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El trabajo invisible

El trabajo invisible

Cuando León XIII publicó la ‘Rerum novarum’ en 1891, el trabajo se convirtió por primera vez en un elemento central de la reflexión social de la Iglesia. El escenario de los conflictos era la fábrica donde se reproducía un modelo explotación, el trabajo inhumano de la Revolución Industrial. Era allí donde se medía la dignidad de las personas y se juzgaba la justicia –o injusticia– de un sistema económico. En este contexto, las mujeres aparecieron en una posición ambivalente. Eran sujetos que proteger y, a la vez, una fuerza de trabajo necesaria, pero problemática. Estaban llamadas a sostener simultáneamente la producción y la reproducción y el salario y la familia. La ‘Rerum novarum’ las menciona con palabras que hoy parecen lejanas, pero que han marcado el imaginario social: “No es racional imponer a una mujer o a un niño un trabajo acorde con un hombre alto y robusto. […] Ciertos tipos de trabajo no son adecuados para las mujeres, que están hechas naturalmente para el trabajo doméstico, que protege en gran medida la honestidad del sexo débil y tiene una correspondencia natural con la educación de los hijos y el bienestar del hogar”.



Es una visión hija de su tiempo, pero permeada por una tensión que se extiende a lo largo del siglo XX y continúa hasta nuestros días. A lo largo de las décadas, el trabajo femenino ha adoptado formas múltiples y ambivalentes: remunerado y no remunerado, visible e invisible, público y doméstico… No es una anomalía, sino una característica estructural de la forma en que la sociedad separa lo que reconoce como “trabajo” de lo que confía al amor, el deber o la vocación. También en las instituciones eclesiásticas, una parte significativa de la vida cotidiana se basa en el trabajo femenino, no pocas veces una aportación decisiva, no siempre definida como tal, sino más bien como “servicio”.

En términos de conciliación de la vida laboral y la personal –desde horarios flexibles hasta permisos parentales y acceso a servicios– algunos países han adoptado políticas consideradas más avanzadas. Un siglo después de la ‘Rerum novarum’, la promesa de conciliación sigue en gran medida incumplida ya que, sin servicios adecuados, gratuitos o accesibles, sigue siendo un concepto abstracto. En Italia, por ejemplo, aproximadamente el 20 % de las mujeres abandonan el trabajo después de tener su primer hijo, sobre todo entre las menos favorecidas; en Japón, existe el permiso parental, pero la cultura laboral dificulta su disfrute; en Estados Unidos, muchas familias carecen de acceso a los servicios públicos para asistir a las personas mayores, por lo que esta tarea recae en sus hijas y nietas.

Los cuidados

Aquí, cobra protagonismo la cuestión de los cuidados, una de las principales contradicciones de la sociedad contemporánea. Es un trabajo esencial, aunque no remunerado ni reconocido, invisible en las estadísticas y, a menudo, considerado una simple cuestión añadida. Es una actividad continua, que requiere habilidades y tiempo, pero que sigue marginada por las protecciones y políticas públicas. Esta carga recae principalmente sobre las mujeres, quienes se encargan de más del 70 % del cuidado familiar no remunerado, una tarea que va desde el cuidado de los niños hasta el de los ancianos y las personas con discapacidad. Durante siglos, este sistema se mantuvo inmutable porque se daba por sentado. Hoy, muestra sus grietas y solo ha sido parcialmente sustituido por la mercantilización de los cuidados que resuelve los problemas de una forma parcial y menos humana.

Mujeres

En la década los 70, mientras un sector del feminismo identificaba el trabajo remunerado como la principal vía de emancipación, otra corriente planteaba una pregunta más radical: ¿por qué el trabajo doméstico no se reconoce como trabajo y es gratuito? Esto dio origen al movimiento “salario para el trabajo doméstico”, activo en Europa y Norteamérica, que denunciaba la explotación en el desarrollo de las actividades consideradas como “naturales”. Cocinar, limpiar, cuidar y educar no son solo actos de amor, sino trabajo no remunerado que, paradójicamente, posibilita el trabajo de otros. En Italia, surgió una reflexión paralela también en el mundo católico.

En la década de los 80, se fundó el Movimiento de Amas de Casa Italianas (MOICA), de inspiración cristiana, que afirmaba el valor del trabajo familiar, denunciaba la asimetría que atribuye la responsabilidad principal del cuidado a las mujeres y exigía protección y derechos. Con el tiempo, el magisterio de la Iglesia también reformuló su postura. Juan Pablo II, en ‘Laborem exercens’, reconoció la importancia del trabajo femenino, afirmando no solo su derecho a trabajar y alcanzar el éxito profesional, sino también la legitimidad de elegir dedicarse a la familia sin penalizaciones. Benedicto XVI, en Caritas in veritate, subrayó la necesidad de “un trabajo que, en cada sociedad, exprese la dignidad esencial de cada hombre y mujer”. El Papa Francisco utilizó un lenguaje más directo: “¿Por qué se da por sentado que las mujeres deben ganar menos que los hombres? ¡No, tienen el mismo derecho! La desigualdad es un escándalo”.

Desigualdad salarial

La historia de la igualdad salarial gira en torno a la lucha de las mujeres católicas. En Italia, desde principios del siglo XX, asociaciones como la Unión de Mujeres Católicas y, desde la Segunda Guerra Mundial, el Centro Italiano de Mujeres, han exigido el reconocimiento económico y profesional del trabajo femenino, tanto dentro como fuera de la Iglesia. En otros países, los movimientos obreros de mujeres católicas han iniciado una reflexión sobre el valor del trabajo remunerado y el cuidado, un tema en el que muchas teólogas feministas aún insisten. En los últimos años, esta reflexión se ha visto enriquecida por estudiosas religiosas que han situado el trabajo femenino en el centro del debate sobre la justicia social y la responsabilidad ética de las empresas.

Economistas y filósofas como la salesiana Alessandra Smerilli, secretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral; la dominica Helen Alford, presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales; y la hermana de la Asunción Cécile Renouard, presidenta del Campus de la Transition, ponen de relieve la necesidad de repensar los modelos económicos basados en las relaciones, el bien común y la equidad. Estas no son excepciones, sino más bien un signo de una presencia femenina que apoya el trabajo y desarrolla una línea de pensamiento.

Dentro de las instituciones eclesiásticas, la cuestión sigue abierta. En muchas parroquias y organizaciones, el funcionamiento diario depende en gran medida del trabajo de las mujeres, que suele ser voluntario o mal remunerado, rara vez reconocido en los procesos de toma de decisiones. La línea entre la libre elección y la expectativa implícita es delgada, y el lenguaje del “servicio” corre el riesgo de legitimar una distribución desigual de la responsabilidad y el reconocimiento.

“Las mujeres solo alcanzarán la verdadera igualdad cuando los hombres compartan con ellas la responsabilidad de criar a la próxima generación”, afirmaba Ruth Bader Ginsburg (1933-2020), magistrada de la Corte Suprema de Estados Unidos e icono de la lucha contra la discriminación de género. Esta frase cambia el punto de vista: el problema no se limita a los salarios, sino a la redistribución del tiempo, el cuidado y la responsabilidad. Ginsburg contribuyó a inspirar la Ley de Salario Justo Lilly Ledbetter, la primera ley firmada por Barack Obama el 29 de enero de 2009, dedicada a Lilly Ledbetter (1938-2024), símbolo de la lucha contra la brecha salarial de género.

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