológico de la era digital está destruyendo la fraternidad y provocando un crecimiento enorme de la violencia, atentando contra los principios del bien común, la justicia social, la solidaridad, etc. Todo eso atenta y flagela la dignidad humana.
En la encíclica ‘Magnifica humanitas’, León XIV destaca y reconoce que estos avances pueden contribuir al mejor desarrollo de la educación, la salud o las ciencias, convirtiéndose en instrumentos de gran valor para el desarrollo humano cuando son utilizados de manera ética y responsable.
Infinitas posibilidades de formación
Entre las áreas importantes que aporta grandes beneficios está en el sector de la educación, pues nos facilita el acceso a la información, nos permite reforzar los procesos de enseñanza-aprendizaje y otorga infinitas posibilidades de formación a personas de escasos recursos. Contribuye de manera importante a los avances científicos, a la investigación y a la salud, buscando respuestas a soluciones que afectan a la humanidad, siempre y cuando se utilice en favor de la dignidad humana.
En primer lugar, la Iglesia reconoce la responsabilidad que tienen la comunidad política y las instituciones del Estado con relación al orden social; por eso, la libertad y la autonomía que tiene la humanidad dentro de la historia han sido concedidas por Dios.
El rol de la Iglesia frente a la realidad y los retos presentes del mundo digital y tecnológico es discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo y el alcance humanizado, tomando en cuenta el Evangelio, y aprender a adaptar sus enseñanzas al servicio de la dignidad de cada persona y del bien de los pueblos.
En defensa de la dignidad humana
El método que utiliza la Iglesia para interpretar los signos de los tiempos en esta época tecnológica es la Doctrina Social a la luz del Evangelio, como esa verdad plena; por eso, la Iglesia sale en defensa de la dignidad humana frente a las atrocidades de esta revolución tecnológica.
Cuando la Iglesia visualiza la realidad, es donde la dignidad de los seres humanos se ve desfigurada. Cuando el drama de la política no da respuesta contundente a la humanidad, ahí, la Doctrina Social de la Iglesia se convierte en palabra hecha carne, convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.
Por esta razón, el Papa hace un recorrido histórico de los documentos papales y cita la ‘Rerum novarum’ y otras encíclicas magistrales, las cuales han dado respuesta contundente a la problemática que se opone a la dignidad humana, al bien común y a la justicia social. Esto es evidencia y se ha visto durante la historia la maduración que ha tenido el pensamiento social de la Iglesia a través de las épocas.
Un sistema de opresión
Para León XIV, el progreso tecnológico y la inteligencia artificial pueden llegar a oponerse al bien común, a la solidaridad y a la justicia social, cuando se convierten en un sistema que oprime y fustiga la dignidad humana.
Ahora bien, el gran desarrollo vertiginoso que está teniendo esta modernización tecnológica es algo novedoso dentro de esta etapa histórica de la posmodernidad, donde la Iglesia hace un discernimiento a la luz de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia y es pertinente que, frente a esta innovación digital, se perciban las amenazas y los peligros catastróficos que está generando el desarrollo de la inteligencia artificial.
A partir de ahí, hace esa denuncia profética sobre la deshumanización de un sistema que vulnera la dignidad humana. Por otro lado, León XIV toca todo lo relacionado con la comunicación, las redes sociales y las plataformas digitales: hace un llamado a la concientización y a un manejo ético de la comunicación, con el fin de difundir la verdad y así combatir la manipulación de esta, así como el uso de la información transparente y apegado a la verdad, y no a la difamación hacia una persona, sin importar su estatus social.
Una nueva forma de esclavitud e instrumentalización
Otro factor que puntualiza la encíclica es el mundo laboral en vinculación con un sistema tecnológico de la IA que ha generado una nueva forma de esclavitud e instrumentalización de la persona, que percibe al individuo como objeto de producción: mientras más produce, más vale para el sistema, y el día que deje de producir, lo sustituye por una máquina o un robot.
Frente a estos grandes avances tecnológicos de la era digital, se ha producido una nueva forma de explotación y deshumanización de la persona, al percibirla como un objeto de manipulación. Frente a esta problemática, León XIV da respuesta.
Por último, la encíclica toca el punto de la civilización del amor. Papas de nuestra era contemporánea, como Pablo VI y Juan Pablo II, hicieron énfasis sobre dicho tema. León XIV habla de la civilización del amor porque, hoy más que nunca, se debe retomar su construcción, ya que vivimos en un mundo marcado por guerras armamentísticas, violencia, abusos e injusticias.
Un presente histórico marcado por la violencia
Vivimos un presente histórico marcado por la violencia y la normalización de todo aquello que atenta contra la dignidad humana y la civilización del amor.
En conclusión, la Iglesia siempre se ha preocupado por custodiar y defender la dignidad humana, porque la Iglesia es la voz profética de Cristo en este mundo. Frente a esta evolución tecnológica deshumanizadora de hoy, la Iglesia no se hace indiferente frente a un sistema injusto y alza la voz con esta nueva encíclica.
Por lo tanto, la Iglesia velará por el bien de la dignidad humana de toda persona. Además, no es que la Iglesia odie y descarte los grandes avances científicos y tecnológicos, en especial la IA, sino que reconoce que, a través de ellos, se puede hacer mucho bien.
Puede hacer mucho bien
Por eso cito el n. 93 de ‘Magnifica humanitas’, que dice: “Este paradigma se ha extendido rápidamente en los últimos años también como efecto de la difusión de la IA, la nanotecnología, la robótica y la bioética; en sí misma, dicha innovación puede ser de gran ayuda para el desarrollo integral y el cuidado de la casa común“.
Finalmente, León XIV nos recuerda que el futuro de la humanidad no debe depender únicamente del desarrollo de nuevas tecnologías, sino del uso responsable y ético que hagamos de ellas. Para todos nosotros, la IA puede tener tendencia en convertirse en una valiosa herramienta aliada para la educación, así como también para la ciencia, la medicina y el desarrollo de los pueblos, pero siempre debe estar al servicio de la persona humana y de su dignidad humana.
Nuestro gran reto en este tiempo no es rechazar los avances y el progreso tecnológico; más bien, debemos orientarlo en la dirección de la búsqueda del bien común, siempre prevaleciendo la verdad, la justicia y la solidaridad, para que los avances científicos contribuyan verdaderamente a la construcción de una sociedad más humana y fraterna.
……………
Jesús Castro Marte es el obispo de Nuestra Señora de La Altagracia (República Dominicana).
