Para responder a esta pregunta, habría que hacer una extensión más generalizada: ¿Qué está pasando en el mundo? Las noticias nos bombardean cada día con matanzas en colegios e iglesias en EEUU, violencia en el mundo, guerras, agresividad, inestabilidad en la sociedad y en la política en general, denuncias por maltrato, y abusos de todo tipo sobre toda clase de personas…. Vivimos tiempos muy convulsos, y la Iglesia, aunque sostenida por Cristo, la formamos nosotros que estamos insertos en esta cultura y en este mundo que nos ha tocado vivir.
- ¿Todavía no sigues a Vida Nueva en INSTAGRAM?
- WHATSAPP: Sigue nuestro canal para recibir gratis la mejor información
- Regístrate en el boletín gratuito y recibe un avance de los contenidos
Los abusos en la vida religiosa en particular han abierto una discusión más amplia sobre la necesidad de supervisión en comunidades religiosas, la necesidad de lo que en el mundo anglosajón llaman “accountability” o rendición de cuentas, y la importancia de garantizar la integridad y el bienestar de los miembros de estas congregaciones.
Es intolerable
El abuso, ya sea espiritual, moral, afectivo, psicológico o sexual, es un CRIMEN. Aun así, no hay aún en la Iglesia la reacción sana y natural que lleva a uno a dar un puñetazo en la mesa y gritar: “¡Es que NO HAY DERECHO!”. Porque verdaderamente, NO LO HAY. Es intolerable que esto ocurra en nuestras familias y en nuestras comunidades. Y si aún no vemos esa reacción, es que nos falta, o experiencia (no se la deseamos a nadie) o formación. A quien no tenga experiencia, ofrezcámosle formación ¡por Dios!
Nos cansamos rápidamente de los tópicos, y lamentablemente, la palabra “abuso” se ha convertido en uno. Recordemos que se trata de “un mal uso”, y en contexto eclesial, constituye una traición a Cristo, que viene a darnos luz y a liberarnos de la mentira. “Para ser libres nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud” (Gal 5,1).
Destruye la dignidad
El abuso, en cualquiera de sus formas, destruye profundamente la dignidad humana y genera consecuencias devastadoras tanto físicas como emocionales. Debemos llamar a las cosas por su nombre, pues el control del lenguaje forma parte de la manipulación de la verdad. No estamos hablando de una mera interpretación subjetiva o “problemilla” psicológico que todos, al fin y al cabo, tenemos. Estamos hablando de un crimen, de un atentado contra la dignidad de la persona. No olvidemos que la objeción de conciencia constituye un derecho universal reconocido por todos los Estados civiles y por la Iglesia católica.
El abuso constituye un acto de profunda traición, especialmente cuando proviene de figuras de autoridad y de confianza, el abuso destruye el vínculo de confianza, no sólo con la persona abusadora, sino también con la comunidad que rodea a la víctima, y a menudo, lamentablemente, con la fe misma.
Violación personal
El abuso, en cualquiera de sus formas, es una violación de la persona, de sus deseos, de su vida íntima, de su conciencia, de su libertad, de sus opiniones, a favor de la comunidad, cuando la comunidad familiar o eclesial es la que debe estar al servicio del individuo, y no al revés. Recordemos que el abuso sexual, que es el que más nos escandaliza, está precedido por una abuso de poder, espiritual y moral sobre la víctima.
Algunos de los abusos que venimos leyendo durante años incluyen:
- Control mental y emocional: Exmiembros denunciaron que la superiora ejercía un control rígido sobre sus pensamientos y emociones, impidiéndoles establecer vínculos afectivos y utilizando el aislamiento para someterlas a su voluntad.
- Privación de derechos básicos humanos: En algunos casos, se limitaba el sueño y la alimentación de las monjas como forma de castigo o para mantenerlas en un estado de agotamiento que facilitaba el control psicológico.
- Castigos severos: Se han denunciado castigos extremos, como imponer largos periodos de silencio o de ayuno, aislamiento o tareas físicas intensas, humillaciones públicas, cambios frecuentes de comunidades para desestabilizar, para quienes no seguían estrictamente las reglas, cuestionaban a la Superiora o demostraban desobediencia.
- Manipulación espiritual: La superiora utilizaba enseñanzas religiosas y el concepto de sacrificio para justificar el maltrato. Este abuso de poder espiritual es particularmente grave en un contexto religioso, ya que las monjas dedicaban su vida a su vocación espiritual y, por tanto, confiaban en sus superiores.
- Invasión de la privacidad y control de correspondencia: En algunos casos, la superiora limitaba o interceptaba la correspondencia y comunicación excesivo con el exterior, incluyendo con sus familias, para mantener un control estricto sobre sus actividades y pensamientos.
- Creación de un entorno tóxico: Las exmonjas también denunciaron un ambiente de miedo, manipulación, secretos y represión, donde era difícil cuestionar las acciones de la superiora debido a las repercusiones que esto podría traer.
Lucha diaria
Nuestras comunidades deben ser espacios protegidos, espacios sanos donde sea natural refugiarnos de la lucha diaria. En la Iglesia no debe haber ningún espacio para el abuso, y sin embargo, ¿qué está pasando en la vida religiosa? Martin Luther King comentaba en un sermón sobre el Buen Samaritano, que la crisis muestra lo que hay en el corazón de cada uno. El sacerdote y el levita que pasan de largo se preguntan: “Si me paro a ayudar a este hombre, ¿qué me pasará a mi?”. En cambio, el Buen Samaritano se pregunta: “Si no me paro a ayudar a este hombre, ¿qué le pasará a él?” La crisis revela nuestras prioridades. Callar y pasar de largo ante una mentira o una injusticia es secundarla. Creo que Martin Luther King da en la clave de la crisis que nos ha tocado vivir y nos da el criterio clave para vivirla. Ahora bien, este criterio no es para aplicarlo a otros sino a uno mismo. No se trata de juzgar a los demás sino mirarnos cada uno en el corazón.
Desde luego, no hay derecho que estás cosas ocurran dentro de nuestras comunidades religiosas, y todos, no sólo obispos y sacerdotes, debemos arremangarnos, concienciarnos de lo que ocurre y responder de forma sana: “¡No hay derecho!”. Si aún no tenemos esa reacción, pidamos luz al Espíritu Santo por favor.
