Enrique de Ossó (Vinebre, 1840 – Gilet, 1896) fue sacerdote, pedagogo, catequista, teresianista, escritor, profesor, activista social y fundador de diversas asociaciones. Entre ellas, la más significativa, la Compañía de Santa Teresa de Jesús (1876), cuya historia hunde sus raíces en la experiencia espiritual de Enrique. De formación tradicional en tiempos de grandes transformaciones y aparentemente destinado a una vida tranquila de párroco rural, el futuro fundador se embarcó en una aventura espiritual y de liderazgo que dejó una marca indeleble en la Iglesia y la sociedad de su tiempo.
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En este hombre polifacético confluyeron un carácter excepcionalmente inquieto, activo y comprometido con su momento histórico, junto con una experiencia de Dios regeneradora y creativa que se proyectó tanto en su vida cotidiana como en su acción apostólica.
Desde su juventud, Enrique había desarrollado una mística de encuentro con Dios en la vida, un “vertiginoso torbellino”, que tenía su contrapunto en el ansia de soledad con un Jesús radicalmente humano que era para él descanso, paz, elemento nuclear y sostén de su actividad.
El amigo verdadero le impulsaba a poner los ojos en el centro para salir de sí, mientras ambos caminaban en una unión de objetivos vitales, “los intereses de Jesús”, de comportamiento y de sentimientos: “Pensar como Cristo Jesús, sentir como Cristo Jesús, amar como Cristo Jesús, obrar como Cristo Jesús, conversar como Cristo Jesús, hablar como Cristo Jesús, conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo es nuestra ocupación esencial”.
Encuentro con Teresa
Este itinerario culminó en la denominada gracia teresiana en el verano de 1872, en el Desierto de las Palmas. Allí, la experiencia cristocéntrica de Enrique se encontró ya para siempre con la de Teresa de Jesús. La Santa lo cautivó con su pasión por Jesús, la fuerza de sus palabras y de sus obras, su confianza total en aquel que movía sus caminos. Así estas dos formas de ser y de amar tan diferentes se acabaron fundiendo en una nueva forma de vivir y de entender la misión.
A partir de ese momento, el don del carisma teresiano se configuró sobre la dialéctica oración/acción. La identificación con Jesús se fue integrando con la vocación más genuina del sacerdote: “Quiero ser maestro”. Así, el deseo de transformación social, fundamento apostólico de Enrique, tomó forma desde una vivencia luminosa del camino de las Moradas en la humanidad, en los acontecimientos de cada día, en la sociedad herida y amada por Dios.
Los escritos de Enrique introducen la metáfora del árbol cuyas raíces son la realidad, donde sus obras teresianas están plantadas. La savia es la oración/relación con Jesús, que conlleva la preocupación por sus intereses. Los frutos, las diferentes creaciones: ‘Revista Teresiana’, Rebañito (Amigos de Jesús), Archicofradía Teresiana (MTA), Compañía de Santa Teresa de Jesús, Hermandad Teresiana Universal…
Para llevar a cabo su plan, Enrique confió en principio en dos colectivos sin lugar en la Iglesia: la mujer y el laicado. De ahí surge la Archicofradía de Hijas de María y Teresa de Jesús (hoy MTA), una obra que pretendía cambiar el mundo mediante los valores humanos y espirituales de Teresa, vividos por las mujeres en la vida cotidiana. La organización se extendió rápidamente por toda la geografía española, señalando la vitalidad de una idea que estaba naciendo.
La educación
La Archicofradía, en cambio, no había desarrollado al completo el carisma, puesto que faltaba aún una última tesela en el mosaico: la educación. Gracias al contacto de una maestra de Tarragona, Magdalena Mallol, Enrique llegó a una formulación que cambiaría su vida: teresianas y maestras. Este fue el germen de la Compañía, una congregación ideada como una avanzadilla de la Archicofradía.
Las dos asociaciones se complementaban y alimentaban, engarzadas en un plan apostólico global. La Compañía, en poco tiempo, se convirtió en la rama más vital, más creativa, más fuerte de este árbol. También en la que consumió más recursos, más tiempo, más acompañamiento, la que le trajo más alegrías y más sufrimiento.
‘Las fundadoras’
La Compañía (1876) fue imaginada y gestada en Tortosa, y nació en Tarragona. Las primeras teresianas, llamadas ‘las fundadoras’, procedían de la Archicofradía. Todas ellas habían nacido en la diócesis de Tortosa. La primera, Dolores Llorach (Roquetes, 1849). Josefa Teresa Audí (Tortosa, 1856), presente desde el primer minuto. Cinta Talarn (Roquetes, 1852), líder de la Archicofradía en su pueblo y primera formadora.
Teresa Blanch (Godall, 1854), futura general e impulsora de un gran número de fundaciones en tres continentes. Teresa Guillamon (Alcalá de Xivert, 1843), ya maestra cuando se integró al proyecto. Teresa Pla (Santa Bàrbara, 1852) ejercía ya de maestra cuando decidió implicarse. Agustina Alcoverro (Gandesa, 1856), durante años prefecta de estudios. Finalmente, Saturnina Jassá (Calaceit, 1851) fue la última en unirse al grupo.
Enrique concibió a las teresianas como parte indisociable del árbol carismático, cimentadas en la relación diaria con Jesús, dedicadas plenamente a la educación, viviendo en y para el mundo con la fortaleza, la alegría y el empuje propios de Teresa.
150 años después, la Compañía continúa siendo testimonio vivo de aquella inspiración fundacional. Con limitaciones y debilidades, con la fuerza del carisma que se recrea cada día, lucha por seguir haciendo vida el sueño heredado de Enrique: hacer conocer y amar a Jesús por toda la tierra.
