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Pliego
Portadilla del Pliego nº 3.183
Nº 3.183

Y cuando salgamos, ¿qué?

Nos gustan los finales felices: que los buenos ganen, que los malos reciban un justo castigo… Lo vemos en muchas películas, lo vemos en la tradición teatral de la tragicomedia: tras muchas peripecias, los amantes encuentran la felicidad, al tiempo que los personajes secundarios y hasta los criados se emparejan entre ellos, de modo que puedan entonar juntos la vibrante canción final. Apoteosis, fiesta, alegría y danza.



Por eso, en la crisis provocada por esta pandemia aguardamos un final feliz: el virus ha sido vencido, las actividades se retoman, volvemos a nuestra vida, porque las restricciones nos han anquilosado y entristecido. Es preciso volver a ser los que éramos y disfrutar y reír. Y que la producción mundial se reanude, y colorín colorado…

También en la Biblia, a veces, encontramos un final feliz, precisamente tras una historia amarga y lacerante. Es el caso del libro de Job. Estamos ante un personaje al que el mismo Dios alaba: “Es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1, 8). Sin embargo, Satán consigue que Dios le dé permiso para poner a prueba a Job. Así, este pierde todo lo que era su alegría: su mujer, sus siete hijos y tres hijas, sus siete mil ovejas, tres mil camellos y quinientas yuntas de bueyes, sus quinientas burras y sus numerosos siervos (Job 1, 2-3). Era un hombre piadoso… y rico. El más rico de toda la gente de Oriente (Job 1, 3). Es bueno observar este detalle, porque incluso los países más ricos del mundo han sucumbido ante la terrible pandemia. Pero ante su desgracia, Job reacciona, bien es sabido, con paciencia: “El Señor me lo dio, el Señor me lo ha quitado” (Job 1, 21).

Sin embargo, esto no era todo. Después viene la enfermedad sobre él: su cuerpo se llena de úlceras malignas, desde la planta del pie hasta la coronilla; y se ve obligado a sentarse en el polvo (Job 2, 8-9). Y ahí empieza un recorrido dramático para Job. Un recorrido en el que acaba pleiteando con Dios como solo puede hacerlo un creyente que cree descubrir que sus sacrificios, rituales pulcramente aplicados, renuncias y exigencias han sido en vano, que su caridad no ha servido de nada, porque también a él le ha llegado la hora del dolor. De un dolor injusto, radical, sin explicación.

Pero la historia acaba bien. Nuestro protagonista sale adelante, tras pasar, no una cuarentena, sino una semana en un silencio atroz, en el que tres amigos le acompañan. Con estos amigos vivirá unas horas de tensa discusión, tratando de averiguar el porqué de tanto sufrimiento amargo. Y el punto final será la presencia misteriosa de Dios. De modo que Job acoge humildemente la acción de Dios en su vida, renueva su fe… y encuentra el final feliz.

Un final feliz con trampa. Porque resulta que el protagonista duplica sus posesiones (Job 42, 10). Y van a verlo sus familiares (¿dónde habrían estado hasta entonces?), que le regalan, cada uno, una moneda de plata y un anillo de oro (Job 42, 11). Y Dios le bendice especialmente, de modo que tiene catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras. Tuvo también siete hijos y tres hijas (Job 42, 12-13); en este orden lo cuenta el libro.

La trampa es que esos hijos e hijas, esas posesiones… no son las de antes, son nuevas. Sus hijos e hijas murieron, no volvieron a la vida. La “nueva normalidad” de Job se construye sobre un montón de cadáveres irrecuperables: hijos, criados, animales, riquezas… todo destruido. Cierto que llega el momento del nuevo enriquecimiento y la nueva plenitud familiar, pero es después de que su “primer mundo” ha desaparecido total y radicalmente.

Este final feliz de la historia del husita Job nos puede llevar a otros momentos de la historia de la salvación en los que podemos encontrar la presencia de dos rasgos comunes: se construye un momento mejor sobre el cimiento de la muerte de alguna o algunas personas (en algún caso, de casi todas las personas, menos ocho) y tiene alguna vinculación con fenómenos que suceden en la naturaleza, generalmente violentándola. (…)

En general, en todos estos momentos vemos en común la clave de la muerte, de la que surge una nueva vida; la clave de la naturaleza como instrumento o medio de una cosa y otra; y, en la mayoría, la clave de las riquezas materiales, como un factor a tener en cuenta. No es solo una historia espiritual, ni una historia de valores o contravalores (libertad, vida, pecado…). También cuenta lo material, lo económico y productivo. Todos estos factores –y más, lógicamente, pues nuestra realidad es muy compleja– están presentes también hoy.


Índice del Pliego

I. PARA SITUARNOS

Unos relatos bíblicos

Lo que estamos viviendo nosotros

II. Y CUANDO SALGAMOS, ¿QUÉ?

1ª línea de acción: opción por el medio ambiente

2ª línea de acción: estudiar la propuesta del decrecimiento

3ª línea de acción: tener en cuenta la política como una expresión de amor colectivo

4ª línea de acción: optar por una educación y una espiritualidad ecológicas

¿Cómo ponemos esto en práctica?

III. CONCLUSIÓN

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