Natalia Gómez de Pozuelo: “Caminar y escribir forman parte de una misma tradición de búsqueda y contemplación”

  • “Sobreexpuestos al ruido, hoy, el silencio es más necesario que nunca”, reivindica la autora de ‘La mirada del corzo’
  • “Una sociedad se sostiene gracias a miles de gestos pequeños que rara vez aparecen en los titulares”

Natalia Gómez de Pozuelo, escritora
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Natalia Gómez de Pozuelo (Madrid, 1967), experta en comunicación, dedicó buena parte de su vida laboral a preparar campañas de marketing en grandes empresas como Carrefour, Alcatel o Allot. Hasta que, en 2007, dio un giro de 180 grados a su vida y pasó a dedicarse a la formación y a la escritura.



Autora de varios libros, en los que combina el ensayo con la novela, su nueva novela es ‘La mirada del corzo’, donde cuenta cómo recorrió durante semanas la llamada España vaciada.

Sus dos grandes maestras

PREGUNTA. Sin ser la suya necesariamente una experiencia en clave creyente, ¿sí la podemos interpretar como una peregrinación hacia el propio interior en la que lo espiritual, en un sentido amplio, impregna el alma?

RESPUESTA.- El objetivo de mi viaje era contemplativo y narrativo. Quería fundirme con mis dos grandes maestras: la naturaleza y la escritura. Una me enseña los misterios de la vida y la otra me permite detenerme en ellos y compartirlos.

Cuando desaparecen los condicionantes que suelen marcar nuestro día a día (las reuniones, las redes sociales, las llamadas, las pantallas) y el horizonte se convierte en tu techo por todos lados, cada gesto se vuelve infinito: sentarte en una roca, comer una manzana o contemplar cómo una hormiga explora el mundo con el vaivén de su cabeza.

Empiezas a percibir que nunca estás solo, que formas parte de algo mucho más amplio que se puede nombrar de muchas formas; a mí me gusta llamarlo la corriente de la vida.

Hace relativamente poco descubrí que las mujeres llevan siglos caminando y escribiendo: Virginia Woolf, George Sand, Simone de Beauvoir… Y, mucho antes, Teresa de Jesús, a quien llamaban “la monja andariega” porque recorrió miles de kilómetros por Castilla fundando conventos.

Desde entonces, me gusta pensar que caminar y escribir forman parte de una misma tradición de búsqueda y contemplación. Quizá porque el camino trae consigo una extraña paradoja: te obliga a salir de ti y, precisamente por eso, termina acercándote a quien eres.

P.- ¿Qué se va a encontrar un lector de su libro que, como usted cuando tuvo esa catarsis que desencadenó todo, esté en un momento de su vida en el que busca sentido a lo que hace cada día cuando se levanta y, mecánicamente, “se pone en marcha”?

R.- Una lectora me escribió hace poco para decirme que ‘La mirada del corzo’ le había recordado lo que es la vida fuera del ruido y la premura en la que vivimos envueltos. Me pareció una forma muy bonita de resumir la novela, porque creo que invita precisamente a eso: a detenerse y preguntarse cómo habitamos el mundo, cómo lo miramos y cómo amamos.

Muchos lectores me han dicho también que el libro les ha despertado el deseo de hacer aquello que llevan tiempo posponiendo por miedo. Es curioso porque, al principio de la novela, el miedo ocupa muchísimo espacio; sin embargo, a medida que avanza el viaje, deja de ser el protagonista.

Natalia Gómez de Pozuelo, escritora

Natalia Gómez de Pozuelo, escritora

No porque desaparezca, sino porque empieza a convivir con algo más fuerte: el deseo de vivir en el presente. El miedo y el deseo forman parte del camino como el paso izquierdo y el paso derecho.

No se trata de esperar a que desaparezca el miedo, sino de seguir caminando con él hasta que, casi sin darte cuenta, deja de marcar el rumbo y se queda atrás.

Como un peregrino en el Camino de Santiago

P.- De algún modo, ¿lo que expone en ‘La mirada del corzo’ puede equipararse a lo que puede llegar a experimentar un peregrino en el Camino de Santiago que afronta esa senda con los cinco sentidos activados? ¿O incluso a lo que viven a diario unas consagradas en un convento? ¿El ser humano de hoy necesita parar y guardar silencio?

R.- Creo que todas esas experiencias comparten algo esencial: crean las condiciones para que la atención cambie. Cuando caminas varios días seguidos en silencio, sin las distracciones habituales, te conviertes en un polo muy intenso de percepción, tanto de lo que te rodea como de lo que sucede en tu interior.

Poco a poco, la frontera entre ambas se difumina y lo que ocurre fuera resuena dentro, y lo que ocurre dentro modifica la forma en la que miras el mundo. Esa conexión tiene, para mí, algo profundamente contemplativo.

Por eso creo que, hoy, el silencio es más necesario que nunca. Estamos sobreexpuestos al ruido (visual, acústico, informativo, emocional), y esa saturación dificulta algo aparentemente sencillo como es el escucharnos.

No me extraña que tantas personas sientan el impulso de hacer el Camino de Santiago o cualquier otro recorrido a pie. Caminar durante días nos devuelve una forma de atención que la vida actual ha ido, en muchos casos, erosionando.

P.- ¿Qué nos pueden enseñar miles y miles de pueblos que, aun careciendo de muchos recursos materiales, son habitados por personas que viven a otro ritmo y valoran la sencillez? ¿Ha comprobado si a muchos de ellos la creencia religiosa le acompaña en su día a día y le da un impulso para vivir con más plenitud?

R.- En mi recorrido por la España menos poblada me encontré con personas hospitalarias que me fueron mostrando una realidad tan dura como hermosa: escuelas que seguían abiertas casi de milagro porque había nacido una criatura, furgonetas que recorrían los pueblos acercando la compra a quienes ya no podían desplazarse, médicos y sacerdotes ambulantes atendiendo las necesidades de varios municipios…

Yo encontré ayuda desinteresada en todas partes. Carlos me abrió el ayuntamiento de su pueblo para que pudiera dormir y me preparó un bocadillo como a sus hijos. Andrés me prestó un camping gas y me regaló un poco de carne y de verduras.

Otras personas me acercaron en coche cuando ya no tenía qué comer y necesitaba llegar a un pueblo para comprar. Fue un viaje lleno de pequeños gestos que me recordaron hasta qué punto dependemos unos de otros.

En cuanto a la fe, no conviví el tiempo suficiente con esas comunidades como para saber qué lugar ocupa en la vida de cada una de ellas. Lo que sí recuerdo son las preciosas iglesias que aparecían en pueblos casi deshabitados, como el símbolo de una tradición que, igual que las escuelas o tantos otros servicios, solo sigue viva gracias al esfuerzo y al cuidado cotidiano de las personas.

Esa fue quizá una de las lecciones más bonitas del viaje: comprender que una comunidad no se sostiene por sus edificios, sino por quienes siguen ocupándose de ellos y, sobre todo, de los demás.

Compromiso fraterno en las parroquias de la España rural

P.- Las parroquias de la España rural, también con una mayor escasez de medios, son grandes polos de fraternidad, con varios voluntarios (en su mayor parte mujeres) implicados en ayudar en la medida de sus posibilidades tanto al vecino que lo pasa mal como al que llega de fuera y se encuentra desubicado. Se sea o no creyente, ¿cómo interpela este compromiso visto desde fuera?

R.- Creo que una sociedad se sostiene gracias a miles de gestos pequeños que rara vez aparecen en los titulares: alguien que escucha, que acompaña, que abre una puerta o dedica parte de su tiempo a quien lo necesita.

Creyentes y no creyentes necesitamos una red que nos sostenga. Cada persona la construye de una forma distinta, según su manera de entender el mundo, pero creo que todos necesitamos sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

Para mí, esas redes son imprescindibles, aunque no siempre sean fáciles de crear en un mundo que parece hiperconectado y, sin embargo, ve crecer la soledad no deseada.

‘La mirada del corzo’ termina con una imagen que resume muy bien esa idea: igual que los hongos crean bajo tierra una red invisible que permite a los árboles comunicarse y alimentarse unos a otros, también las personas vivimos gracias a vínculos que muchas veces no se ven. Esa es, para mí, la verdadera red natural.

Sentir esa comunión con otros seres (humanos y no humanos) es una de las experiencias más profundas que podemos vivir.

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