Tribuna

Amando la Eucaristía

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A Mariela y al Mater Salvatoris

El pasado mes de enero, Dios me brindó la oportunidad de ver el documental Dios sobre todo que recoge la vida y obra de la Madre Félix Torres, fundadora de la Compañía del Salvador y de los colegios Mater Salvatoris. Mi esposa me acompañó a verlo.



Un hermoso documento que promueve la santidad. Cuando regresábamos a la casa, pensé que mi esposa me preguntaría algunos detalles de la vida de la Madre o algunos datos sobre el colegio. No, ni una cosa ni la otra. Solo me dijo que si realmente tuviéramos consciencia de lo que ocurre durante la Eucaristía nuestra vida sería otra totalmente distinta.

Para mi esposa, la vida y la obra de la Madre Félix fue un camino para comprender el misterio de la Eucaristía. La Santa Eucaristía es la flor entre todas las flores. Solo aquí he sentido, siendo lo más bajo de toda la Creación, la dulce brisa de la cima de todo lo creado. Aquí brilla con más esplendor el sol sobre todo el jardín. Todo se fusiona en un fuego que no quema, esa llama de amor viva que cantó San Juan de la Cruz.

Una emoción tan particular que, en este momento que reparo en ella mientras escribo, me trae el recuerdo unas líneas que Teilhard de Chardin acomodó amorosamente en las páginas de su Misa sobre el Mundo: «Ya que, una vez más, Señor, como en los bosques del Aisne, también en las estepas de Asia, no tengo ni pan, ni vino, ni altar, me elevaré por encima de los símbolos hasta la pura majestad de lo real, y te ofreceré, yo que soy tu sacerdote, sobre el altar de la tierra entera, el trabajo y la pena del mundo».

Eucaristia

La Eucaristía es cincel y martillo

Para nuestra Madre Félix, la Eucaristía fue algo fuerte, íntimo, vital y definitivo. Lo que he expuesto en palabras, en ella fue una realidad que modeló toda su vida. La Eucaristía fue cincel y martillo. Ella se escapaba cada vez que podía de algunas obligaciones temporales para acudir a los pies de su Señor.

Siempre le preguntaba si sería en todo momento Suya, y esta es una pregunta que no solo hacía siempre, sino que, al hacerlo, empeñaba cada segundo de su ser aquí-ahora al amor de Jesús Eucaristía. Un ritual muy personal a través del cual, parecía renovar constantemente sus votos, no religiosos, sino existenciales.

Frente a Jesús Eucaristía, podía pasar horas enteras con tal entrega que el hambre y la sed no lograban alcanzarla o, al menos, no quebraban los lazos tejidos durante esos encuentros. No puedo afirmar que se desconectara de la realidad porque, es lo que creo, no hay momento en el cual podamos estar más conectados a la realidad que, precisamente, cuando estamos frente a Él.

Cuando leo episodios sobre la Madre Félix vinculados con la Eucaristía, me viene a la mente la experiencia de Monseñor François Xavier Van Thuan, sacerdote vietnamita, que transformó su vida en testimonio vivo del amor vivo de Jesucristo. Un sacerdote con una fuerza espiritual sólida como la cruz del Señor, pero una cruz cuyo sentido pleno es el amor y la resurrección, que tuvo que lidiar hasta el dolor extremo contra gobiernos brutales, totalitarios, corruptos y criminales.

Jueves Santo de 1922

El amor a la Eucaristía parece haber estado presente siempre en ella, pero despertó a la radicalidad del amor el Jueves Santo de 1922, es decir, contaba con unos 14 años. Cuenta cómo, ese día, recibió una gran gracia del Señor. Ese día, ella descubrió cuánto la amaba Jesús; ese día ella nació a la conciencia de saberse amada. Escribe: “Abrí bien los ojos, quise cerciorarme bien de aquello que veía, pero aquella llama sin contornos, dorada y luminosa, quieta y penetrante en mi espíritu, no era fuego de la tierra; era fuego celestial que abrasaba a mi alma. Con un conocimiento pleno, con una luz extraordinaria de lo que hacía, irresistible y dulcísimamente atraída por el Señor, me ofrecí a Él para siempre”.

Estas líneas me ayudaron a mí a abrir los ojos a una realidad que se me hacía esquiva. La realidad de la Eucaristía “contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (Catecismo, 1323). En ella, por medio de ella, “nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos” (Catecismo 1326). Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.


Por Valmore Muñoz Arteaga. Profesor y escritor del Colegio Mater Salvatoris. Maracaibo – Venezuela