La existencia cristiana es una vida en el Espíritu, que está presente y actúa en el mundo, en la Iglesia y en cada persona. Para pensar el sentido y el contenido de la vida cristiana, hay que mirar al Espíritu Santo, quién es y qué hace en el cristiano. En esta reflexión, vamos a centrarnos en lo que hace en el creyente, lo cual va unido a su acción en la Iglesia y en toda la historia de la salvación.
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El cristianismo es un acontecimiento teológico que tiene una concreción histórica en formas religiosas, éticas e institucionales. Implica la vida de la fe, la inserción en una comunidad, la celebración de los sacramentos, la oración, el comportamiento moral según el Evangelio, la visión cristiana de la realidad, el compromiso evangelizador. Esta estructura cristiana quedaría vacía si no estuviera movida por algo que se experimenta, algo que se siente y que alienta; es decir, la vivencia del cristianismo incluye una vitalidad que da sentido y hace real y vivo todo lo cristiano.
En el cristianismo hay vida, y sabemos que lo viviente no se deja manejar fácilmente. La vida entraña un misterio que la desborda. Si decimos que un ser es viviente, nos estamos refiriendo a una realidad que no hemos creado y no controlamos; hay algo que hace que tal ser viva, lo cual no depende de ese mismo ser ni de quien lo contempla. Hasta el momento, lo que es producto de la técnica artística o tecnológica tiene una diferencia radical de un ser viviente.
Una condición sagrada
Incluso aunque el origen de un ser vivo tenga que ver con acciones de bio-tecnología, sabemos que su existencia no viene de esas técnicas, sino que hay algo más allá del mismo viviente sin lo cual no es comprensible que sea un ser vivo. La condición de lo viviente no se deja controlar totalmente y tiene cierto carácter milagroso, como se percibe en el empezar a vivir, en el mantenerse en la vida y en el morirse. Todo ser vivo entraña una condición sagrada. La vida, entonces, se experimenta como un misterio que desborda y maravilla, y como un don que se acoge y se agradece.
En cierto modo, el cristianismo tiene el carácter de algo viviente, lo cual se concreta mediante la vivencia de los cristianos. Sin eso misterioso que hace vivir, no es comprensible ni el cristianismo ni el ser cristiano de los creyentes. Y esto lleva a preguntarnos por el dinamismo que hace vivir al cristiano y por la fuerza espiritual que llena de vitalidad las estructuras cristianas. En todo lo viviente se percibe un espíritu que hace vivir. En el cristianismo hay un Espíritu que infunde vida y hace que lo cristiano sea vital y sea vivido. El Espíritu de Dios es la raíz vital y la savia que dinamiza el ser cristiano.
Aliento creador
El Espíritu Santo aparece en la Escritura como el aliento de Dios que crea el mundo y al hombre (Gn 1,2; 2,7), hace que los seres tengan vida y los mantiene en la existencia: “Si escondes tu rostro, desaparecen, les retiras tu soplo y expiran, y retornan al polvo que son. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 104,29-30). El Espíritu hace ser, da vida e infunde vitalidad.
La creatividad es una de las características propias del Espíritu. Y ese poder creador tiene su base en la capacidad de novedad que es propia del amor. En el Espíritu, el Padre y el Hijo se relacionan y se aman; la vida de Dios tiene un dinamismo de amor, de comunicación y de alegría, que es posible por la acción del Espíritu Santo.
Por eso, cuando Dios crea lo que es distinto de sí, es el Espíritu el que, por así decir, sale del ámbito propiamente divino, hace ser lo diferente y le da vitalidad. Esta dinámica de vida permanece en la historia. Es el Espíritu quien toca el mundo para hacer presente el misterio divino y el que toca la carne para actuar en los hombres.
El tacto de Dios
En este sentido, el Espíritu tiene que ver con el tacto de Dios. El Espíritu Santo es la persona divina que toca lo no divino, infundiéndole vida y abriéndolo a participar en el misterio de Dios. No en vano, la acción del Espíritu está vinculada a la unción. Los ungidos son tocados por el Espíritu de Dios y así quedan capacitados para una misión.
Asimismo, la unción hace referencia a la bendición, al consuelo, a la fuerza de Dios. Esto se expresa también con las imágenes del aliento, de la caricia, del fuego, mediante las cuales se habla de cómo Dios toca a los hombres y actúa en la historia.
Uno de los primeros teólogos, san Ireneo de Lyon, hablaba de las dos manos del Padre para referirse a Jesús, el Hijo encarnado, y al Espíritu Santo. Según él, Dios no necesitaba de nadie para crear, y añade con cierto tono poético: “¡Como si él no tuviera sus manos! En efecto, junto a él siempre están presentes el Verbo y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu”.
Mano, brazo y dedo
La mano, el brazo y el dedo son símbolos que tienen una importante presencia en la Escritura para hablar del poder y de la acción de Dios en el mundo. Respecto a la acción del Espíritu, Jesús replica a los fariseos: “Si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,28). En la versión lucana de esta discusión, se dice “si por el dedo de Dios expulso los demonios” (Lc 11,20), considerando que el Espíritu es el dedo de Dios.
Precisamente aludiendo a esto, en el gran himno ‘¡Veni, creator Spiritus!’ se lo llama “dedo de la diestra del Padre” y, tras invocarlo como el que “enriquece las gargantas con palabras”, se pide su acción en el hombre: “Enciende luz en los sentidos, / infunde amor en los corazones, / fortaleciendo con tu auxilio continuo / la debilidad de nuestro cuerpo”. Se trata de acciones en las que se toca la carne del hombre, para que reciba palabra, luz, amor, fuerza.
Juan de la Cruz
Con gran belleza literaria y espiritual, san Juan de la Cruz utiliza esta simbología del toque de Dios en las canciones de ‘Llama de amor viva’. En la segunda dice: “¡Oh cauterio suave! / ¡Oh regalada llaga! / ¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado, / que a vida eterna sabe, / y toda deuda paga!; / matando, muerte en vida la has trocado”. En la explicación, el santo de Fontiveros aclara que “esta llama de amor es el espíritu de su Esposo, que es el Espíritu Santo, al cual siente ya el alma en sí”.
El Espíritu Santo toca la realidad del mundo y de los hombres, por lo que se puede percibir como el tacto de Dios. La idea de tacto se refiere a un significado corporal (tocar) y a un sentido relacional (sensibilidad para tratar con otros, mirar y dejarse afectar). El “toque delicado” está llamado a mostrar el cariño, la ternura y el cuidado del amor. Cuando expresa el amor de Dios, “a vida eterna sabe”. En realidad, más que la palabra, lo propio del Espíritu consiste en tocar y hacer sentir, lo cual tiene que ver con la experiencia. Gracias al Espíritu, el hombre hace experiencia de Dios. (…)
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Índice del Pliego
1. LA VITALIDAD CRISTIANA
2. EL TACTO DIVINO
3. EL DON DE DIOS
4. EL DINAMISMO ESPIRITUAL
- a. Unión con Jesús
- b. Comunión
- c. Libertad
- d. Acción discreta
5. LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
- a. Palabra de Dios
- b. Oración y liturgia
- c. Comunidad eclesial
- d. Misión en el mundo
CONCLUSIÓN
