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¿Y ahora qué?


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Ya pasó el Año Jubilar, pero –como decía el papa Francisco– debemos mantener encendida la llama de la esperanza que nos ha sido dada, y hacer todo lo posible para que cada uno recupere la fuerza y la certeza de mirar al futuro con una mente abierta, un corazón confiado y con amplitud de miras. Ahora, debemos preguntarnos en serio: ¿cómo ser coherentes ante esta llamada del Señor? Pues sin coherencia no hay esperanza.



Porque, la verdad, la esperanza cristiana se encuentra muchas veces ante el mar de la realidad y entonces naufraga. Se apagan las luces, los anchos senderos nos cautivan, los falsos señuelos se multiplican, los pecados capitales se normalizan, las obras de misericordia desaparecen, las verdades inútiles, los enfrentamientos, la guerra, el dolor y la pobreza comienzan a echar raíces en nuestra tierra devastada. Lo que nos ofreció la dulce serpiente en el paraíso, enroscada en el árbol de la ciencia del bien y del mal, se convirtió en una tierra inhabitable.

Cierre de la puerta santa, final del Jubileo de la Esperanza

“Seréis como dioses”, nos dijo. Entonces, comenzó la idolatría. Luchamos por ser un ídolo más en medio de infinidad de ellos, reñimos y nos enfrentamos como los dioses del Olimpo. Nos apoyamos en la soberbia para ver quién tiene más, quién puede más, quién domina más, nos desafiamos de diversas maneras para ver quién se queda al fin solo y sobre los otros. Pero nosotros, dice Pablo, “predicamos a Cristo, y este crucificado”. Cristo es escándalo y necedad para los que queremos ser como dioses.

Esperanza innata

Pero la esperanza anida en nuestros corazones. Busca lo esencial, nunca lo perecedero. La esperanza es la pequeña llama viva que no se apagaba en el templo de Samuel, aunque aquellos tiempos eran oscuros. La esperanza es el resurgir de la ilusión en el corazón de aquellos discípulos que caminaban a Emaús, peregrinos con un desconocido. La esperanza son las carreras de las mujeres y los discípulos ante la tumba vacía. La esperanza es la vida comunitaria, espacio de hogar y de misión. La esperanza es el encuentro del Señor con los discípulos aquel amanecer, con una pesca inexplicablemente abundante, después de una noche en blanco, de duro trabajo sin recompensa. La esperanza es la pregunta de Cristo que nos lanza de repente, inesperadamente: ¿me amas?

Espera un poco. Si fuera consciente de esa sorpresa del Señor, de su pregunta esencial, en algún momento de mi vida, todo cambiaría. Sería un breve momento místico, pero fundante, como para Pedro, la Magdalena y tantas y tantos que recorrieron los caminos, pese a las dificultades, como verdaderos peregrinos de esperanza.

¡Ánimo y adelante!

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