Tribuna

El poder como servicio

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Hace casi tres mil años, un poeta ciego cantó el regreso de un rey a su isla. En apariencia, la Odisea narra una aventura de monstruos, tormentas y añoranza. Pero bajo esa superficie corre una enseñanza que atravesará el tiempo hasta encontrarse, siglos después, con una verdad revelada: el poder que se ejerce como dominio termina destruyéndose a sí mismo; el poder que se ejerce como servicio permanece.



Los griegos llamaron a esa destrucción némesis, castigo divino a la hybris, la soberbia que rompe la medida humana. La tradición crisriana, sin necesitar ese vocabulario, reconocerá más tarde en la soberbia el pecado capital del que nacen todos los demás, y en el servicio la forma verdadera de la autoridad.

En el pensamiento ético de la Grecia arcaica, el cosmos era concebido como un orden regulado por leyes divinas intocables. En el centro de este entramado ético se situaba la hybris, un concepto que trasciende la simple arrogancia moral para constituir una falta grave contra la díke o justicia cosmogónica.

La hybris implica que un mortal sobrepasa sus límites naturales, desafía la autoridad de los dioses o vulnera los códigos sagrados de la convivencia humana, como la xenia u hospitalidad. En la Odisea, la soberbia más allá de ser un rasgo psicológico de los personajes, será el principal motor dramático y teológico que desencadena la ira divina y la ineludible némesis, es decir, la retribución o castigo divino.

La soberbia castigada en la Odisea

El caso más obvio lo encarnan los pretendientes de Penélope. Durante veinte años ocupan el palacio de Ulises, consumen su hacienda, cortejan a la fuerza a su esposa y maltratan a los siervos. No son serán malos huéspedes, además, usurpan una autoridad que no les pertenece, actúan como si el poder fuera un botín disponible para el más audaz.

Homero es explícito en que su crimen central es la violación de la hospitalidad que en el mundo griego era ley sagrada custodiada por Zeus mismo. Cuando finalmente son masacrados, el poema no presenta esto como venganza personal, sino como restitución de un orden que ellos mismo quebrantaron por soberbia.

El propio protagonista, el hombre más astuto de la guerra de Troya, paga durante una década el precio de un momento de orgullo. Homero parece decirnos que ni siquiera la inteligencia más admirable salva de la soberbia; al contrario, la hace más peligrosa, porque el soberbio inteligente encuentra siempre razones para justificar su vanidad.

Hombre

En la tragedia de Sófocles, Creonte, rey de Tebas, se niega a que Antígona sepulte a su hermano y convierte su decreto político en ley absoluta, por encima incluso de las leyes no escritas de los dioses. El coro le advierte con claridad que gobernar bien exige escuchar consejo, no imponer la propia voluntad como si fuera divina.

Eurípides, en Las bacantes, presenta a Penteo, rey que se cree por encima de los dioses y del pueblo, incapaz de reconocer un poder que no controla, y termina despedazado por su propia arrogancia. La soberbia fue duramente cuestionada en la Grecia clásica.

El servicio como forma verdadera del poder

La Iglesia católica da nombre teológico a lo que los griegos intuían moralmente. La soberbia es, desde los primeros siglos del cristianismo, considerada la raíz de todos los pecados. Será el pecado del ángel que se creyó igual a Dios, y es también, según san Agustín, la fuerza que organiza toda ciudad terrena construida sobre el amor de sí hasta el desprecio de Dios y del prójimo.

Santo Tomás de Aquino explicará después que la verdadera autoridad política no es dominio sobre las personas como si fueran cosas, sino un servicio ordenado al bien común, del cual el gobernante debe rendir cuentas ante Dios.

Cuando los apóstoles discuten quién será el mayor entre ellos, Cristo no responde con un discurso sobre jerarquías legítimas, sino invirtiendo por completo el criterio del mundo; es decir, quien quiera ser primero deberá hacerse servidor de todos, porque el mismo Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir. María, en el Magníficat, cantará que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

La advertencia de Homero, confirmada y elevada por la fe católica, es muy clara: ningún poder humano es absoluto, ni siquiera el más legítimamente obtenido. El político que gobierna para su propia gloria y no rendir cuentas a nadie, para tratar a los ciudadanos como recursos o como súbditos en vez de personas a quienes debe servir, está sembrando su propia caída, aunque tarde en llegar. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris