Evangelio: Juan 14,15-21
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».
Comentario
El texto presenta el primero de los «cinco anuncios» de la venida del Espíritu en el evangelio de Juan. El Espíritu Santo «Defensor», el amor del Padre y la presencia de Jesús en el creyente son los dones que nos promete. Solo el evangelio de Juan da al Espíritu Santo el nombre griego de «Paráclito», término que tiene que ver con la «defensa» de los débiles; es nuestro «procurador», «intercesor»; pero, sobre todo, tiene que ver con el estímulo, ayuda y luz en el proceso interno de la fe, de ahí «consolador». Jesús no nos «desampara», porque no nos abandona, pues el Espíritu es su Presencia en nosotros; promete su próximo regreso: «Volveré». En el Antiguo Testamento es Dios quien promete estar con su pueblo, «no tengas miedo, yo estoy contigo», en lo que se conoce como «promesa de presencia». En el Nuevo Testamento, Jesús realiza la promesa de su regreso y de su presencia salvífica por medio del Espíritu Santo. El discípulo debe vivir ya esta presencia en la observancia del amor. De la misma forma que el judío que ama a Dios respeta sus mandamientos, Jesús nos recuerda también que su discípulo, que le ama, observa también sus mandamientos. La muerte de Jesús no supone un corte discontinuo entre un antes y un después que no tengan nada que ver. No se trata de una orfandad, siempre terrible y en muchos casos traumática. Jesús tiene
que marcharse, pero promete su presencia viva y vivificadora. Sus enseñanzas hay que escucharlas y sus mandamientos hay que guardarlos. El mundo, como adversario, aparece continuamente en el evangelio de Juan; por eso mismo el Espíritu es Defensor garante de la verdad. En nuestro caminar en la Iglesia y con la Iglesia seguimos arraigados en Jesús y en su Evangelio, al mismo tiempo que pedimos con insistencia la asistencia del Espíritu. Caminamos con sentido y protegidos.
