Tribuna

¿Cómo vivir la fe a distancia en un tiempo siempre nuevo?

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Pasamos la vida buscando a Dios, creyendo que está en los grandes acontecimientos, esos que producen un gozo enorme, un ruido tan grande que tienen que abrir todos los telediarios del mundo y aparecer en las portadas de los mejores periódicos. En realidad, esta es la lógica del ser humano, muy lícita, por cierto, si pensamos desde los valores que nuestra sociedad proponía hasta ahora: éxito, buena fama, individualismo…



Pero los cristianos sabemos que Elías experimentó a Dios en la brisa suave. Pasó un huracán, pasó un terremoto, pasó el fuego… pero allí Dios no estaba…

Cuando comenzó esta pandemia muchas personas se preguntaban: “¿Dónde está Dios?“. Una pregunta muy humana, sobre todo cuando el dolor desgarra los corazones. ¿Dónde está Dios? …

Dios nos encontró confinados, volviendo a nuestro ser, enfrentándonos a nuestros miedos y al vacío para hacernos ver que Él sigue presente enseñándonos que la esperanza camina por nuestras calles y habita siempre en nuestro INTERIOR…

Una realidad que nos supera y nos reta

En este contexto de pandemia y de fe, son diversas las situaciones que vivimos, más allá de los miedos y precauciones que cada una/o decida y pueda tomar, hay circunstancias que se presentan de manera arbitraria a nuestra vida y nos empujan a actuar de un modo que no siempre es el mejor.

Esta situación de cuarentena ha develado qué es lo más significativo en nuestra vida o a qué le damos mayor importancia, nos ha mostrado nuestros miedos y cómo los canalizamos, cómo actuamos frente a ellos, lo que somos capaces de hacer por aquellas personas a quienes queremos aún en detrimento de nuestra seguridad; la cuarentena nos ha exigido llegar a acuerdos cotidianos, domésticos y comunitarios para vivir esta experiencia de la mejor manera.

Sin embargo, para muchas familias, esta experiencia de confinamiento se va transformando en mayor violencia, estrés, angustia y otros sentimientos y actitudes, que no siempre se expresan adecuadamente. En fin, la pandemia nos ha mostrado nuevos caminos para humanizarnos o también, otras formas de deshumanizarnos. Desde esta perspectiva, de esta reflexión aborda las siguientes realidades: efectos del miedo; personas que viven solas; violencia intrafamiliar; personas que viven del día a día; secuelas en el medio ambiente y la ecología; vivencia de una fe a distancia.

Una realidad que nos abre a la Fe renovada

Si bien constatamos este tipo de situaciones entre otras tantas, vemos además que esta cuarentena ha permitido redescubrirnos en otras facetas más esperanzadoras y humanizadoras que despiertan sueños y motivan a vivir con una Fe activa, aun a la distancia. Entre ellas están:

  • Sentir empatía por el/a otro/a nos ha hecho salir de nosotras/os mismas/os, conocer a nuestras/os vecinas/os, preguntar si alguien vive solo, si alguien tiene necesidades, y también compartir algo.
  • Valoramos las cosas sencillas e importantes: “el estar” para una/o misma/o y para el/a otro/a; se disfruta del silencio y también de las conversaciones largas; el contactarse con viejas amistades y sentir la necesidad de expresar nuestros sentimientos, de decir un “te quiero” o un “cuídate” desde el corazón.
  • Lo virtual nos está abriendo a nuevos conocimientos y estilos de vida, a otros modos de comunicarnos y relacionarnos; por lo tanto, nuestras actitudes, sentimientos y pensamientos también se renuevan.
  • Vivir y rescatar nuestra fe cristiana como “Iglesia doméstica”. En estos tiempos y especialmente en Semana Santa, se ha fortalecido y animado a las familias para orar y compartir la Palabra de Dios, ofreciendo guías de oración y celebración, desde distintas realidades, espacios y medios.

cruz, agua

Es así como nos descubrimos en nuestras nuevas facetas, conocemos más a quien vive a nuestro lado, y crecemos juntas/os. Son horas, días, meses acumulando experiencias encontradas, que revelan nuestro ser vulnerable, que nos llevan a replantear proyectos, mirar hacia lo fundamental, repensar y re-crear la vida, buscar a Dios, ponernos en sus manos y preguntarle ¿hasta cuándo Dios Padre? ¿cómo saldremos de esta crisis? ¿cómo dejarnos renovar y aprovechar la nueva oportunidad?

Si a veces Dios parece callarse, alejarse de este mundo, desinteresarse de lo que viven los seres humanos, también parece estar tan presente y caminando junto a la humanidad y su historia como lo hizo aquel peregrino con los discípulos que se dirigían a Emaús (cf. Lc 24, 13-35). Como signo de los tiempos, la pandemia cuestiona y además estimula nuestra vivencia de los valores del Evangelio en diversas dimensiones. “Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hijos y de hermanos”.

Conclusión

Un virus, nuestro Dios, y la vida, nos abren a una experiencia diferente, de tiempo nuevo.

Como se dijo desde el inicio, este tiempo, nos abre a nuevas búsquedas, relaciones, estilos de vida, interpretaciones, espiritualidades… en sí, a nuevas exigencias y desafíos. Mientras intentamos reconocer a Dios en toda esta realidad que ha afectado a gran parte del mundo, también brotan muchos pensamientos, sentimientos y actitudes esperanzadoras.

Mirando el presente y hacia adelante, seguimos interrogándonos ¿hacia dónde se dirigen nuestros pies, nuestra mente y nuestro corazón? Nos damos cuenta que todo nuestro ser está clamando humanización en el modo de vivir, de creer, de amar, de organizar nuestra vida, de relacionarnos y de caminar como personas.

La pandemia evidenció cuán débil es la importancia y el sentido que tiene la vida en nuestras sociedades; si ésta siempre hubiese sido valorada, respetada y protegida desde todas las instancias, la reacción hubiese sido distinta. Sin embargo, es esta misma fragilidad, impotencia y escasez de recursos, junto a un debilitado sistema de salud… lo que nos posibilita creer que es posible ser otra persona, otra familia, otra sociedad, junto a otro universo, constituidos en base a valores fundamentales como: la solidaridad, el respeto mutuo, el sentido común, procurar el bienestar del otro y, sobre todo: colocar la VIDA por encima de todo (cf. Jn 10,10). Una vida que no solo es humana, sino también cósmica, interrelacionada, integrada, armónica… conscientes de convivir y de comulgar con un universo sagrado/divino, fortaleciendo nuestra fe aun a distancia y en un tiempo siempre nuevo.

Del tiempo de la experiencia, al tiempo de concretar nuevos modos de vivir el día a día.

Del cuerpo que experimenta ansiedad, al cuerpo que ha aprendido a esperar, a no quererlo todo ahora.

Del corazón endurecido por momentos, indiferente y silenciado, a un corazón amante, solidario y fraterno.

De espacios cerrados, a espacios abiertos para el encuentro, para abrazar, para bendecir, para celebrar.

De liturgias y eucaristías con ritos rígidos unidireccionales trasmitidos por la TV, Facebook y otras redes, a otras más existenciales e interactivas como las que se hacen posible a través de plataformas que permiten mayor participación y que se complementan con los gestos de la fracción del pan cotidiano que se vive en los hogares, desarrollando así actitudes eucarísticas en la vida, que nos ayuden a celebrar creativamente y asumir las nuevas circunstancias, los nuevos aprendizajes.

De personas que teníamos todo claro y definido, a ser personas más humildes y sencillas, necesitadas del/a otro/a, de lo otro (cosmos) y del Misterio.

De tiempo de oportunidades para nuevas relaciones, de cambios para re-crear la vida, de opciones concretas para humanizarnos; no es solo tiempo de un virus sino tiempo del Dios-Misterio, “de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás [… pues] descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos” y juntas.

 

Bibliografía:

  • Escobar, Oswaldo Aguilar, “Manual de discernimiento Teresiano”.
  • Stein, Edith. “La estructura de la persona humana”.
  • Obras completas de Santa Teresa de Jesús, Ed. ABA.
  • Ruíz, Salvador Federico, “Caminos del Espíritu”, Ed. De Espiritualidad.