Tribuna

La reina Isabel II (1926-2022): una creyente excepcional de muchos superlativos

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La fe en Jesucristo constituyó la fuerza motriz de esta gran señora de 1,52 metros de altura, pero de sorprendente fortaleza espiritual y humana. Jefa de la Iglesia de Inglaterra, rezaba cada día y asistía regularmente a los servicios religiosos anglicanos con una presencia edificante, que despedía humildad y autenticidad.



En cierta ocasión, declaró que Jesucristo era el ancla de su vida y el papa Francisco la ha homenajeado, al conocer su muerte, afirmando que había testimoniado una fe inconmovible. La sobria ceremonia fúnebre, celebrada en la catedral de San Gil en Edimburgo, capital de Escocia, transpiraba su cristocentrismo.

Imagen de Isabel II reflejada en un charco

La imagen de Isabel II reflejada en un charco en la concurrida plaza londinense de Piccadilly Circus

Bien conocían a su reina los que prepararon las lecturas, espléndidamente escogidas para la ocasión. La segunda lectura y el evangelio, tomados de la carta a los Romanos y del evangelio de san Juan, presentaban al Cristo de la fe, como seguro lo sentía la soberana, apoyada en la Palabra de Dios:

“¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? …  Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”(Rom 8, 35-39).

“No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.  En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar.  Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.  Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: ‘Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’. Jesús le responde: ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto'” (Jn 14, 1-7).

Vocación de servicio

La presencia de Jesús, vivida en el discurrir diario, consiguió que la reina Isabel también se convirtiera en presencia inquebrantable en medio de aquellos a quien debía servir. Siempre estaba allí donde la necesitaban, cumpliendo sus obligaciones reales con sencillez: en la representación política, en las obras sociales, en los eventos culturales y deportivos.

Por eso, el desempeño de su tarea, elogiosamente valorada por la gran mayoría de sus ciudadanos, se convirtió en un servicio incondicional a los suyos, dando continuidad al empuje al Imperio británico a partir de la II Guerra Mundial hasta hoy. Ese imperio que en la actualidad está en franco declive.

Nunca dejó de estar al lado de su familia, que le dio muchas alegrías, pero también demasiados quebraderos de cabeza, sobre todo los hijos, sin perder jamás la compostura debida. Sabía que era “la reina del pueblo” y en el fiel desempeño de su cometido tuvo que hacer grandes sacrificios ya desde su juventud.

Funeral de Diana

Quizá el más heroico aconteció, cuando murió en accidente de coche la que había sido su nuera. Aunque, como ella en conciencia pensaba, lo mejor hubiera sido celebrar tan solo un funeral privado, aconsejada por su primer ministro, cedió a las pretensiones del pueblo, que en ocasiones toma posturas equivocadas, pero que no queda más remedio que corresponderlas para evitar males mayores. La historia juzgará quien de verdad obraba debidamente.

Tuvo faltas y pecados, algunos no pequeños, como todo ser humano; pero ahora no procede recordarlos. Escribo el jueves 15 de septiembre, cuando aún no se ha celebrado su funeral de Estado, que va a romper todos los récords. Pienso que ella no hubiera querido la multiplicación de homenajes, que se le están tributando, pero los hubiera permitido. Hechos sin duda con la mejor de las intenciones, resultan excesivos, pomposos y cansinos.

Inhabitada por la Trinidad

Pero la reina Isabel de los 70 años de gobierno se encuentra en estos momentos en otra dimensión: la dimensión de la paz eterna. Inhabitada por la Trinidad, confío que ya se encuentre en los brazos misericordiosos del Padre, para quien todos somos iguales en cada singularidad propia; el Hijo le habrá mostrado la morada que le corresponde, distante de los criterios de este mundo; y el Espíritu Santo la habrá ungido con el aceite de la felicidad, que no pudo alcanzar aquí a pesar de su altísima posición.

Mientras la sociedad recuerda su persona con creciente admiración, nuestra fallecida se encuentra ahora dichosa en compañía de la Virgen María, los santos y bienaventurados en el cielo. Esa es mi esperanza.